El aviso que nadie quiso oír antes de la DANA
¿Se puede culpar a un meteorólogo de que la gente no le haga caso? El 25 de octubre, un viernes a las 11:17 de la mañana, el físico y meteorólogo superior del Estado J.J. González Alemán publicó un mensaje en X advirtiendo de que la DANA que llegaría cuatro días después iba a ser «de las que pasarían a la historia». La respuesta fue una lluvia de insultos: «apocalíptico», «farsante», «vamos a morir todos». Una semana más tarde, con cientos de fallecidos y pérdidas incalculables, esos mismos mensajes retratan el coste del escepticismo climático.
Qué dijo exactamente el meteorólogo y qué le contestaron
González Alemán no es un tuitero cualquiera. Es investigador de la Agencia Española de Meteorología (AEMET) y su aviso llegó con cuatro días de antelación. Le reprocharon ser alarmista y le recordaron errores previos de los modelos. «Buf, sí, lo mismo que la temporada de huracanes de este año que, según farsantes como tú, iba a ser nunca vista», le escribieron. Otro añadió: «Vamos a morir todos, sálvese quien pueda».
El físico ha declinado hablar del asunto. «Realmente dejó de ser un tema científico y está muy sujeto a tergiversarse», explicó. Y añadió una frase que resume el problema: «La realidad suele ser mucho más compleja que las simples respuestas que siempre se intentan buscar».
La dificultad de avisar sin parecer alarmista
El margen de incertidumbre de cualquier modelo científico se usa como arma arrojadiza. Como ocurrió con la pandemia, tomar decisiones impopulares —confinar, evacuar, cerrar— tiene un coste político alto. Pero el coste de no tomarlas cuando la tragedia llega es mayor. La meteoróloga Isabel Moreno lo vivió en 2023: tras un tuit neutro sobre la sequía, recibió mensajes que atribuían la falta de lluvia a los chemtrails y a la geoingeniería. «Se me empezó a insultar y a amenazar, y eso sí que me dio miedo», recuerda. «Esa gente siempre ha estado en internet, pero en los últimos años han aumentado su agresividad».
El ejemplo más citado es el de septiembre de 2023, cuando el alcalde de Madrid pidió a los vecinos quedarse en casa ante lluvias que podían batir récords. No cayó lo esperado en la capital, pero a 30 kilómetros hubo muertos. «La alarma estaba bien puesta», insiste Moreno.
El negacionismo que llega a los despachos
El escepticismo antialarmista no se queda en redes. Según el material consultado, se alimenta desde partidos de derecha y se traduce en ataques casi organizados contra expertos y condiciona la toma de decisiones políticas. Una advertencia para legisladores: si la DANA no hubiese sido tan devastadora y se hubiese enviado una alerta al móvil, la crítica habría vuelto a ser la misma.
Hay quien sostiene que AEMET emite demasiados avisos semanales y que eso resta credibilidad. Otros recuerdan que la Confederación Hidrográfica del Júcar tenía obras contra riadas paralizadas desde hace 15 años por problemas ambientales. Y una tercera corriente apunta a que el SAIH de la cuenca del Júcar ya transmitió datos alarmantes a las 10:00 de la mañana del martes, horas antes de la tragedia.
La factura del escepticismo climático
¿Ha pasado factura? Los datos apuntan a que sí. El descrédito sistemático de los avisos meteorológicos crea un caldo de cultivo donde la población ignora las alertas. En Valencia hay registros de riadas desde 1321, y eso no impide que cada generación urbanice en zonas inundables. El problema no es solo climático: es de ordenación del territorio, de memoria histórica perdida y de una desconfianza hacia lo público que se retroalimenta.
La ironía final: los mismos que ayer reían las alertas fallidas hoy exigen responsabilidades por no haber avisado. Como los indígenas que sacrificaban al chamán cuando no llegaban las lluvias. La sociedad no involuciona, pero a veces lo parece.