Cuando media Europa vivía bajo tres kilómetros de hielo
¿Por qué media Europa quedó sepultada bajo tres kilómetros de hielo mientras el hemisferio sur apenas se enteró? La pregunta no es retórica: hace entre 20.000 y 22.000 años, durante el último máximo glacial, la capa de hielo del hemisferio norte alcanzó su extensión máxima, y la geografía política actual no tenía nada que hacer.
La primera tentación es culpar a la corriente del Golfo. Los análisis de microfósiles muestran que la circulación termohalina cambió su intensidad, pero persiste el dilema circular: ¿la glaciación ralentizó las corrientes o fue la ralentización la que precipitó la glaciación? Hay estudios al respecto, pero la causa última sigue sin cerrarse. Mientras tanto, el famoso contraste entre Madrid y Nueva York, ambas a 40ºN, se convierte en un laboratorio: si la corriente oceánica se debilita, los inviernos peninsulares se parecen más a los de la costa este atlántica.
El hemisferio sur no se congeló porque no había donde
Las simulaciones del último máximo glacial, como las que muestra el proyecto de Scotese, explican la asimetría. El norte tiene mucha más masa emergida; la capa de hielo llegó a los 50ºN, con espesores de hasta tres kilómetros sobre tierra firme, e icebergs llegaron a la deriva hasta el Golfo de Cádiz. En el sur, a 50ºS solo asoman la punta de la Patagonia y la Antártida, y el hielo se expande sobre océano, lo que limita su crecimiento. Por eso el mapa del hemisferio sur no se ve tan cubierto: no es que no hiciera frío, es que faltaba superficie continental.
La ironía es que el hielo, al retirarse, sigue dejando huella: el rebote isostático de la corteza aún se mide hoy en latitudes antaño sepultadas. Y más de uno, con el verano encima, insinuaría que otra glaciación congelaría de paso algunos problemas. No es una idea buena, pero la reflexión dice bastante de cómo funciona el debate climático: entre el dato y el deseo.