Madrid siete años después: la caña pasa de 1,20 a 1,80 euros
Siete años sin pisar Madrid y lo primero que salta es la cuenta del bar. Un profesional que vuelve por trabajo unos días relata que una caña en barra que en 2017 costaba
1,20 euros se paga ahora a
1,80. En terraza, el mínimo que se cita ronda los
3 euros. Y, según ese mismo testimonio, el menú del día más barato que se encuentra no baja de
11 euros. Además de la factura, se topa con una ciudad distinta de la que dejó: más adecentada por un lado, más cambiada en algunos barrios por otro.
El precio de la caña y el menú del día: dónde se rompe el presupuesto
La comparación más repetida es la de barra contra barra. Un local de barrio cobraba 1,20 euros por una caña en 2017 y ahora pide 1,80. En cuanto el consumo se traslada a la terraza, el suelo se dispara hasta los 3 euros, y eso en zonas donde además toca convivir con el humo del vecino de mesa. El menú del día, termómetro clásico del bolsillo oficinista, dibuja la misma pendiente: hay quien sostiene que
ningún menú baja ya de 11 euros y otro testimonio eleva el suelo por encima de
12,50. La horquilla depende del barrio, pero el sentido de la marcha es idéntico.
Un matiz que también aparece:
los precios no son un fenómeno exclusivo de la capital. Un participante señala que esa subida de la hostelería se da igualmente en capitales de provincia.
El cambio demográfico que se percibe en el metro y en los barrios
El segundo eje del relato es demográfico. El metro, los parques y los colegios muestran, según varios testimonios, una presencia creciente de población latinoamericana —colombiana, venezolana, argentina y centroamericana, entre las nacionalidades más citadas— que buena parte de los mensajes califica de masiva. Un participante apunta al
aeropuerto de Barajas como vía de entrada, frente a la imagen de la inmigración que cruza el estrecho.
La lectura del fenómeno divide. Hay quien lo enmarca, como opinión política, en una política migratoria deliberada y sostiene que responde a un interés económico: mano de obra dispuesta a aceptar condiciones que el mercado local rechaza, con el efecto añadido de presionar a la baja ciertos salarios. Enfrente, otra corriente recuerda que Madrid ha sido siempre ciudad de llegada y que la población extranjera se concentra en sectores con alta rotación: hostelería, reparto,
cuidado de mayores y servicio doméstico.
Ese último punto aparece incluso en los municipios acomodados del noroeste, donde se sostiene que la presencia de trabajadoras de origen latinoamericano en residencias y casas particulares es elevada desde hace años.
¿Por qué se discute la natalidad cuando se habla de inmigración?
Porque el dato demográfico se usa como argumento de fondo: algunos mensajes contrastan la baja fecundidad de la población autóctona con tasas más altas entre familias migrantes, y de ahí sale la conclusión agorera de que determinados barrios cambiarán de composición en una generación. Un participante sitúa la caída de la fecundidad española desde
1975, con los años ochenta ya por debajo del reemplazo.
Las explicaciones chocan de frente. Un bloque apunta a la economía: vivienda, conciliación imposible sin abuelos cerca y jornadas que no encajan con un colegio. Otro bloque responde que el problema es de expectativas y prioridades, no de dinero, y recuerda que familias con menos recursos tienen más hijos. Entre ambos se cuela el caso concreto que relata un participante sobre un vecino de origen extranjero cuyos hijos de 6 y 8 años pasaban medio día solos en casa mientras los padres trabajaban: conciliación de la mala, pero conciliación.
Limpieza, obra pública y la parte que sí mejora
No todo es queja. El mensaje que abre la conversación reconoce que la capital y varios municipios del entorno están
más limpios y mejor arreglados que hace siete años, y que se ha invertido dinero público en adecentar calles.
El contrapunto llega por la vía de los residuos: colchones y muebles abandonados, escombros de obra, basura acumulada y repartidores circulando por aceras y plazas con la música alta. La convivencia entre uso intensivo del espacio público y civismo es el punto que más roza.
Con el menú del día pegado a los 11 euros y una caña de terraza a 3, la misma ciudad que se percibe más limpia es la que dispara la factura cotidiana. Madrid gana en mantenimiento y pierde en asequibilidad: la pregunta que queda flotando es quién puede permitirse seguir viviendo en el centro de ese equilibrio.