Abascal rechaza dar una entrevista a Jiménez Losantos
¿Por qué el líder de Vox no se sienta en uno de los micrófonos que durante años le fueron favorables? Santiago Abascal habría rechazado conceder una entrevista a Federico Jiménez Losantos, según relatan varios usuarios del hilo. El episodio tiene miga porque no enfrenta a dos adversarios, sino a dos piezas del mismo ecosistema que llevan tiempo enfriándose. Y porque pone encima de la mesa una palabra que reaparece en cada conversación sobre el partido:
El Yunque.
¿Qué es El Yunque y qué pruebas hay de su vínculo con Vox?
No existe documentación pública que acredite esa vinculación, y conviene decirlo sin adornos. La teoría sostiene que una organización católica opera dentro del partido y condiciona sus decisiones internas. Quien la repite con más insistencia es precisamente el locutor al que ahora se le cierra la puerta, y sobre ese punto se le rebate con dureza:
lo del Yunque sería un relato hipertrofiado que le sirve para justificar un distanciamiento que responde a otros intereses.
El problema del argumento es de dónde sale el material. Una de las voces señaladas como fuente de esas supuestas vinculaciones ha llegado a admitir, en público, que no tiene ni idea al respecto. Otros atribuyen la difusión a artículos firmados por un periodista concreto, lo que convierte la acusación en
un rumor con firma. Nadie ha puesto encima de la mesa un organigrama, un acta o un documento.
Los postulados que se le adjudican a esa supuesta organización —combatir el globalismo, el comunismo y defender el cristianismo occidental, entendido como el católico— son lo bastante genéricos como para encajar en cualquier partido de derechas. Ahí está la trampa: si el programa es tan amplio, cualquier militante sirve como prueba.
¿Por qué se discute dentro del electorado de Vox su apoyo al PP?
Porque una parte de su base lo lee como un sostén gratuito y sin contrapartidas. El argumento que más circula es que Ciudadanos se extinguió por inútil y que Vox puede correr la misma suerte si sigue apuntalando al Partido Popular a cambio de nada: leyes heredadas del ciclo anterior que no se revierten y una agenda que sigue su curso. La exigencia se formula sin matices:
apretar las tuercas mucho más si el partido quiere seguir siendo relevante.
Debajo late una pregunta incómoda, la misma que se le hace al votante de derechas cuando su partido no cumple lo prometido. Si el PP se sostiene con esos apoyos, ¿para qué votarle a él y no al original? Y una sospecha que no se despeja: que las decisiones de la formación no dependen solo de sus votantes. La entrevista que Abascal sí concedería, según quienes siguen su agenda, iría en clave afín al
Partido Popular madrileño, lo que da la vuelta al asunto. El problema no sería el entrevistador, sino el destinatario.
¿Por qué parte de la audiencia ha dejado de escuchar a Jiménez Losantos?
Por su línea durante la pandemia y por el modo de marcar distancias después. Varios oyentes sitúan ahí el punto de ruptura y explican que dejaron de seguirlo cuando se alineó sin matices con la versión oficial de la crisis sanitaria. Otros apuntan a un cansancio menos ideológico: los apodos con los que bautizaba a medio país, dicen, hacían gracia mientras el destinatario era el enemigo.
Hay además un reproche generacional. Su mejor momento mediático se sitúa en
2005, en plena ola de contestación al Gobierno de Zapatero, y una parte del público considera que sigue hablando como si nada hubiera cambiado desde entonces. Entre los más jóvenes, su tirón sería hoy casi nulo. Ahí asoma el argumento incómodo para quien lo critica: el ruido forma parte del negocio, y del ruido ha vivido mejor que del dato.
Los reproches no llegan solo desde el partido. Hay comentaristas que consideran exagerado el relato del desencanto y atribuyen el desgaste a una cuestión de ritmos y de públicos, no de doctrina. En ese clima, un recuento difundido a propósito de una de las piezas citadas habla de
1.300 valoraciones negativas frente a 990 positivas, aunque el objeto exacto de esa medición queda sin aclarar.
¿Qué se juega Vox con este desencuentro?
Buena parte de su relato se ha construido contra algo, y los altavoces que le quedan son cada vez menos. El episodio con el locutor añade un problema práctico: un partido que se define por la confrontación necesita medios que amplifiquen esa confrontación, y los que le eran afines empiezan a marcar distancia. Hay quien remonta el enfado a un episodio anterior con una dirigente del partido, y quien lo reduce a un
ajuste de cuentas entre egos.
También hay quien lee el rechazo como una jugada propia. Negarse a una entrevista incómoda es, en la política actual, una forma de comunicación tan válida como cualquier otra:
el silencio también se publica. Lo que no está claro es el coste. Un partido que presume de decir lo que otros callan difícilmente gana algo dejando de responder.
Con estos mimbres, la entrevista frustrada deja de ser un desplante de agenda y pasa a ser un termómetro de la derecha. Un locutor que ya está jubilado antes de jubilarse, un partido que busca altavoz y dos audiencias que han dejado de escucharse. Lo malo para todos ellos es que el público hizo
mutis hace tiempo.