Eulogio, Protasio y Policarpo vuelven para rebautizar a media España
Hay una ceremonia abierta en la que cualquiera puede entrar y salir con un nombre nuevo. Sin agua bendita, sin pila, sin padrino. Basta con pedirlo y esperar turno. El oficiante reparte bautizos por orden de llegada y el santoral se le acumula:
Eulogio, Archibaldo, Gervasio, Teofrasto, Eustaquio, Praxedes, Romualdo, Protasio, Medardo, Desiderio, Emeterio, Doroteo, Protadio, Nicecio, Secundino, Celedonio, Fructuoso, Policarpo y Filemón Salustiano. Uno detrás de otro, con la fórmula «quedas bautizado, amén» y una sonrisa al final de cada línea.
La cosa arranca con una provocación sencilla:
¿harto de Jonathans y Eizans de la bida? Y a partir de ahí se desata una reivindicación en toda regla del nombre castellano de toda la vida, ese que suena a sacristía, a pueblo de doscientos habitantes y a partida de bautismo de 1947. Lo llamativo no es la broma. Lo llamativo es la cola.
Qué nombres se están repartiendo y de dónde salen
El repertorio no es aleatorio. Son nombres latinos, griegos y germánicos que llevaban décadas fuera de circulación y que ahora vuelven por la puerta del humor.
Eulogio significa «el que habla bien».
Policarpo, «de mucho fruto».
Protasio y
Gervasio son hermanos en el santoral.
Teofrasto es griego puro.
Archibaldo es germánico.
Filemón viene de una carta del Nuevo Testamento.
Torrevieja, en cambio, es un topónimo, y hay quien lo defiende como el nombre más patrio de todos.
La lista se amplía cada vez que alguien levanta la mano.
Bernardo, Faustino, Hermenegildo, Venancio, Saturnino, Agapito, Tiburcio, Onofre Atanagildo, Fernannuño, Esmérese, Joaquín Archibaldo. Algunos piden nombre doble. Otros piden uno para los días laborables y otro para los fluidos. La creatividad no tiene techo y el oficiante no rechaza a nadie.
La teoría del nombre europeo frente al nombre importado
En algún punto del reparto aparece una clasificación que da al asunto un aire casi académico. Se argumenta que
Jonatan e Izan tienen raíz semítica y quedarían fuera del canon; que
José María, David, Miguel y Raúl correrían la misma suerte; y que en cambio
Óscar es germánico,
Javier es vasco,
Ferran es germánico y
Nuño es latino, así que todos esos pasarían el filtro. La etiqueta que se usa para el conjunto es la de nombre europeo con historia dilatada.
Es una taxonomía casera, sin base filológica seria, y probablemente ahí está la gracia. Pero funciona como síntoma: hay un sector que lee el cambio onomástico de las últimas décadas como una pérdida de arraigo y responde con humor. El mismo humor con el que se propone sustituir un nombre de origen desconocido por el íbero
Olónico.
El nombre como memoria: cuando el bautizo se vuelve homenaje
No todo es coña. En mitad del reparto aparece una nota amarga. Alguien pide un nombre concreto y recibe una respuesta incómoda: ya hubo un participante con ese nombre, y ya no está, y su perfil parece haber desaparecido. El comentario queda ahí, sin desarrollar, y el hilo sigue. Es el recordatorio de que detrás de cada apodo hay una persona y de que estos nombres, por viejos, también son los de gente que se fue.
Ese contraste entre la fiesta del bautizo y el hueco que deja un nombre retirado es lo que impide leer el fenómeno como simple nostalgia. Los nombres no son solo etiquetas: son biografías acumuladas. Recuperar
Eulogio es recuperar a todos los Eulogios que existieron, y eso incluye a los que ya no están.
Por qué estos nombres vuelven ahora y no hace veinte años
La respuesta corta es que el péndulo onomástico se mueve por generaciones. Los nombres que llevaban los abuelos suenan rancios cuando los padres los eligen para los hijos, y suenan originales cuando los eligen los nietos.
Eulogio, Protasio y Policarpo están en ese segundo tramo: ya nadie los asocia a una persona viva concreta, así que se pueden reutilizar sin lastre.
Hay quien sostiene que esto es una moda pasajera de internet y que dentro de cinco años volverán los nombres cortos y anglosajones. En contra pesa el argumento de que el ciclo generacional es de treinta años y que ya se han visto retornos parecidos con nombres que parecían extinguidos. La discusión, en cualquier caso, no se cierra: el santoral sigue abierto y la cola no se agota.
Queda un dato que descoloca. El bautizo más solicitado no fue ninguno de los clásicos: fue
Torrevieja. Un topé nimo de la costa alicantina convertido en nombre de pila por aclamación popular. Con estos mimbres, cualquier predicción sobre qué nombres llevarán los niños de la próxima década es, como mínimo, temeraria.