El parking de Bonaire: 5.700 plazas y el temor a cientos de víctimas
La rampa del aparcamiento subterráneo del centro comercial Bonaire, en Aldaia, quedó cortada. Los vigilantes de seguridad avisaron a los conductores que bajaban de que no lo hicieran. Esa decisión, recordada después por varios testigos, evitó que la cuenta final de víctimas fuera mayor. El estacionamiento tiene
5.700 plazas y pasó días anegado, con productos de las tiendas arrastrados por la corriente y vehículos bajo el agua. Nadie sabía cuántas personas habían quedado dentro y no se podía acceder.
Temblar, escribió alguien, solo de pensarlo.
El Bonaire es el centro comercial más conocido del área metropolitana de Valencia, una conurbación de
1,6 millones de habitantes repartida entre la capital, la Huerta Sur y la Huerta Norte. Y su parking es, en palabras de quienes lo frecuentan, un
5XL. Esa combinación —tamaño enorme y ausencia de datos públicos sobre ocupación— convirtió el sótano en el epicentro de la incertidumbre.
Qué se sabía del estacionamiento inundado de Bonaire
La secuencia que se repite en los relatos es siempre parecida: el agua entra, el sótano deja de ser un aparcamiento y los accesos se convierten en una ratonera. En el caso del Bonaire, el resultado fue un escenario descrito como dantesco, con género de las tiendas flotando, rampas inutilizadas y el nivel del agua convertido en el único indicador disponible.
Lo que no había eran cifras. Durante días se ignoró cuánta gente estaba abajo, cuántos coches habían quedado atrapados y cuánto tardaría el achique. Las estimaciones más catastrofistas llegaron a hablar de
centenares de fallecidos en el subterráneo. Eran, en el mejor de los casos, hipótesis.
¿Cuánta agua puede acumular un parking de 5.700 plazas?
Depende del volumen que se asigne a cada plaza, y ahí el cálculo que circula se apoya en dos números simples:
5.700 plazas multiplicadas por
12 m³ por plaza. Sobre esos datos, vaciar el sótano es una operación de días, no de horas.
La aritmética del achique se discutió con nombres y precios. Un equipo de bombeo por
500 euros más IVA, capaz de mover 80.400 litros por hora, sirve en un sótano anegado para muy poco. Para fangos y lodos se citan motobombas industriales tipo
Selwood S150, de las que usan poceros y ganaderos para purines, y no las bombas domésticas de riego, que se atrancan al primer obstáculo. La conclusión que se impone es la misma en todos los escenarios: sin equipos pesados y sin energía para moverlos —grupos electrógenos tamaño tráiler—, el agua no baja.
Cuatro días sin agua potable y seis con la misma queja
Al cuarto día, el problema ya no era solo el agua que sobraba; era la que faltaba. La denuncia se repitió con insistencia: en plena emergencia, con equipos de bomberos y efectivos militares trabajando en la zona,
no había agua potable para los vecinos. Al sexto día, la queja era idéntica.
El relato de una madre que aseguraba haber tenido que llevar agua y pañales a su hijo, con un bebé de cinco meses y otro niño de dos años, se movió más rápido que cualquier comunicado oficial. La comparación con países en desarrollo se hizo sin pudor. La crítica de fondo no era el agua: era la sensación de que la respuesta pública llegaba tarde, mal y con el foco puesto en la comunicación.
La rambla que llevó casi cinco veces el caudal del Ebro
El dato hidrológico que ordena el desastre es este: la rambla llegó a conducir
más de 2.000 m³/s, cerca de cinco veces el caudal del Ebro en su desembocadura. Con ese volumen, las infraestructuras de laminación tienen poco margen. La presa proyectada en Cheste, con
8 hm³ de capacidad, se habría llenado en minutos y habría retrasado la riada, no evitado.
En paralelo se cita el comportamiento de los embalses de la cuenca, con uno que habría pasado de
5 hm³ a 29 hm³ en muy poco tiempo. La conclusión técnica que repiten los especialistas en hidráulica es incómoda: el episodio estaba dentro de los escenarios probabilísticos calculados por periodos de retorno y se había avisado durante años.
Por qué el Bonaire está construido en zona inundable
Porque en su ubicación confluyen varias ramblas —algunas canalizadas o directamente cubiertas— y porque durante décadas el suelo de huerta se ha ido sellando. Es terreno de aluvión, formado por los aportes de los ríos durante cientos de miles de años. Levantar un centro comercial con un aparcamiento subterráneo de 5.700 plazas encima no es una decisión neutra.
La crítica urbanística apunta a la permisividad con el riesgo conocido. En un país con menos tolerancia a la corrupción urbanística, se sostiene, la autorización no habría salido. La comparación con los Países Bajos —el país europeo que usa con más sofisticación la ingeniería civil contra el agua— no acaba bien: buena parte de los ingenieros neerlandeses consultados consideran que ni ellos podrán sostener indefinidamente el esquema actual, y hay quien aboga por desalojar zonas ya urbanizadas.
Quién va a pagar el achique y la reconstrucción
Aquí empieza el capítulo económico. Una emergencia declarada permite contratar a dedo, igual que ocurrió con el material sanitario en la pandemia, y el sector apunta ya a la fragmentación de contratos para adjudicarlos con menos control. Hay quien compara el coste de vaciar los aparcamientos con el de un programa espacial, y quien recuerda que se pidió bajar el
IVA al 0% en materiales de primera necesidad sin obtener respuesta.
Está, además, la paradoja que se repite en cada catástrofe: la reconstrucción suma al PIB. El indicador mide transacciones, no bienestar, así que mover escombros, alquilar generadores y rehacer obra pública engorda la estadística. Es el momento perfecto, se ironiza, para aprovecharse de la necesidad.
Qué encontró la inspección en el parking de Bonaire
Nada que confirmara los peores augurios. La tarde del
lunes 4 de noviembre, los bomberos no localizaron ningún cadáver en la primera planta subterránea. Poco después, la inspección concluyó:
no había víctimas mortales en el estacionamiento. El mismo lugar que durante días había alimentado las hipótesis más negras quedó reducido a un problema de agua, lodo y chatarra.
El final dejó un rastro incómodo. Circularon cifras de desaparecidos y fallecidos sin ningún respaldo, y algunos medios titulizaron con ellas antes de matizar en el cuerpo de la noticia. La opacidad informativa de los primeros días hizo el resto: cuando no hay datos, cualquier número ocupa su hueco. Quedó, eso sí, una petición que se repitió hasta el final, la de reconocer a quienes advirtieron a la gente de que no bajara al subterráneo.
La cifra que descoloca no es la del agua. Es esta:
5.700 plazas y, según el cálculo que circula, 12 m³ por hueco. No hay dato público de cuántas estaban ocupadas aquel día. Y no lo habrá.