La riada en Andorra abre la polémica sobre su modelo urbanístico
¿De qué sirve un país con ventajas fiscales si una riada arrastra el barro por sus avenidas y los edificios parecen salidos del extrarradio? La pregunta, incómoda, recorre la discusión económica tras las imágenes de la DANA en Andorra.
El micro-Estado pirenaico vende la imagen de refugio de millonarios y creadores de contenido. Pero la polémica que se ha encendido con el agua y el fango apunta a otra realidad: bloques de viviendas de calidad discutible, comparados por más de uno con Bellvitge, y un urbanismo que no parece preguntarse si los cauces secos pueden volver a llevar agua.
No todo es blanco o negro. Frente al vídeo del barro, hay quien recuerda que los sistemas de drenaje urbano no se diseñan para caudales extraordinarios. Tampoco es fácil excavar aparcamientos subterráneos en roca viva. Valencia sufrió una DANA y nadie dijo que sea tercermundista.
El problema profundo no es la riada, sino quién vive y cómo. Los pisos que hoy se venden por varios millones de euros fueron durante años hogar de trabajadores de comercios en condiciones que cualquier estándar europeo consideraría inhumanas. Ahora, con la llegada de nuevos residentes atraídos por las ventajas fiscales, la precariedad se embellece con elásticos beneficios tributarios.
Entre la postal idílica y el chiste de que funciona como Corea del Norte con disfraz de Mónaco, queda una certeza: el barro no entiende de tipos impositivos. Cuando la riada llega, todos viven en el mismo país.