Quién carga los 70 kilos a 7.000 metros y quién firma la cumbre
La cifra que circula en el debate es de
70 kilos a 7.000 metros de altitud, transportados por un trabajador al que el relato no atribuye la cumbre. Hay quien sostiene que a ese porteador le dieron un buen equipo porque tenía que acarrear
85 kilos y no habría quedado bien para las fotos. En el himalayismo comercial, el peso y el mérito viajan en direcciones opuestas.
Una imagen de un hombre doblado bajo su bulto en plena ascensión bastó para abrir el asunto por donde duele, aunque en el hilo hay quien duda de que lo que muestra sea un porteador. No por el récord, sino por el reparto: quién hace el trabajo pesado y quién se lleva la gloria. Y si algo se repite en los relatos de quienes suben y bajan esas montañas varias veces por temporada es que, según se sostiene en el hilo, sin esos porteos la mayoría de las cumbres seguirían sin que nadie las pisara.
¿Cuánto peso puede llevar un porteador en el Everest?
Según se afirma en el debate, la ley fija un tope de entre
20 y 30 kilos, y ese límite explica el reparto de tareas. Los porteadores suben material hasta los campos base y no suelen meterse por encima de los 7.000 metros. Lo que se ve más arriba es otra cosa: los sherpas de altura, un cuerpo especializado que fija cuerdas al principio de cada temporada, monta pasarelas en el glaciar del Khumbu y equipa los campos superiores con oxígeno, gas y comida. Algunos también hacen cumbre.
Por qué un porteador rinde donde el cliente se ahoga
Se sostiene que generaciones viviendo a gran altitud producen una sangre más densa, con más glóbulos rojos para aprovechar el oxígeno escaso, y que la estatura baja juega a favor. Hay quien va más lejos y atribuye a determinados grupos del Himalaya genes heredados de poblaciones denisovanas. Son explicaciones que circulan, no diagnósticos.
Lo que no necesita genética es la costumbre. Cargar desde niño convierte en rutina lo que para un visitante es una hazaña. Se cita el caso de un operario que subió dos armarios completos a seis plantas en cajas de
40 kilos cada una, sin descansar y sin despeinarse, moviéndolas con unas manos que parecían la mitad de largas y el doble de anchas que las del narrador. Y el de un guía en el Merapi, en 1989, al que nadie consiguió seguir: iba con
chancletas y una túnica mientras los excursionistas subían con botas y anorak. Un caso parecido se describe en los accesos al Machu Picchu, con porteadores descalzos y cajas de cerveza en cada mano.
Turismo comercial y estilo alpino no son el mismo deporte
Conviene separar dos actividades que comparten nombre. En la ruta sur del Everest o en el Cho Oyu hay cuerdas fijas, campos de altura, botellas de oxígeno y un despliegue de apoyo contratado. Enfrente está el
estilo alpino: tú, tus compañeros y el material y la comida que podáis cargar, con miles de metros de roca y hielo por delante. Abrir una vía nueva en un 7.000 que apenas aparece en los mapas no se parece en nada a comprar una plaza en una expedición comercial. Quien defiende esta distinción añade un matiz incómodo: los sherpas que equipan esas rutas comerciales no hacen alpinismo de vanguardia, hacen su trabajo, y cobran por ello.
Guía obligatorio, 50 euros de entrada y una cartera con patas
Según relata un participante, en Nepal es obligatorio contratar guía o porteador para determinadas rutas de parque nacional, incluidas algunas de simple senderismo donde el camino es una recta ancha y resulta imposible perderse. A eso se suma la entrada al parque, en torno a
50 euros, más el permiso correspondiente. La crítica es doble: que la norma encarece el viaje para quien preferiría ir a su aire y que convierte al visitante en una
cartera con patas. La defensa tiene su lógica: el dinero se queda en aldeas y negocios regentados por las comunidades de la zona, y el guía conoce los vientos, las lluvias súbitas, la fauna y el idioma. Visto en frío, es un peaje de acceso a un recurso natural con propietarios locales.
Mérito, dinero y la deriva fiscal
Sobre el reparto de gloria se lanzó una comparación que resume el malestar: que tiene más mérito un porteador subiendo una vez su carga que un alpinista de primera línea completando todos los ochomiles. La exageración es discutible, pero apunta a algo real. El trabajo físico duro y repetido sostiene todo el espectáculo. Con matices: hay quien sostiene que, durante décadas de porteos, algunos de estos trabajadores han acumulado patrimonio y hoy tienen un nivel de vida que sus clientes no sospechan. Y como ocurre en cualquier conversación sobre trabajo ajeno, la cosa saltó a los impuestos y a qué se hace con lo que cada uno gana. Ahí ya no se hablaba de montañas.
El Himalaya, mientras tanto, sigue siendo enorme y casi todo él tranquilo: fuera de las rutas de moda hay recorridos vacíos y aldeas que viven del visitante con cuentagotas. En las rutas de moda, en cambio, el reparto está claro. Unos cargan, otros pagan, y la cumbre lleva el nombre de quien menos kilos movió. ¿Cuánto pesa una cumbre cuando el peso lo ha llevado otro?