Guerra nuclear táctica: el colapso que no evitan las ciudades intactas
Una guerra nuclear táctica se llevaría por delante la economía entera aunque no cayera ni una bomba sobre Madrid, Barcelona o Valencia. El punto de partida de este análisis —que lleva tiempo rodando entre quienes siguen la geopolítica— es la afirmación, atribuida al coronel Baños en un programa de Gisbert, de que un intercambio de armas nucleares tácticas entre la
OTAN y Rusia o China era prácticamente seguro y, aun así, no tan grave, porque las ciudades no serían destruidas. El contraargumento es otro: si el relato es que solo caerían pepinazos en el campo de batalla, alguien debería explicar por qué eso no basta para que el sistema se vaya al garete.
Aquí no hablamos de víctimas, hablamos de la mañana siguiente. Y esa mañana, con la televisión dando cuenta de detonaciones tácticas, no habría supermercados ni bancos funcionando en condiciones. La incertidumbre, por sí sola, ya es un arma económica.
Cinco vías por las que se hunde la economía sin que caiga una bomba en la ciudad
El razonamiento se apoya en una cascada de efectos encadenados. En cuanto se diera por hecho que empiezan a caer artefactos nucleares tácticas, la gente abandonaría en masa las ciudades: no solo el ciudadano de a pie, también los especialistas que sostienen los servicios básicos. El colapso de la mano de obra arrastraría al resto.
- Éxodo urbano masivo y millones de desplazados internos.
- Parón de la inversión pública y privada: nadie compra una casa, monta un negocio o construye un puente con una guerra nuclear al fondo.
- Disparo de la prima de riesgo hasta quebrar en cascada las economías.
- Parada de los grandes centros logísticos, convertidos en objetivo militar.
- Desplome de la bolsa mientras la tele reproduce los impactos.
La conclusión del planteamiento es tajante: aunque el intercambio se restringiera al frente, sería el fin del sistema tal y como lo conocemos. No hace falta arrasar medio mundo para que las bolsas dejen de funcionar.
¿Por qué no habría nadie que diera de comer a 47 millones de personas?
Aquí el debate se vuelve concreto. Según un cálculo que circula en el hilo, con diésel sin restricciones, fertilizantes y productos químicos la capacidad agrícola española permitiría alimentar a entre 40 y 80 millones de personas; sin ellos, la horquilla caería hasta unos 20 millones. Un par de cuentas y sobra gente.
El espejo es la mecanización. Un tractor averiado puede llevar a la ruina a una explotación si no hay repuestos ni cadena de suministro para repararlo: sin esa cadena, ni se compra la maquinaria, ni se traen los fertilizantes, ni se transporta la comida. Recoger un sembrado de trigo a mano no se parece en nada a hacerlo con un tractor que a su vez necesita piezas concretas. Y las miles de hectáreas de lechugas bajo plástico que producen para media Europa en una comarca de secano son un milagro a base de química: sin gasoil barato ni abonos, ese milagro se apaga.
¿Qué pasa con las hipotecas y las deudas el día después?
Es la pregunta que nadie responde y que todo el mundo se hace. Si las ciudades siguen en pie pero el país se ha ido al carajo, ¿qué ocurre con las hipotecas, los préstamos y las nóminas pendientes? Primero, la corrida bancaria: como sostiene un participante, en cuanto se anuncie un intercambio, aunque sea en territorio ucraniano, todo el mundo correría al cajero a sacar su dinero para llenar la despensa. Sin efectivo, ninguna entidad aguantaría sin una intervención estatal de urgencia.
La segunda pregunta es el «reinicio». En guerras anteriores todo eran papeles: se quemaban los libros de contabilidad y vuelta a empezar. Ahora el historial bancario no se borra con un incendio.
Los grandes no se hunden, cambian de nombre, y el deudor sigue siéndolo. Es poco probable que la banca y Hacienda actúen como si no se debiera nada, lo que abre un escenario inquietante: familias y autónomos arrastrando deudas impagables de por vida, con la disyuntiva de si se condona a saco o se exprime a la población hasta el último céntimo. Y el escenario que planteaba otro participante —trabajar catorce horas al día durante treinta años por un mendrugo de pan para pagar todas las deudas— tampoco invita al optimismo.
Del pulso electromagnético a la edad media
Hay quien va más allá: un ataque de pulso electromagnético (EMP) eliminaría de un plumazo casi todos los registros, desde datos bancarios hasta historiales de propiedad. Una detonación en altitud no mataría a nadie por sí misma, pero devolvería a sociedades enteras a una suerte de edad media sin electricidad, sin agua corriente ni medicinas, con una mortalidad enorme por causas indirectas.
También hay voces que bajan el tono. Durante la Guerra Fría se daba por inminente el zarpazo nuclear y la vida siguió: nacieron niños, se rodaron películas y se compuso buena música. Otros recuerdan que las crisis son cíclicas y hasta las reciben como una oportunidad de reinicio. Circulan además teorías conspirativas sobre un gran reinicio global planificado, sin ninguna prueba que las respalde. El contraste con la España de hoy es la interdependencia: nada funciona sin cadenas globales de suministro.
Con estos mimbres, lo más probable es que un intercambio nuclear táctico, aunque se acotara, no se quedara en el frente. La predicción razonable —con todas las reservas, porque nadie ha vivido algo así— es que la economía no se recuperaría de la noche a la mañana, sino que arrastraría durante años un rastro de deuda, refugiados y una sociedad vigilada con cupones y estado de guerra, como apuntaba otro forero. El optimismo sobre que las ciudades salven el día ignora que lo que se rompe no son los edificios, sino la confianza que los mantiene habitados.