El cine apocalíptico cambió: de The Road a la fantasía woke
Hubo un tiempo en que un colapso se contaba con mugre, hambre y dientes podridos. Hoy, en pantalla, los supervivientes van limpios, con dentaduras sanas y quejándose por cualquier cosa. La pregunta que recorre los foros de preparacionismo desde hace casi dos años es sencilla: ¿en qué momento exacto se jodió el género apocalíptico? La respuesta más repetida apunta a una horquilla,
entre 2010 y 2015, y a un culpable con nombre propio:
The Walking Dead.
El diagnóstico no es unánime, pero sí lo bastante consistente como para tomárselo en serio. Hay quien sostiene que la serie de zombies de AMC marcó el punto de inflexión: empezó con personajes blancos, un protagonista masculino con familia y una estética sucia, y acabó convertida en un catálogo de diversidad, liderazgos femeninos y villanos con sexualidad ambigua. El mejor ejemplo que se cita es el contraste entre
El Gobernador —frío, calculador, creíble como líder en un contexto de supervivencia— y
Negan, descrito como un personaje amanerado y sobreactuado que, según esta lectura, sudaba «homosexualidad latente por todos los poros».
The Road, el último gran referente del género
La película que se toma como último gran referente es
The Road (La carretera), de 2009. Se la describe como un drama más que como una cinta de acción, y precisamente por eso no gusta al gran público: la gente espera un colapso como una fiesta de fin de año, no un descenso lento hacia la nada. Lo que se valora es que muestra algo que otras producciones pasan por alto:
la mayoría de la gente no aguantaría. Se suicidaría antes que aceptar que cada día será peor que el anterior y que ya no hay futuro.
A partir de ahí, el relato se vuelve más agrio. Se argumenta que el género pasó de escenarios realistas —gente pasando hambre y frío, muriendo por cualquier cosa, con la suciedad como moneda corriente— a
fantasía surrealista. En los mundos supuestamente apocalípticos actuales, los personajes van limpios, tienen dentaduras sanas y los niños o son tarados que contestan a sus padres o son superdotados que saben de todo. La queja de fondo es que ya no se respetan los roles de antaño y que el espectador actual se ha vuelto tan sensible que ya no se puede tirar de canibalismo o violencia extrema en pantalla.
El caso de The Last of Us y la adaptación del videojuego
El ejemplo más citado de esta transición es
The Last of Us. La serie se describe como mala, aunque se le reconoce cierta mejora técnica respecto a la avalancha de años anteriores. El reproche central no es de calidad, sino de enfoque: frente al material original, donde el protagonista es un trabajador autónomo blanco de mediana edad que cría solo a una hija rubia y no hay una sola mención a la madre, la adaptación introduce cambios que se leen como ideológicos. Se habla de una mulata que echa de menos a su madre, de una tienda de pakistaníes y de zombies causados por el cambio climático.
La lectura que se hace desde el preparacionismo es que estas producciones funcionan como
pornografía para charos: gente que sabe que en un colapso real sería violada y devorada, pero que prefiere imaginarse liderando el mundo. El argumento se extiende a la representación femenina: se sostiene que en ninguna realidad las mujeres dominarían algo en un apocalipsis, y que las series actuales las colocan en posiciones de mando por pura corrección política.
El diagnóstico de fondo: el cine refleja la involución social
Más allá del cabreo, hay un análisis que se repite: el cine no crea tendencias, las refleja. Si las películas son cada vez más estúpidas es porque el público es cada vez más estúpido. Los guiones parecen escritos por niños de diez años, todo va masticado para que nadie se pierda, y los agujeros de guión del tamaño de una galaxia pasan desapercibidos porque la audiencia no se da cuenta. Se encadenan escenas con mucho CGI y explosiones, como un videoclip de hora y media.
No todo es nostalgia. Hay quien recomienda series rusas como
To the Lake («Hacia el Lago») por su enfoque artístico distinto, o rescata
Hijos de los hombres como una de las películas más realistas del género, pese a lo que se considera wokismo de guión. También se citan clásicos como
Perros de Paja (1971) o
Maratón de la Muerte (1976) como ejemplo de cine que valía la pena ver, sin ser apocalíptico. El consenso, si existe, es que el formato de 50 minutos por episodio o dos horas de película se ha quedado obsoleto: nadie aguanta un desarrollo lento.
El punto exacto donde el análisis se atasca es la causalidad. Unos culpan a la ideología, otros a Netflix y su modelo de producción industrial, otros simplemente a que la realidad supera cualquier escenario apocalíptico. Lo que nadie discute es que el género que antaño era «la puta ostia» hoy se ha convertido en otra cosa.