España aburre a las piedras y gana igual
¿Es España el equipo más aburrido que se ha visto nunca? La pregunta circula desde hace días al calor de un partido contra Croacia en el que La Roja empató tras encadenar pases cerca del área hasta que el rival bajó la guardia. El diagnóstico más repetido es que el equipo de De la Fuente ha convertido la posesión en un mecanismo de desgaste:
500 pases para encontrar un hueco, gol y a otra cosa. El resultado, dicen, es un tostón que solo se rompe con los regates de Yamal.
La acusación no es nueva. Es la enésima vuelta de tuerca al tikitaka que ya se discutía hace quince años y que ahora vuelve con la selección como apisonadora. Lo llamativo es que el reproche no viene solo de fuera: hay quien sostiene que el estilo es infalible y, aun así, insoportable.
Qué dicen los números de la España de De la Fuente
El argumento de los aburridos se apoya en una escena repetida: España saca, combina en el centro del campo, el rival se ordena atrás y el partido se convierte en un rondo interminable. Los pases se acumulan —250, 251, 252— y el espectador se pregunta por qué nadie tira a puerta desde la frontal. Cuando el contrario se anima y marca, vuelven los pases para enfriar el partido.
Frente a eso, los defensores del estilo sacan las cifras.
12 goles en 4 partidos, tres por encuentro, y
44 disparos a puerta de media. No es un equipo que se esconda: es un equipo que ataca mucho más de lo que le atacan. El último partido fue más coñazo, conceden, porque los croatas aparcaron el autobús. Pero el patrón general no es el de un equipo especulativo.
El matiz importa. La posesión no es un fin, es un instrumento. Y como instrumento, funciona:
41 partidos de racha invicta, un Mundial ganado con un solo gol concedido y una final en la que Argentina no tiró a puerta en todo el partido. Son datos que desmontan la tesis del aburrimiento como defecto y la recolocan como característica de un sistema que gana.
El rival que se duerme y el árbitro que no ayuda
La teoría del sopor tiene una derivada táctica que se repite en el análisis: el rival se desfonda. La precisión en el pase y el movimiento continuo hacen que el contrario llegue tarde a la presión. Contra un equipo así solo cabe replegarse, presionar en bloque bajo y salir rápido. Y aun así hay pocas opciones, porque la defensa española es rápida y Rodri abre líneas de pase seguro mientras cubre la salida en caso de contra.
Hay quien añade una pizca de sospecha arbitral. La presión alta es un suicidio contra un equipo que toca, sostiene un sector, y el árbitro castiga con tarjetas a la mínima. En el partido contra Croacia, los croatas hicieron bien lo primero pero se encontraron con el cartón preparado. La sospecha se extiende al próximo clásico.
El contraargumento es que el
fútbol siempre fue así. Cada equipo juega con las armas que tiene: el débil mete el autobús y reparte leña; el habilidoso maneja la pelota. Cuando España se enfrenta a un rival que no se siente inferior, se ven otras cosas. El problema es que casi nadie puede permitirse no sentirse inferior.
El toque-toque y la muerte del artista
La crítica más interesante no va contra España, sino contra lo que España representa. El fútbol moderno es una castaña, se argumenta: tanta precisión mata la magia y la improvisación. Jugadores que en otra época habrían sido simplemente buenos —Olise, Yamal, Mbappé, Vinicius— parecen fuera de serie porque rompen la monotonía cuadriculada de toque, presión, bloque bajo y bloque alto.
La lista de damnificados por el sistema incluye a Ibrahimovic en el Barça de Guardiola, el último romántico al que el libreto le hizo la cama. Desde entonces, el que se sale del guion va al banquillo. De la Fuente, dicen, no es un entrenador sino un gestor de personal que no se sale del guion porque el guion le da de comer.
El diagnóstico tiene su parte de nostalgia y su parte de dato. La época es de sequía en talento individual, coinciden varios análisis, y la pizarra tiende a matar a los pocos que quedan. El sistema es infalible, pero aburrido de cojones. Y eso, en un deporte que se vende como espectáculo, no es un detalle menor.
Ganar aburriendo: el negocio del fútbol de selecciones
La pregunta de fondo es si el aburrimiento importa cuando el palmarés engorda. Luis Aragonés lo dejó claro: el fútbol es ganar, ganar y volver a ganar. Bajo ese prisma, el estilo es irrelevante. Lo que cuenta es el resultado, y España lleva años coleccionando resultados.
Pero el fútbol de selecciones es también un chiringuito con nóminas públicas y un tipo con cara de funcionario leyendo la pizarra en voz baja. Si el producto aburre, el negocio se resiente. La paradoja es que el mejor equipo del mundo puede ser, a la vez, el menos divertido de ver. Y eso no lo arregla ningún título.
Al final, la discusión se reduce a una pregunta que nadie responde del todo: ¿se puede ganar bonito, o el bonito es un lujo que solo se permiten los que ya han ganado? España ha elegido su bando. Los demás, a aburrirse.