Andar en pendiente: la pierna que se funde sin darte cuenta
¿Cuánto cuesta convertir una caminata en un entrenamiento de piernas? Aparentemente, nada. Basta con dejar el plano y buscar una cuesta. La fórmula tiene números contundentes: tres horas de sendero con pendientes de hasta el 50% y piernas que dejan de responder. La sensación, según quien lo ha probado, es de haber pisado un gimnasio sin pagar cuota.
El argumento a favor de la pendiente es simple: el gasto basal se dispara sin necesidad de correr ni cargar peso. Una caminata de dos horas y media se tradujo en unos 15.000 pasos y un cálculo de 2.000 kcal. Cuando las piernas empiezan a fallar, el efecto está conseguido. Eso sí, el parque de calistenia de la ruta, otro tema, suele estar montado tan mal que da risa: alturas y distancias que no cuadran. Y luego está la cifra de la discordia: una pendiente del 50% sostenida casi todo el recorrido suena más a hazaña que a paseo. De hecho, la referencia extrema a la carrera del queso, esa bajada brutal por una ladera, sirve para poner en perspectiva lo que significa de verdad una pendiente así.
Alternativas hay: correr con lastre de 1,5 kg en el tobillo, buscar arena dura en la playa o hacer series cortas sobre arena blanda, con cuidado con las articulaciones. Cada terreno tiene su peaje. Pero el llano, pese a todo, sigue siendo un plan cómodo, que diría un urbanita. Mientras los que tienen montaña cerca se frotan los cuádriceps, el resto se conforma con el paseo marítimo. Y la pregunta queda en el aire: ¿es la pendiente el único camino, o la excusa perfecta para no pagar gimnasio?