Perales, Ana Belén y Julio Iglesias como termómetro de un cambio de época
La nostalgia no explica todo. Cuando alguien pone «Camino Soria» y siente que está escuchando algo de otro planeta, no está simplemente idealizando su juventud: está midiendo una diferencia de oficio. El diagnóstico que recorre esta conversación es que durante décadas hubo una industria que pagaba bien a compositores profesionales, y hoy esa infraestructura se ha sustituido por plantillas de estudio, sintetizadores prefabricados y una IA capaz de escupir canciones que suenan todas a la misma lata. La queja no es solo estética. Es económica.
El siglo XX como anomalía histórica
Hay un argumento que se repite: el siglo XX fue una anomalía. Nunca antes ni después se concentró tal densidad de compositores, arreglistas, músicos de sesión y productores trabajando al mismo tiempo sobre el mismo repertorio popular. «Camino Soria» tiene casi cuarenta años y se sostiene como una de las mejores canciones del rock español, según los propios participantes. Ana Belén la interpreta con una elegancia que hoy resulta casi exótica. Y Julio Iglesias, tantas veces reducido a caricatura, resulta que construyó buena parte de su repertorio sobre originales franceses e italianos: «J'ai oublié de vivre», de Johnny Hallyday, o el material de Mario Balducci y Gianfranco Reverberi. Eso no le quita mérito; le quita la excusa a quien confunde cantar con vocalizar sobre una base.
La comparación que se lanza en el debate es brutal: poner a Perales al lado de según qué voces actuales y echarse a llorar. No es solo que Perales cante mejor. Es que detrás de Perales había un aparato entero —discográficas, orquestas, directores musicales— que hoy se ha desmantelado o se ha vuelto invisible.
El cuello de botella no es el talento, es la distribución
El argumento más incómodo es el de la intermediación. Las radios ya no pinchan lo que les gusta: pinchan lo que les mandan. El disco de un artista latino de moda se sostiene, según esta lectura, por los músicos que han tocado en la grabación y por la producción, no por el intérprete. La vulgaridad no es una elección del público; es lo que le llega. Y lo que no le llega, no existe.
De ahí la sensación de que algo se ha roto en el sistema. No es que hayan dejado de nacer buenos músicos. Es que el circuito que los conectaba con una audiencia masiva se ha estrechado hasta casi desaparecer. Un chaval que solo ha escuchado reguetón y éxitos televisivos puede pasar años sin toparse con una armonía vocal a varias voces. El día que la descubre, dice uno de los mensajes, tiene una revelación. Eso no es nostalgia: es alfabetización musical pendiente.
El efecto contagio: del disco al cine y a la serie
La conversación deriva pronto hacia el cine. Varios participantes admiten haber abandonado las series modernas tras el piloto y haberse refugiado en clásicos que tenían pendientes: «¿Qué fue de Baby Jane?», «Las noches de Cabiria», «Crimen perfecto», «El tren», con Burt Lancaster. La selección de Filmaffinity filtrando por nota alta y año anterior a 1980 se convierte en método. La conclusión es la misma que en la música: no es que uno se haga viejo, es que el canon anterior era más denso.
El paralelismo tiene su gracia. Los años cuarenta y cincuenta cinematográficos —Ford, Wilder, Capra, Hitchcock, Cukor, Walsh, Huston, Chaplin, Welles, Hawks— se citan como una edad de oro irrepetible. Y la queja sobre el cine actual se formula con la misma amargura que la queja sobre la música: producción industrial, fórmulas repetidas, secuelas y franquicias. La sospecha compartida es que el problema no es de un sector, sino de un modelo cultural que premia lo barato de producir y lo fácil de consumir.
La IA como coartada perfecta
El papel de la inteligencia artificial aparece como acusado principal. La idea de que hoy se le pide a una máquina que componga una canción y sale algo intercambiable con lo anterior tiene un fondo real: los modelos generativos están entrenados sobre el mismo corpus y tienden a la media. El resultado es un producto correcto y anodino, sin el riesgo que asumía un compositor cuando se jugaba el sueldo en un estribillo.
Pero conviene no simplificar. La IA no ha sustituido al talento por sí sola. Lo que ha hecho es abaratar el coste de producción hasta hacer innecesario pagar a un arreglista. Si antes el cuello de botella era el estudio, hoy es la atención. Y la atención se compra con ganchos, no con armonías.
La predicción, con todas las reservas, es que el péndulo volverá. No por nostalgia, sino por saturación. Cuando todo suena igual, lo distinto se vuelve un activo. La duda es cuánto tardará el mercado en darse cuenta y si para entonces quedará alguien que sepa escribir una partitura sin pedírsela a una máquina.