España firma en PISA su peor nota en Ciencias y el foco se gira hacia el bilingüismo
Los alumnos españoles de 15 años han obtenido la calificación más baja en Ciencias desde que existe el informe PISA. El dato, que llega acompañado de un descenso generalizado, ha reabierto la discusión sobre el modelo educativo español y sobre el peso real de las reformas de la última década. La primera reacción en los mentideros económicos fue de incredulidad: se recordó que en la edición anterior se había detectado un patrón de respuestas anómalas en comprensión lectora, con baterías enteras contestadas de forma idéntica y en tiempos imposibles. Aquel episodio, sin embargo, no afectó a la prueba de Ciencias, que es la que ahora marca el mínimo histórico.
El mapa autonómico: Galicia en la élite, Ceuta en el vagón de cola
La brecha interna es tan relevante como la media nacional. En Ciencias, un alumno gallego promedia
519 puntos, un nivel equiparable al de Canadá o Taiwán. Un estudiante de Ceuta se queda en
415 puntos, 95 menos, una horquilla que lo sitúa en la órbita de Costa Rica o Albania. La comparación internacional también deja cifras incómodas: la distancia con China supera los
110 puntos, equivalentes a casi tres cursos escolares de diferencia.
El desglose territorial alimenta lecturas políticas de todo signo. Hay quien atribuye la ventaja del cuadrante noroeste a décadas de gobiernos conservadores y el retraso del sur a la gestión socialista. Otros recuerdan que las zonas evaluadas de China son las provincias costeras más desarrolladas —Pekín, Shanghái, Jiangsu y Zhejiang—, no el conjunto del país, y que Hong Kong y Macao también computan como China. La comparación, por tanto, no es tan limpia como parece.
¿Por qué el bilingüismo se señala como sospechoso?
Una de las hipótesis más repetidas apunta al modelo bilingüe implantado en comunidades como Andalucía. El argumento es que adelantar el inglés a primero de primaria y enseñar asignaturas de contenido —Ciencias incluidas— en un idioma que el alumno aún no domina puede lastrar la adquisición de conceptos. El caso concreto que se cita: un niño de segundo de primaria que aún está consolidando la lectura en castellano y se enfrenta a que el inglés no se lee igual. El resultado, sostienen, no refuerza ni una cosa ni la otra.
La crítica se apoya en la evolución de los resultados:
cada reforma educativa ha ido recortando horas a las materias científicas para engordar asignaturas como
Educación para la Ciudadanía, Prácticas Comunicativas y Creativas o Iniciación a la Actividad Empresarial. Son, en la práctica, materias más fáciles de aprobar que maquillan el índice de suspensos mientras las ciencias —más exigentes— se quedan sin margen. La consecuencia es un sistema que produce más excelencia que deficiencia en algunos indicadores, pero que en conjunto genera
más deficiencia que excelencia.
La comparación con Asia: horas, disciplina y academias
El contraste con los sistemas asiáticos aparece en casi todas las conversaciones. La explicación más repetida no es genética ni cultural en abstracto: es
horas de estudio. En Corea del Sur los alumnos salen del colegio y van a academias hasta la hora de la cena; después, más deberes. En China, Japón o Corea el maestro tiene un estatus cuasi sagrado, la educación es cuasimilitar y suspender es una deshonra familiar. Aquí, el diagnóstico opuesto: se ha pasado de «la letra con sangre entra» a «aprender jugando» sin construir nada sólido en medio.
No todo el mundo acepta el marco. Hay quien recuerda que Finlandia, durante años el modelo venerado, ha ido cayendo en PISA y que la comparación con los países nórdicos ya no es el argumento imbatible que era. Y hay quien directamente cuestiona la validez de la prueba: si los datos de antes eran absurdos o los de ahora lo son, o ambas cosas, la serie histórica no permite comparaciones limpias.
El factor socioeconómico y el debate sobre la mezcla en las aulas
La composición social de las aulas es otro eje del análisis. Se argumenta que las regiones con mayor concentración de población inmigrante y bolsas de marginalidad más profundas tienden a obtener peores resultados, y que los entornos homogéneos rinden mejor que lo que un participante llamó
la ONU en miniatura. La afirmación se hace sin datos que la respalden y convive con la evidencia contraria: uno de cada diez alumnos del cuartil más desfavorecido se sitúa en el nivel alto de resultados, lo que sugiere que la pobreza condiciona pero no determina.
El cálculo completo, con el desglose por comunidades y por niveles de rendimiento, deja un patrón que sorprende: donde hay más alumnos excelentes hay menos alumnos muy deficientes, y viceversa. La tendencia general es de descenso de la excelencia y aumento de la deficiencia, aunque cada comunidad presenta un perfil propio. Madrid, según esta lectura, produce capital humano; otras regiones, no.
Con estos diferenciales, la migración interior de familias con hijos debería ser masiva hacia las comunidades con mejores resultados. No lo es. Y mientras tanto, la brecha con Asia sigue creciendo sin que ninguna reforma haya conseguido cerrarla.