Biología, máster y 140 portes al día: el título no da empleo
Grado en Biología por la Universidad de Granada, máster en Calidad Alimentaria y una ruta de reparto en una subcontrata: unos
140 portes al día, a veces sin descanso ni para comer. Mario Díaz, de 35 años, tiene el título y el oficio de un repartidor. No es una rareza estadística: España es el país de la Unión Europea con más
graduados universitarios sobrecualificados, esos que ocupan empleos poco especializados para los que la titulación no hace ninguna falta.
El caso ha abierto una discusión más grande. ¿Falla la universidad, que no forma para el empleo, o falla el país, que no genera los puestos que ese título prometía?
¿Por qué la universidad no forma para el empleo?
La versión más repetida señala a la propia facultad. La enseñanza iría orientada a la investigación y a la oposición, no al mercado. Hay quien evoca una frase escuchada en un aula: la universidad existe para investigar; el que quiera aprender a trabajar, que se vaya a la formación profesional. Bajo ese prisma, el título funciona como credencial cultural y no como herramienta laboral, y el desajuste comienza mucho antes del primer currículum.
La objeción es igual de tajante:
la universidad sí forma para el empleo; lo que no abunda son empresas. El problema no estaría en las aulas, sino en un tejido productivo raquítico y poco industrializado, incapaz de absorber a los miles de egresados que salen cada curso. Un país puede producir magníficos biólogos, químicos e ingenieros y, a la vez, no tener dónde meterlos.
Y ahí aparece la paradoja que más incomoda: el sistema funciona, pero fuera. Según el relato de un forero del sector alimentario, quien se coloca bien suele pasar antes por puestos modestos en empresas extranjeras, a menudo en Reino Unido, para volver con idiomas y oficio. La formación se aprovecha. Solo que en otra parte.
Biotecnóloga: dos años de máster y cinco de vacío
El itinerario del repartidor no es el único que se ha puesto encima de la mesa. Circula el caso de una titulada en Biotecnología con
dos años de máster y tres de prácticas, seguidos de un hueco de cinco años, que hoy trabaja como profesora interina en un instituto. El resumen es casi un plano del sector: formación larga, inserción tardía y un aterrizaje en la docencia por descarte.
Aquí se abre otra grieta. Una cosa es el exceso de titulados y otra la actitud individual. Se argumenta que el título es solo la base, que después hay que moverse, acumular experiencia y no esperar a que llamen a la puerta. La contra réplica también tiene recorrido: en un mercado sin vacantes, moverse mucho no crea puestos de la nada.
Espabilad, viene a decir una parte del personal. El problema es que no hay epígrafe donde apuntar ese consejo.
Por qué sobran biólogos y no médicos
La sobrecualificación no se reparte por igual entre titulaciones. En las carreras biosanitarias la competencia es feroz: un biólogo no rivaliza solo con otros biólogos, sino con veterinarios y químicos que ocupan las mismas plazas de laboratorio y análisis. Sobran candidatos para cada vacante y la carrera concreta pesa más que el expediente.
El contraste con Medicina es el más citado. Según se sostiene en el hilo, las facultades de Medicina cerraron la puerta a nuevas plazas en
1977 y desde entonces el número de egresados se ha mantenido bajo control. Arquitectura hizo lo contrario: en los años 50 había
dos escuelas en toda España; hoy suman 32. El resultado no es un misterio.
La pregunta que sobrevuela es incómoda: si el desajuste se conocía, ¿por qué nadie cerró el grifo de las titulaciones con salida dudosa?
Fontanero a 5.000 euros, recepcionista a 1.350
Frente al relato del titulado en apuros aparece el del oficio. Se sostiene que un fontanero o un electricista por cuenta propia, con cartera de clientes, supera los
5.000 euros mensuales en según qué zonas, con tarifas en torno a 20 euros la media hora y agendas de cientos de avisos. La queja de fondo no es el desprecio al estudio, sino la sospecha de que se ha empujado a toda una generación hacia carreras sin mercado mientras los oficios se quedaban vacíos.
Al otro lado, el suelo del mercado laboral no titulado tampoco invita al optimismo:
1.350 euros netos a 12 pagas por un puesto de recepcionista es la referencia citada. Y el diagnóstico se extiende a los ciclos formativos, que ya no garantizan nada. Se habla de personas con varias titulaciones punteras, sin contrato fijo y con ofertas que bajan cada año. La subasta de sueldos a la baja, con pagos en negro, aparece descrita como una práctica que se ha normalizado.
Sobrecualificados, sí. Pero también subpagados.Qué hacer con un título que no da trabajo
Con este panorama, las salidas se reducen a tres: opositar, emigrar o reciclarse en algo que no tiene nada que ver con lo estudiado. Según un cálculo que circula en el debate, la inmensa mayoría de los titulados termina trabajando en algo distinto a lo suyo, y buena parte en puestos para los que bastaría un ciclo formativo. A la lista se añade el acceso desigual a las palancas: las herramientas están disponibles, lo que no está disponible es el trampolín, y algunos se reparten antes de que nadie enseñe a saltar.
El detalle que más inquieta no es el caso individual. Es que el título cuesta años de juventud, se paga con dinero público y privado, y su rendimiento se decide en un mercado que ni lo espera ni lo necesita.
Si mañana apareciera demanda real de mano de obra cualificada, ¿volvería a merecer la pena estudiar Biología?