Nord Stream: la autoría rusa que se sostiene sobre un tuit
Un economista sueco, Anders Åslund, escribe en redes que las dos explosiones del
Nord Stream 1 y 2 se produjeron justo fuera de las aguas territoriales de Dinamarca y Suecia, en aguas internacionales, y que se ejecutaron con grandes detonaciones, de forma profesional. Añade que ha consultado a expertos en Estocolmo y que solo obtiene una respuesta: Rusia. Ni un nombre, ni un informe técnico, ni una huella. Sobre esa base se ha levantado una de las acusaciones más repetidas del último tramo de la
crisis energética europea, y es, a la vez, la que peor encaja en el análisis de incentivos.
¿A quién beneficia volar los dos gasoductos rusos?
Rusia tenía la llave. Podía cerrar el grifo cuando quisiera, y de hecho los dos tubos llevaban tiempo parados o a medio gas. Destruir la infraestructura propia no refuerza esa posición: la elimina. Un gasoducto es un arma de negociación mientras existe, aunque esté apagado, y renunciar a él deja al dueño sin la baza que llevaba años blandiendo.
El cálculo de a quién beneficia apunta en dirección contraria. Justo al día siguiente del sabotaje se abrió el gasoducto que conecta
Noruega con Polonia a través del Báltico, una infraestructura que permite a Varsovia revender gas en el centro de Europa. Hay quien sostiene que ese detalle, más que cosmético, dibuja un móvil muy distinto al ruso. Y hay quien va más lejos y coloca a Ucrania en el reparto, sobre la base de que ese país sobrevivía, en buena parte, del tránsito del gas que ahora discurre por otras rutas.
La advertencia de Biden que el relato oficial ignora
El
7 de febrero de 2022, con el canciller alemán presente, el presidente de Estados Unidos declaró que el Nord Stream 2 terminaría. Un periodista preguntó entonces cómo pensaba conseguirlo, y la respuesta quedó grabada: «Te lo prometo, seremos capaces de hacerlo». Siete meses después, los tubos amanecieron perforados.
Ese fragmento se ha convertido en la referencia más incómoda del caso. No prueba nada por sí solo —las promesas políticas se cobran caras y se olvidan rápido—, pero explica por qué buena parte del análisis económico se niega a cerrar la ecuación con el nombre de Moscú. Para una corriente de opinión, el sabotaje encaja mejor como movimiento de quien llevaba años advirtiendo a Berlín de que ese gasoducto no debía existir.
Quién firma el tuit: un economista del Atlantic Council
Åslund no es un observador neutral. Es economista del
Atlantic Council, uno de los principales laboratorios de ideas del atlantismo en Washington, y columnista del
The Moscow Times, medio en inglés de la oposición rusa. En 2017 se publicó que había recibido pagos del gobierno de Letonia para escribir artículos sobre el principal banco del país y su supuesta limpieza en materia de blanqueo. También figura como asesor bancario de un conocido oligarca ucraniano.
Nada de eso invalida su tesis. Simplemente la sitúa: la autoría rusa llega firmada por alguien con intereses, vínculos y una nómina conocida. En un asunto donde se ha exigido prueba documental a todo el mundo, el mensaje que acusa no aporta ninguna.
Los tubos ya estaban parados: el móvil que no aparece
Un argumento se repite entre los escépticos: si el gas no fluía, ¿qué se destruye? Se rompe una capacidad de exportación valorada en miles de millones y se tira por la borda la inversión de años. El Nord Stream 2 seguía pendiente de autorización, con Moscú insistiendo en que estaba listo para entrar en servicio en cuanto Alemania diera el visto bueno.
La voladura elimina esa baza, dispara el precio —hasta un
19% en las horas siguientes, según la cifra que circulaba entonces— y deja a Europa comprando más caro a otros proveedores. Como operación de presión, es la menos eficiente imaginable: para presionar bastaba con girar una válvula. La pregunta sobre la factura de la reparación frente a una multa por incumplimiento de contrato también se ha puesto sobre la mesa, aunque en un escenario de sanciones brutales los contratos importan poco.
El marco mayor: OTAN, Europa y la puja entre potencias
Una parte del análisis sube un piso y mira el tablero completo. La tesis es que el gran pulso es entre Estados Unidos y China, y que Washington necesita romper las relaciones económicas entre Europa y Rusia para que el Viejo Continente no cuaje como bloque independiente. En ese esquema, el gasoducto era el cordón umbilical que había que cortar.
Otra corriente discute el papel de la OTAN. Se argumenta que la alianza no es una amenaza en sí, pero que sus miembros, y en particular Estados Unidos y Reino Unido, pueden usar su infraestructura de forma unilateral y ofensiva. Frente a eso pesa el dato de que los países que huyeron del paraguas soviético lo hicieron en estampida, y de que la frontera ucraniana se sitúa a unos
450 km de Moscú, sobre una llanura sin obstáculos naturales.
Seis meses después, ni un informe
Ha pasado medio año largo. Ni Rusia, a la que se atribuyen todos los medios para sabotear su propio tubo, ha presentado prueba alguna de la autoría contraria, ni se ha publicado un peritaje concluyente. Quien señaló a Moscú sigue señalando a Moscú, y quien miraba a Washington ha dejado de esperar.
La sospecha se ha desplazado, además, hacia la trazabilidad marítima. Todos los buques llevan sistemas de identificación y posicionamiento que se siguen por satélite y que son, en buena parte, accesibles al público. Un sabotaje de esa precisión en aguas internacionales deja un rastro que, en teoría, cualquiera puede reconstruir. En la práctica, nadie lo ha puesto encima de la mesa con nombre y apellidos.
Queda el dato que descoloca. El país al que se acusa de volar su propio gasoducto es el mismo al que, hasta hace nada, se le compraba el gas que ahora llega más caro desde otro sitio. El sabotaje dejó a Europa con una factura energética más alta y un proveedor menos. A Moscú le quitó una palanca. A alguien le quitó un competidor.