El PP renueva su cúpula con perfiles duros y el foco apunta a las cuotas
El Partido Popular ha renovado su dirección con la intención declarada de plantar batalla en las banderas sociales que hasta ahora cedía a la izquierda. La presidenta de Madrid gana peso en la ejecutiva y se iguala con Andalucía, que da un paso atrás, mientras el nuevo equipo apuesta por perfiles de confrontación directa y por una oposición en bloque con Vox. Sobre el papel, un giro táctico. En la práctica, el enésimo capítulo de una discusión más vieja: qué queda de un partido cuando su ideario se convierte en una lista de nichos electorales a cubrir.
Qué ha cambiado en la dirección del PP
La remodelación coloca a
Miguel Tellado como portavoz y recupera nombres de perfil duro para ejecutar eso que el ala más combativa del partido llevaba tiempo reclamando: dar la batalla cultural. La lectura dominante es que Feijóo abandona la moderación con la que llegó y se pliega a la estrategia que le exigían desde dentro. El precio, apuntan algunos análisis, es que el partido deja de diferenciarse por ideas y pasa a competir por cuotas: la del votante enfadado, la del votante de orden, la del votante que nunca votaría a la izquierda pero tampoco termina de fiarse.
Hay quien sostiene que el movimiento es puro cálculo aritmético. Se rasca el voto de un perfil de votante que hasta ahora se inclinaba por el PSOE y se asume la pérdida de otro más moderado, con la esperanza de que el balance neto salga positivo. La duda es si ese intercambio de cromos electorales compensa lo que se pierde por el camino: credibilidad programática. Porque un partido que solo habla de a quién representa y nunca de qué propone termina siendo una agencia de colocación con sede en la calle Génova.
La batalla por el voto femenino y el riesgo de la caricatura
El eje del giro es la disputa por el voto de las mujeres, territorio que la izquierda ha ocupado sin apenas competencia. La apuesta consiste en presentar caras femeninas de perfil alto para disputar ese espacio. La crítica más repetida es que la operación llega tarde y mal: si el mensaje se limita a imitar el envoltorio del adversario, el electorado detecta el truco y castiga la impostura. La pregunta incómoda es si se puede ganar una batalla cultural sin haberla librado antes en el terreno de las ideas.
El perfil de las incorporaciones alimenta la sospecha de que el PP reproduce el modelo de chiringuito que siempre criticó del PSOE. La tesis que circula es que el partido no quiere desmontar las estructuras de propaganda heredadas, sino quedárselas. No tumbar el chiringuito, sino cambiarle el cartel. Y ahí el cálculo se vuelve más cínico que estratégico: se compite por gestionar el aparato, no por desmantelarlo.
El problema de fondo: un partido sin ideología
La crítica más dura no va contra un nombre concreto, sino contra el modelo. Un partido político en el que nunca se discute ideología es, por definición, una estructura para colocar cuadros. Feijóo aparece descrito como un funcionario de la política: está ahí porque puede llevar traje, porque aguanta reuniones y porque pone caras para las fotos. El resto es gestión de poder. Esa lectura explica por qué el PP se niega a tocar determinadas estructuras heredadas: su objetivo no es eliminarlas, sino heredarlas.
El diagnóstico se extiende al conjunto del sistema. La tesis de que el PP es tan enemigo de España como el PSOE porque siempre quiso ser como él resume el desencanto de una parte del electorado de derechas. No es que el partido haya traicionado un programa: es que nunca tuvo uno que no fuera la gestión del poder por el poder. Con ese punto de partida, cualquier renovación de cúpula se lee como un reparto de sillas, no como un cambio de rumbo.
Y aquí se atasca el análisis. Con estos mimbres, la renovación debería servir para algo más que para recolocar nombres. Sigue sin saberse para qué. El partido que quería dar la batalla cultural aún no ha explicado cuál es su cultura.