Tertuliana de TV y el crimen de Gata: la sombra de la hibristofilia
Un hombre murió golpeado con un bate de béisbol en Gata de Gorgos, Alicante. Presuntamente, tres individuos lo atacaron por la espalda, y el móvil que se atribuye fue haber salido en defensa de una chica a la que estaban acosando. Ese es el suceso. Lo que ha encendido el asunto es otro: una tertuliana que, en pleno directo, salió a poner matices sobre los señalados. Y que, se supo después, firma un artículo titulado «No estás loca si te atraen los delincuentes». El fenómeno tiene nombre:
hibristofilia.
Qué es la hibristofilia
La palabra describe la atracción hacia quienes cometen delitos. No es un invento de sobremesa: figura en la literatura psicológica y en las discusiones sobre por qué ciertas personas se sienten atraídas por perfiles violentos. El artículo de la tertuliana la normaliza —de ahí su título,
«no estás loca»— y la presenta como algo que ocurre con naturalidad. En el caso de Gata, el vínculo se trazó por analogía: a los señalados se les atribuyen antecedentes penales y un perfil que encajaría con esa «atracción fatal» que tanto se airea en los platós.
La tesis no convence a todos. Una parte sostiene que confundir un patrón estadístico con una coartada moral es un salto de categoría demasiado cómodo. Otra defiende que la atracción existe, que tiene nombre y que conviene nombrarla en voz alta. La discrepancia no es menor: de ella depende si hablamos de un rasgo psicológico o de una excusa. Hay incluso quien resta hierro al escándalo recordando que el fondo ya circulaba desde hace años en la conversación pública, y que lo nuevo no es el concepto, sino que alguien lo pronuncie en pantalla.
El despido que se pide y el dinero de la televisión pública
El debate derivó rápido hacia lo laboral. Una corriente reclama su salida inmediata de pantalla; otra advierte de que, si se la despide con estrépito, se le regala el papel de mártir y se le multiplica la audiencia. Se argumenta que cobrar de un ente público —
TVE aparece una y otra vez en la discusión— con dinero de impuestos agrava el reproche, y que el enfado tiene más que ver con quién paga la nómina que con lo que se dice al micrófono.
El detalle incómodo, según algunos mensajes: el espacio no era de la televisión pública. La ironía circula sola, y algunos ya pronostican que el escándalo, lejos de apartarla, la convertirá en fichaje estrella de otra parrilla. El morbo cotiza.
La decisión editorial: «no convertir la anécdota en dato»
Entre las piezas que alimentan el enfado hay una que trasciende a la propia tertuliana. Según una versión difundida, un medio asociado decidió no publicar la noticia del crimen amparándose en una «decisión editorial de no convertir la anécdota en dato». Traducido: el suceso quedaba relegado a la categoría de dato menor que no merecía portada.
La fórmula, elegante por lo eufemística, ha servido de munición a quienes ven en ella la prueba de que la agenda se decide antes que los hechos. Es el reproche que menos se responde y el que más incomoda. Porque señalar a una persona concreta es fácil; discutir qué convierte un asesinato en noticia y qué lo convierte en estadística, bastante menos.
De dónde sale el término: la pista de John Money
La conversación dio un giro cuando alguien reparó en que el artículo citaba a
John Money, figura controvertida por sus trabajos sobre identidad de género y por la sospecha, lanzada en el propio debate, de que parte de su obra se construyó con métodos poco fiables. ¿Puede un concepto tan técnico arrastrar esa herencia?
El dato no está confirmado con fuentes independientes. La atribución aparece sin verificación, y eso es precisamente lo que debe frenar cualquier conclusión precipitada: la asociación es sugerente y, como todas las sugerentes, peligrosa si se da por buena sin pruebas. Basta con que suene para que muchos miren la hibristofilia con recelo.
El argumento histórico que se invoca
Frente a la sorpresa, hay quien recuerda que el patrón es viejo. Se trae a colación que las mujeres de los pueblos conquistados terminaban rindiéndose ante el invasor, y que durante la Segunda Guerra Mundial se castigó públicamente a las mujeres que se relacionaron con soldados alemanes, con rapados de cabeza incluidos. La lectura que de ahí se extrae es incómoda: la atracción por el poderoso o por el violento no nació con internet ni con un plató de televisión.
Lo que cambia es la reacción social. Hoy se dirime en directo y con audímetro; hace setecientos años, en la plaza del pueblo y con tijeras.
Donde el análisis se atasca
Todo el mundo tiene una teoría sobre la tertuliana. Casi nadie la tiene sobre el medio que decidió no contar el crimen. El reproche se concentra en una persona concreta, que es lo sencillo, mientras la pregunta de fondo —quién decide qué noticia es «dato» y qué noticia es «anécdota»— se queda sin dueño.
Y en televisión, donde el escándalo cotiza al alza, el silencio que rodea a esa pregunta no es olvido. Es, con bastante probabilidad, programación.