El tren del oro: mineras con 3 a 1 y ETF bajo sospecha
El oro lleva once meses de subida. La pregunta ya no es cuánto ha ganado la onza, sino si a estos precios queda algo que rascar. Y la respuesta que más circula no mira al metal, mira a las mineras. Un estudio atribuido al equipo de
Jim Cramer sostiene que las acciones de las compañías mineras tienen un
apalancamiento de 3 a 1 respecto a la cotización spot del oro. Es decir, triplican el movimiento del metal. También hacia abajo.
Con ese multiplicador sobre la mesa, el propio Cramer impone estos filtros: producción fuerte y sólida, reservas en crecimiento, altos niveles de inventario y un equipo directivo de prestigio. El problema, como casi siempre, no está en la onza, está en todo lo que se construye alrededor de ella.
Una producción que cae desde 2001 y descubrimientos a la baja
La producción global de oro disminuye desde 2001 y la oferta del metal es finita. Los nuevos descubrimientos caen a un ritmo de
4 millones de onzas por año desde hace tres décadas, según los informes que se manejan. Por eso las grandes compañías sostienen sus reservas comprando o asociándose con empresas más pequeñas en lugar de encontrar vetas nuevas.
En el tercer trimestre, la demanda de oro procedente de las minas creció un
3% hasta las 702 toneladas. En el mismo periodo, la demanda global de oro subió un 12%. Ese desfase —las minas comprando a un ritmo muy inferior al del mercado— es el que alimenta la tesis de que a las productoras todavía les queda recorrido.
¿Se puede reclamar el oro guardado en un ETF?
Aquí empieza el terreno incómodo. Un ETF de oro no es una caja fuerte con lingotes dentro, es una estructura de capas: el patrocinador que depende del World Gold Council de Londres, el banco que tiene el título y emite las acciones, el banco custodio, sus subcustodios y un agente. No existe una regulación clara, salvo la obligación de un representante del banco titular de visitar al custodio,
pero no a los subcustodios.
El derecho a exigir la devolución física no llega por tener una participación, llega con
100.000 acciones, unos nueve millones de dólares a precios actuales. Por debajo de esa cifra, la reclamación se dirime en un tribunal estadounidense contra el trustee o los custodios, con el resultado que cada cual imagine. La única excepción que se cita son los ETF islámicos, donde el cumplimiento de la Sharia actúa como freno.
El riesgo no es potencial, según este análisis: ya ocurrió algo parecido en los años ochenta con el oro. Y sobre la mesa queda otra sospecha, la de la manipulación del precio, que se apoya en los avisos de Paul Craig Roberts y en la ausencia de auditorías completas de las reservas que respaldan los contratos.
¿Es el oro dinero o solo una convención compartida?
La discusión de fondo es vieja: si el oro vale porque es escaso, inalterable y difícil de falsificar, o si vale únicamente porque un número suficiente de personas acepta cambiarlo por comida, bienes o servicios. Una corriente defiende lo primero: sus propiedades físicas no las eligió nadie, el metal las tiene y punto.
La objeción es igual de simple: si nadie lo acepta, el oro se queda en ornamento e industria. Y hay un matiz que incomoda a los más entusiastas, el de la concentración.
Sus críticos sostienen que la inmensa mayoría del oro está en manos de muy pocos, precisamente los que no suelen estar en el lado perjudicado cuando el sistema se tensa.
La contrarespuesta es histórica: en tiempos de guerra, la única forma de comprar según qué cosas ha sido el metal, y quien lo tenía pudo huir y protegerse. Nadie ha cerrado esa discusión, y quien diga que la tiene cerrada está vendiendo algo.
¿Se puede confiscar el oro? Lo que dice la historia
En España, la última confiscación relevante se sitúa en
1936, la del Banco de España y, por las mismas fechas, la de particulares. En Estados Unidos el episodio es más reciente y las medidas aprobadas en los años treinta, cincuenta y setenta seguirían en vigor: permiten al presidente confiscar cualquier propiedad, incluido el oro, intervenir comunicaciones y transportes y dirigir aspectos públicos y privados de la economía en caso de emergencia.
De ahí sale un corolario que suele ignorarse: tener el metal en casa no protege de una norma que se aplique por residencia y no por ubicación física.
Pequeñas mineras: de cinco a diez años hasta la primera onza
La promesa de rentabilidad alta viene con una factura conocida. Las junior exploran y excavan, pero a menudo carecen del efectivo necesario y pueden tardar de cinco a diez años en empezar a producir. Para financiarse, muchas venden por adelantado sus onzas a precios bajos, lo que les asegura el dinero y les destroza el balance si el metal sube después.
Hay un dato que ayuda a calibrar el momento: la cotización se ha llegado a situar al mismo nivel que en
2010, y la caída de las mineras ha llegado a duplicar la del propio oro. Quien compre mineras compra el triple de volatilidad, no una versión suavizada del metal.
Qué dicen los que ya están dentro
Entre los defensores de la postura dura hay un argumento que se repite: la mejor forma de subirse a este tren es el
oro físico en mano, no el papel. La razón que dan es la del apalancamiento sin freno y el sistema de reserva fraccionaria. El día que los papelitos fallen, sostienen, el metal recuperará su función de dinero de pleno derecho.
Enfrente, dos bloques. Uno sostiene que el oro no ha subido: lo que ha pasado es que las monedas llevan dos años devaluándose, y que el precio de todo se ha disparado, no solo el del metal. Otro directamente descarta entrar a estos precios y recuerda que para arruinarse siempre se está a tiempo, igual en oro que en bolsa o en pisos.
Y una tercera vía, más terrenal: si el escenario es de colapso total, lo que se querrá no serán lingotes, serán gallinas y conservas.
Si el apalancamiento es realmente de 3 a 1, las mineras deberían multiplicar por tres el movimiento de la onza en los dos sentidos. Con la producción cayendo desde 2001 y los descubrimientos a la baja, la parte de la ecuación que sostiene el argumento alcista aguanta. La que no controla nadie —tipos de cambio, costes energéticos, factores geopolíticos y una regulación de ETF que sigue sin aclararse— puede llevarse por delante el cálculo en un trimestre.