Guerra de Ucrania: por qué cada bando cree que va ganando
¿Está Rusia perdiendo la
guerra de Ucrania? La pregunta se formuló con las columnas rusas atascadas al norte y Mariupol todavía en pie, y desde entonces dos relatos incompatibles han convivido sin que ninguno lograra imponerse. Uno describe un avance metódico que protege a los civiles y asume bajas inevitables. El otro certifica que los objetivos declarados se quedaron por el camino. Entre ambos, una montaña de cifras que casi nunca se comparan entre sí.
Las tres cifras que sostienen la tesis del avance
El campo que ve a Moscú avanzando parte de una estimación concreta:
unos 3.000 muertos y 12.000 heridos, milicias del Donbás incluidas. Para calibrar si eso es mucho, se recurre a dos comparaciones. En las Malvinas, los británicos desplegaron
menos de 5.000 tropas de combate reales y sufrieron casi 100 muertos en tres semanas. En 2006, Israel acumuló más de 1.300 bajas y perdió 50 Merkava —22 destruidos por completo— contra menos de 2.000 milicianos.
La segunda pata es la propaganda. Se sostiene que cuatro blindados y siete cuerpos carbonizados no dicen nada de un frente de
2.000 kilómetros, y que Ucrania difunde cada éxito mientras silencia cada fracaso. En esta lectura, la ironía de
todo es parte del plan se devuelve al remitente.
Y el corolario incomoda: la pregunta que importaría no es cuánto ha perdido Rusia, sino cuánta capacidad de seguir causando bajas le queda a Ucrania.
¿Por qué la guerra de Ucrania avanza más despacio que otras?
Porque la protagonista no es la aviación. En los conflictos de los últimos 40 años, señala esta corriente, Estados Unidos o sus aliados arrasaban desde el aire antes de que entrara nadie: la propaganda yihadista lo resumía comparando
los 50 céntimos de una bala con los 500.000 euros de un misil, y no le faltaba razón aritmética.
Aquí el peso lo llevan la infantería y el fuego de artillería. La aviación rusa cumple otra función: golpear la retaguardia, destruir material pesado y negar la iniciativa al adversario. Yugoslavia marca el límite de lo que puede esperarse: allí la OTAN apenas destruyó
el 10% del material serbio en Kosovo, oculto y sin fuerza terrestre que lo desalojara.
Con eso sobre la mesa, el resumen es que los arsenales pesados ucranianos están destruidos o capturados y que la artillería —el arma decisiva— apenas ha empezado a hablar.
Los tres objetivos rusos que quedaron sin cumplir
El listado que circulaba en los primeros compases tenía tres puntos: cambio de régimen en Kiev, anexión del Donbás con reconocimiento de Crimea como territorio ruso y formación de una Novorrusia que abarcara toda la costa y la orilla oriental del Dniéper, dejando a Ucrania con medio país.
Ninguno estaba resuelto. El fracaso de la ofensiva sobre Kiev pesa mucho en el otro platillo, y no solo por lo militar: revela que la inteligencia rusa dio por hecho que los ucranianos no iban a luchar. A partir de ahí, el pronóstico más repetido es que la guerra de verdad empieza en el este y que el desenlace se decidirá en cuestión de semanas. Un plazo que, como todos los plazos de este conflicto, se ha ido estirando.
Del convoy de 65 kilómetros a los casi mil T-72
¿Cuánto material aguanta cada bando? Las cifras descolocan. De un lado se recuerda
la cola de 65 kilómetros de vehículos que quedó inmortalizada en las carreteras del norte. Del otro, la llegada de
casi mil carros T-72 a Ucrania y el goteo de armamento occidental.
Hay quien sostiene que lo único verdaderamente temible de Rusia es su arsenal nuclear y que esa cola de 65 kilómetros habría sido pulverizada en menos de 12 horas en un choque directo con la OTAN. La duda razonable que se planteó después es la de las municiones merodeadoras: si llegan a ser una amenaza real, crece el incentivo para golpear bases en el exterior por vías indirectas. El mismo análisis replica que
una batería de artillería bien dirigida por un dron o un equipo de observación avanzada multiplica por seis su eficacia, y que cien o mil municiones merodeadoras no van a quebrar más a los rusos que miles de ataques de artillería sobre las posiciones ucranianas.
El gas como arma y la factura del invierno
El frente energético se movió al mismo ritmo.
Gazprom dejó de entregar gas ruso a Alemania por el gasoducto Yamal-Europa a comienzos de abril, y el corte dejó al gobierno alemán recomponiendo cuentas. La lectura desde el otro lado es puramente contable:
14.000 millones de dólares al mes ingresados por el gas vendido a Europa, mientras algunos países apagan centrales térmicas y nucleares propias.
Ese intercambio —
el que cobra y el que paga— sostiene buena parte del análisis económico. No hace falta ganar en el campo de batalla para que la caja aguante. Y al revés tampoco.
Un marcador que sigue en disputa
Lo que deja este cruce de posiciones es una constatación poco heroica: casi nadie admitía estar perdiendo, y quienes releen estas posiciones con distancia han ido subrayando que las previsiones optimistas envejecieron regular. La guerra sigue. El marcador, también. Y el único punto en el que coinciden ambas orillas es que el resultado todavía no se puede leer en ninguna parte, por mucho que cada uno diga tener el acta.