Bucha: 280 enterrados en una fosa común y 20 tiros en la nuca
Los cadáveres de Bucha no admiten discusión; su autoría, sí. El 2 de abril de 2022, después de que las fuerzas rusas se retiraran y el ejército ucraniano recuperara el control de la ciudad, cerca de Kiev, las imágenes que salieron de allí mostraban calles cubiertas de escombros, edificios reventados y cuerpos por todas partes. El alcalde, Anatoly Fedoruk, cifró en
al menos 280 las personas enterradas en una fosa común y describió un patrón que, de confirmarse, hablaría de ejecuciones y no de combate: los veinte cuerpos hallados hasta entonces en la calle presentaban un orificio de bala detrás de la cabeza.
Dieciséis de esos veinte yacían en el suelo o junto a él; tres, en mitad de la calle. Junto al cadáver de un hombre con las manos atadas a la espalda con un trozo de tela apareció un pasaporte ucraniano. Otros dos tenían las piernas atadas. El relato difundido sostiene que fueron fusilados en la nuca, a unos pasos de distancia. Decenas de cuerpos más, según el alcalde, se encontraban entre los restos de vehículos alcanzados durante los bombardeos y a lo largo de las carreteras.
Una ciudad de veraneo convertida en escenario del horror
Bucha no era un objetivo militar de manual. Era el
lugar bucólico de vacaciones de verano favorito de Mijaíl Bulgákov, la ciudad del vidrio, con parques llenos de jóvenes y un estadio donde jugaban las selecciones juveniles. En uno de sus parques había un memorial de la guerra de Afganistán: un pequeño tanque sobre un pedestal inclinado que imitaba el terreno accidentado del frente. Las fuerzas rusas lo derribaron, confundiéndolo con un blindado real. El detalle tiene algo de caricatura, pero resume el grado de destrucción que encontraron los vecinos al volver.
¿Los cuerpos aparecieron antes o después de la retirada rusa?
Aquí empieza el terreno pantanoso, y la respuesta no está cerrada. La versión rusa sitúa las muertes después del 30 de marzo, cuando sus tropas ya habían abandonado la localidad, y sostiene que las imágenes son una puesta en escena posterior. Frente a eso se esgrimieron
fotografías por satélite que, según el relato más difundido, mostrarían calles llenas de cadáveres el 28 de febrero y el 19 de marzo, días antes de la retirada. Hay quien subraya, en cambio, que el 31 de marzo el propio alcalde Fedoruk confirmó en un mensaje de vídeo que ya no quedaban militares rusos en la ciudad y no mencionó a residentes maniatados ni fusilados en la calle. La comparación de imágenes satelitales, las grabaciones y los testimonios de los vecinos son la única vía para cerrar la brecha. A la fecha de esta discusión, seguía abierta.
El argumento de que en las guerras pasan estas cosas
No todos los que intervinieron discutían autorías. Una parte del público despacha el asunto con un encogimiento de hombros:
lo que tienen las guerras, no todo van a ser bombardeos y tanques. Es una postura cómoda y también una trampa lógica, porque convierte cualquier atrocidad en daño colateral inevitable y de paso exime a quien la cometió. Otra corriente responde desde el otro extremo: que los responsables deben ser localizados, juzgados y ejecutados, sean rusos o ucranianos, pero que primero hay que aclarar lo sucedido. Entre ambos extremos queda un terreno incómodo, el de quien admite que hoy es imposible saber de primera mano qué pasó y prefiere no mojarse. La cifra de
280 enterramientos en una fosa común no admite esa comodidad: alguien cavó esa zanja.
Abu Graib como espejo: lo que entonces ocurrió después
El contraste más repetido fue el de las torturas de Abu Graib. Entonces la justicia militar estadounidense actuó:
Sivits y otros diez soldados fueron condenados por los abusos, con penas de diez años para Graner, ocho para Frederick y tres para England. Los procesos dejaron a la vista los crímenes y las vidas enredadas de los militares implicados. El argumento que se sostiene a partir de ahí no es que aquello fuera menos grave, sino que existió una respuesta institucional y un rechazo social amplio. Cuando lo que se discute son matanzas de civiles a mayor escala, la pregunta razonable es qué mecanismo equivalente va a existir. A día de hoy, ninguno confirmado.
Cuentas nuevas, relatos viejos
En paralelo al fondo del asunto corrió otro asunto: quién lo contaba y con qué medios. Apareció un detalle fechado y concreto, la existencia de
cuentas abiertas apenas unos días antes del inicio de la invasión, el 8 de febrero, dedicadas casi en exclusiva a intervenir en estos temas. La acusación cruzada fue constante, en las dos direcciones, y sirvió para lo de siempre: si el mensajero es sospechoso, el mensaje se descarta sin leerlo. Ese mecanismo funciona igual de bien para tapar un crimen real que para inflar uno inventado. Un factor que se citó en la discusión es la propia arquitectura de la propaganda: campañas sostenidas durante años para instalar una lectura emocional previa de los hechos antes de que ocurran.
Qué se puede esperar
Con estos mimbres, lo previsible es que la discusión pública siga más envenenada por la información que por los propios hechos. Todo apunta a que las investigaciones tardarán, si llegan, y a que cada parte consolidará su versión con la misma firmeza con la que hoy la niega o la afirma. La única novedad respecto a otros episodios comparables es la velocidad: antes hacían falta semanas para instalar un relato; ahora basta un fin de semana.