El día que Suiza se convierte en el espejo incómodo de España
Un español instalado en Berna enumeró lo que ve a diario: aceras sin chicles, carreteras impecables, coches premium en fila, nadie gritando en la calle y una policía que se acerca en cuanto alguien pide una moneda. De ahí sacó una conclusión que ha alimentado 445 respuestas: España es un país en vías de desarrollo. La conversación, abierta hace más de tres años, no ha muerto. Sigue girando sobre tres preguntas incómodas: si la seguridad española aguanta la comparación, cuánto de mito tiene el orden suizo y de dónde sale, de verdad, la riqueza helvética.
Qué ve un español recién llegado a Berna
La lista del autor del planteamiento es concreta: seguridad a cualquier hora, sin miedo al móvil en la mano; infraestructuras sin basura ni chicles pegados; coches premium en el
90% de lo que se cruza; ausencia de protestas, de cortes de luz y de internet; precios que no se mueven de un día para otro. Añade que la gente es más amable y que no ve altercados en la calle. El retrato se sostiene en la experiencia, no en estadísticas, y ahí empiezan las grietas.
Un residente de un valle cercano a Gstaad rebaja el entusiasmo: la gente es «rara», todo es
carísimo y los precios tensionan cualquier cuenta doméstica. Otro vecino de Thun cuenta que vio una furgoneta policial en toda la semana y atribuye el orden a las multas y a la forma de ser local, no a una vigilancia asfixiante. La seguridad percibida, viene a decir, es un impuesto que se paga en disciplina.
¿Es España un país inseguro comparado con Suiza?
El dato más duro que aparece en la conversación procede del Ministerio del Interior: España registra unos
48 delitos por cada 1.000 habitantes y año, frente a 42 en Países Bajos y 60 en Alemania. Con esa base, sostiene quien lo aporta, la seguridad española no es un problema en términos comparados y el relato del recién llegado describe un barrio concreto, no un país.
La contrarréplica no usa cifras, usa escenas. Hay quien recuerda a tres hombres borrachos destrozando papeleras y cristaleras en una estación
suiza durante media hora sin que apareciera un policía. Y hay quien responde con el espejo doméstico: dos décadas en un barrio normal de Madrid, un solo apagón, provocado por unas obras, y resuelto en un par de horas. El pulso entre tasa oficial y anécdota queda abierto.
La letra pequeña del paraíso: lavadoras, balcones y fusiles
El orden suizo arrastra normas que no salen en los folletos turísticos. Hace años, recuerda un participante, no se podía poner la lavadora el día que quisieras: había jornadas asignadas para la colada y la lavadora privada en edificios multifamiliares era, como mínimo, discutible. Tender en el balcón, ni pensarlo.
A eso se suma el detalle que más desconcierta: cada hombre guarda un fusil en casa y el servicio militar es obligatorio —o lo era, matiza quien lo cuenta—. En un apartahotel de Zúrich, las instrucciones avisan en alemán, francés, italiano e inglés de que el programa de la lavadora debe terminar antes de las
22:00, la hora del silencio. La lavadora, además, va en un trastero convertible en refugio nuclear.
150 francos por colarse en el tranvía
Una de las anécdotas más repetidas resume el modelo: un joven español es detenido en un tranvía sin billete y la policía busca a otro español para hacer de intérprete durante una hora. La multa,
150 francos. Y un aviso traducido a la carrera: sin nombre y dirección, avión a Madrid esa misma tarde. Sin pagar, la Confederación se cierra en la práctica.
No es la única escena de trato administrativo. Otro relato cuenta que un agente acompañó a un conductor perdido hasta su coche y que, al comentarle este que guardaba una onza de oro desde hacía diez años, le respondió que dentro de otros diez seguiría teniendo su onza. La estabilidad monetaria, contada en una acera.
¿De dónde sale la riqueza suiza? Dos relatos que no se tocan
Aquí la conversación se parte. Un sector sostiene que el país vive de empresas de altísima tecnología cuyo conocimiento no han igualado sus competidores, y que ese foso es la verdadera ventaja. Otro sector lo atribuye a décadas de capital ajeno y opacidad financiera. Las dos tesis conviven sin reconciliarse y ninguna se apoya en cifras.
En paralelo circula la clasificación más compartida: primer mundo para Suiza, Islandia, Luxemburgo o Singapur; tercer mundo para Francia, Alemania, Estados Unidos, Reino Unido y España; cuarto para Argentina, México, Rusia o Turquía. La réplica llega rápido: Estados Unidos no es un país, es varios a la vez, y cabe el primero y el quinto en el mismo mapa.
El incivismo como coartada cultural
El punto donde el análisis se atasca no es económico, es cultural. Frente a la excusa de que los ruidos, la suciedad y las malas formas son cosa del carácter mediterráneo, la respuesta es tajante: la educación no tiene latitud. Y al mismo tiempo se admite que el exceso de civismo suizo, ese silencio de las 22:00 y esa norma para todo, también tiene algo de incívico.
Con estos mimbres, la pregunta que nadie cierra es otra: si el bienestar suizo se puede copiar o solo importar. Nadie ha logrado definir qué mide exactamente el desarrollo. Quizá porque la respuesta incomoda a los dos lados de la frontera.