Julio Iglesias, acusado de agresiones sexuales por dos extrabajadoras
Por 350 dólares al mes, una joven de 22 años trabajaba como empleada doméstica en las mansiones de Julio Iglesias en República Dominicana y Bahamas. Según su testimonio, el cantante la penetraba con los dedos sin consentimiento "casi todas las noches". Una fisioterapeuta también denuncia acoso reiterado. Las acusaciones, publicadas por elDiario.es y Univision, han desatado un debate sobre la credibilidad de las denunciantes y el contexto de poder.
Las acusaciones: un relato de sumisión y abuso
El reportaje detalla cómo Rebeca (nombre ficticio) fue contratada sin entrevista previa, internada en la propiedad y sometida a un ambiente de control. El cantante, entonces de 77 años, la obligaba a desnudarse ante invitados y la forzaba a mantener relaciones. "Me sentía como un objeto, como una esclava", declara. La fisioterapeuta, también anónima, afirma que Julio Iglesias la agredía sexualmente durante las sesiones de rehabilitación.
Reacciones: entre la credulidad y el cinismo
Un sector del análisis apunta a la vulnerabilidad de las trabajadoras domésticas, especialmente inmigrantes sin papeles, que difícilmente denunciarían en el momento por miedo a represalias. Otros argumentan que las denuncias llegan con años de retraso y sin pruebas físicas, y señalan que las empleadas aceptaron dinero y condiciones que luego rechazan. La sombra del oportunismo mediático y político planea sobre el caso: Julio Iglesias ha sido históricamente cercano al PP, y la publicación coincide con otros escándalos que algunos tildan de "cortinas de humo".
El factor económico: 350 dólares de salario
El salario de 350 dólares mensuales que percibía la empleada doméstica ha sido especialmente comentado. En un país como República Dominicana, donde el salario mínimo ronda los 200 dólares, la cifra no es miserable, pero sí denota una relación laboral precaria. Algunos ironizan: si el cantante hubiera pagado 2.000 dólares, tal vez las condiciones habrían sido más claras y el contrato de confidencialidad, más disuasorio.
La pregunta que nadie responde es si estas acusaciones prosperarán judicialmente o quedarán en otro capítulo de la guerra mediática contra las viejas glorias del franquismo sociológico. Mientras, el silencio de Julio Iglesias alimenta todas las sospechas.
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