Prohibir pisos turísticos no bajará el alquiler
La promesa de limitar los pisos turísticos para abaratar la vivienda ha vuelto al centro del discurso político, y la respuesta mayoritaria es un escepticismo que no distingue de siglas. Da igual quién la anuncie:
la medida se percibe como cosmética antes de escribirse. El argumento dominante es que el turismo sostiene lo poco que aún aguanta la economía y que nadie va a morder la mano que le paga la nómina. La sospecha se refuerza con un detalle que se repite:
los primeros que han metido pasta en apartamentos turísticos son los que ahora legislan.
El problema, dicen los más críticos, no es la ley sino su letra pequeña. La norma que se estudia exige entrada y salida independiente del resto del edificio, un requisito que
el 99% de los pisos no cumple y que, hasta ahora, no ha impedido que sigan operando. La conclusión que se impone es que se anuncia mucho y se ejecuta poco.
Cuántos pisos turísticos hay realmente en Madrid
Aquí empieza la pelea de cifras. Un cálculo sostiene que en Madrid hay
1.008 pisos turísticos legales, frente a 4.300 viviendas ocupadas y 97.178 vacías. Otro recuento, basado en plataformas de alquiler, eleva la cifra a
21.239 unidades, de las que el distrito Centro concentraría casi la mitad. La diferencia entre ambos números —los que cumplen la norma y los que operan al margen— es, precisamente, el corazón del asunto.
De ahí sale el argumento más incómodo: si el problema son los ilegales, prohibir los legales no arregla nada. Y si el problema es el volumen total, entonces la cifra oficial es una ficción administrativa. En Barcelona, con más de 800.000 viviendas, se habla de unas 10.000 de alquiler vacacional; en Madrid, de 20.000 sobre 1.530.000.
Algo es algo, pero no es todo.
Por qué los caseros prefieren el alquiler turístico
El cálculo que más circula compara lo que se saca de un piso en alquiler tradicional frente a uno turístico. En zonas de alta demanda, un piso bien situado puede pasar de 1.500 a 3.000 euros mensuales, y con una ocupación media del
52% en el centro de Madrid, el sobreprecio sigue siendo sustancial incluso descontando limpiezas y mantenimiento. No es un 300%, pero es suficiente para que el negocio prolifere.
El otro factor es la seguridad jurídica. Un contrato de temporada acaba cuando acaba; un alquiler de larga duración se convierte en una trampa si el inquilino deja de pagar. Hay casos documentados de
27 meses para desalojar a un inquilino moroso. Con ese horizonte, alquilar a largo plazo se percibe como una ruleta rusa. La consecuencia es que cientos de miles de viviendas permanecen aparcadas, fuera del mercado, esperando una ley que no llega.
Quién gana si desaparecen los pisos turísticos
La tesis más repetida es que la medida no busca abaratar la vivienda, sino reordenar el turismo. Al eliminar la competencia de los pisos, los hoteles podrían subir precios con margen. Y los turistas de bajo coste —los que viajan con mochila y bocadillo— quedarían fuera de las ciudades.
El resultado sería menos turistas, pero más caros.
Frente a eso, la corriente que pide liberalizar y construir sostiene que ninguna regulación baja el precio: solo reduce la oferta y encarece lo que queda. La discusión sobre el alquiler turístico, en el fondo, es una discusión sobre quién tiene derecho a vivir en el centro y a qué precio.
El cierre no está escrito. Si la ley sale adelante con la letra pequeña intacta, el efecto será marginal. Si sale con controles reales, el impacto se notará primero en los hoteles y después en los precios. Lo que nadie discute es que
el 1% de las viviendas hace el 90% del ruido. Y que el problema de fondo —la falta de oferta y la inseguridad jurídica del alquiler— seguirá ahí cuando la ley se olvide.