El PP rechaza la moción de censura y apuesta por esperar a 2028
El PP ha decidido no presentar moción de censura contra Pedro Sánchez y confiar en que el desgaste del Gobierno le entregue La Moncloa en 2028. La estrategia, tras la reunión del comité de dirección del partido, ha caído como un jarro de agua fría entre quienes esperaban un movimiento más agresivo. «Llegaremos a la Moncloa de una manera mucho más limpia», sostienen desde el PP, mientras una parte del electorado conservador interpreta esa calma como una rendición anticipada.
La paradoja es que el PP renuncia a la ofensiva parlamentaria justo cuando el Gobierno atraviesa uno de sus momentos más delicados. La caída de Cerdán, la Ley de Vivienda ya aplicándose en Cataluña y los frentes judiciales que rodean a la presidenta madrileña dibujan un escenario que, sobre el papel, invitaba a la oposición a golpear. El PP, sin embargo, ha optado por el perfil bajo. Y ahí empieza el problema.
Por qué el PP renuncia a la moción de censura
La dirección popular sostiene que una moción de censura sería un error táctico. Argumentan que Sánchez «ha perdido cualquier tipo de conexión con la realidad» y que forzar una votación sin apoyos suficientes solo serviría para reforzar al presidente. El cálculo es frío: sin el concurso de Junts y PNV, la moción está condenada al fracaso, y un fracaso parlamentario desgastaría más al PP que al Gobierno.
Hay quien añade otro motivo menos confesable. Presentar una moción obligaría al PP a exponer su programa y a someterse al escrutinio de sus propios diputados, algunos de los cuales llevan meses mirando de reojo a Vox. La calma actual permite mantener el partido unido sin necesidad de definir un rumbo concreto. Es la política del compás de espera.
El problema es que esa espera tiene coste. Cada semana sin ofensiva parlamentaria refuerza la sensación de que el PP no tiene un plan alternativo. Y en política, la ausencia de plan se interpreta como ausencia de proyecto.
La fragmentación interna que el PP no controla
Dentro del PP conviven al menos tres corrientes que no comparten la estrategia. Una, mayoritaria en la dirección, apuesta por dejar que Sánchez se desgaste solo. Otra, más combativa, cree que hay que forzar elecciones cuanto antes. Y una tercera, minoritaria pero ruidosa, coquetea con la idea de que el partido debe girar hacia posiciones más duras para frenar la fuga de votos hacia Vox.
La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, se ha convertido en el epicentro de esas tensiones. Sus ataques al PNV y a Junts —con declaraciones que dificultan cualquier entendimiento futuro— han sido leídos por algunos sectores como un movimiento para posicionarse de cara a un eventual congreso. La hipótesis de una conspiración interna para desalojar al líder del PP circula con insistencia, aunque nadie la ha confirmado.
El cálculo es sencillo: si el PP no llega a La Moncloa en 2028, el partido tendrá que buscar un recambio. Y los recambios no se improvisan.
El desgaste del Gobierno que el PP no capitaliza
Sánchez acumula frentes abiertos. La Ley de Vivienda empieza a dar resultados en Cataluña, según quienes la defienden. Los procesos judiciales que afectan al entorno de la presidenta madrileña avanzan. Sobre el papel, material sobrado para una oposición combativa.
Pero el PP no lo capitaliza. Y ahí está la paradoja que muchos analistas señalan: el partido que debería recoger el descontento se encierra en sí mismo. La sensación de que «no vamos bien» se ha extendido entre cuadros medios, algunos de los cuales empiezan a preguntarse en voz baja si el líder del PP es el adecuado para el momento.
La respuesta oficial es que sí, que la estrategia es la correcta y que el tiempo dará la razón. La respuesta no oficial es que nadie quiere ser el primero en decirlo en voz alta.
El factor Vox y la aritmética parlamentaria
La Ley D'Hont y el sistema electoral español complican cualquier mayoría alternativa. Vox resta votos al PP en circunscripciones donde la derecha necesita sumar, y al mismo tiempo bloquea cualquier acuerdo con PNV y Junts. Es el círculo vicioso que el PP no ha sabido romper.
Algunos análisis sostienen que el PP debería pactar en secreto con Vox y en público con los nacionalistas. Otros creen que ese doble juego es imposible de sostener. Lo cierto es que, a fecha de esta discusión, el PP no tiene socios claros para una investidura, y eso condiciona toda su estrategia.
Mientras tanto, Sánchez sigue en La Moncloa. Y el PP sigue esperando.
Con estos mimbres, la pregunta no es si el PP llegará a La Moncloa en 2028. La pregunta es si el mismo líder seguirá siendo el candidato cuando llegue ese momento.