La natalidad española cae de 2,8 a 1,15 hijos por mujer en dos décadas
España no se muere de vieja: se muere de pocos niños. La frase resume el malestar de quien vuelve de una temporada fuera y encuentra la calle llena de andadores, pero también una realidad medible: las mujeres nacidas en España se mueven
entre 1,0 y 1,15 hijos por mujer según año y comunidad autónoma, con Cataluña y País Vasco en la franja baja, alrededor de 1,0. El resto, apenas unas décimas por encima. La discusión sobre si la edad media real del país es de 60 años o de «cuarenta y tantos» es, en el fondo, una discusión sobre qué se cuenta y qué se deja fuera de la foto.
La caída de la natalidad: de 2,8 hijos por mujer en 1976 a 1,15 en 1995
El desplome no es reciente ni responde a una sola ley. En apenas veinte años la fecundidad española perdió cerca de un
60% y lo hizo mientras la mujer entraba en masa a la universidad y se normalizaba el anticonceptivo. Hay quien sitúa ahí el punto de no retorno y no en las políticas de igualdad posteriores, que serían la
guinda y no el bizcocho. La serie, con tres cortes limpios, deja poco margen a la interpretación:
- 1976: 2,8 hijos por mujer
- 1985: 1,6 hijos por mujer
- 1995: 1,15 hijos por mujer
Frente a esa serie circula un cálculo mucho más agresivo, el que deja la fecundidad de las españolas en
0,5-0,6 hijos. El problema es que ese número no sale de ninguna estadística publicada: sale de aplicar filtros hasta quedarse con el subconjunto que conviene y descartar lo que estorba. Con ese método se puede dejar a cualquier país en cifras de extinción. No es un dato, es un deseo con formato de dato.
¿Por qué la calle parece un geriátrico?
La respuesta corta: porque la percepción se construye con lo que se ve a diario, y lo que se ve a diario está sesgado. Hay quien sitúa al
conductor medio autóctono por encima de los 50 años y quien pasa la tarde en una cafetería con un café con leche suele ser jubilado. En el ambulatorio, en el mercado y en las autovías el patrón se repite. Un viaje de una semana a Varsovia y la vuelta al barrio de siempre bastan para que el contraste golpee.
Hay quien rebaja la cifra: la edad media española no llegaría a 60 y se quedaría en la cuarentena alta. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. La sensación de geriátrico la sostiene la ausencia de niños en la calle. Y de eso no hay estadística que salve la escena.
Italia, Corea del Sur y Polonia: dónde queda España en el mapa
El sur de Italia ofrece el espejo más incómodo. El Mezzogiorno se mueve en
1,1-1,2 hijos por mujer, por debajo de la media italiana, ya de por sí baja, y hay provincias del sur y de las islas que coquetean con el
0,9-1,0. Allí no hay colchón migratorio que tape el agujero y el desplome es de manual.
La comparación internacional desmonta un par de certezas. Corea del Sur está en
0,72 y sí juega en otra liga; Chile, en cambio, ronda
1,5, por encima de España. Y Polonia resiste con su tasa en
1,10 pese a tener una edad media superior a la española. Es decir: envejecimiento y natalidad no son la misma variable, aunque se pisen.
Pensiones, inmigración y el colchón que tapa el agujero
El envejecimiento deja de ser una curiosidad sociológica cuando se cruza con la hucha de las pensiones. El argumento que más circula es el del
tinglao piramidal: un sistema que se sostiene metiendo población joven cada año porque la base propia ya no pare. Cuando los nacidos en el
boom terminen de jubilarse, la presión sobre el gasto será difícil de disimular.
En el norte de Italia el agujero lo tapan los flujos migratorios; en el sur, sin ese colchón, el desplome demográfico va a pecho descubierto. Ahí está la tensión real del asunto: no en si hay más o menos niños en el parque, sino en quién paga la factura de una población que envejece más rápido de lo que se reproduce. El debate sobre las cifras exactas de fecundidad tiene un fondo político evidente, y conviene no confundir el termómetro con la enfermedad.
Con estas tasas, la presión sobre pensiones, sanidad y dependencia debería ser el primer tema de cualquier programa económico. No lo es. Y si algo enseña la serie histórica es que los países no se mueren de golpe: se apagan una década detrás de otra.