Felipe González, increpado en Segovia al grito de «fuera fascistas»
Felipe González visita Segovia y un grupo de personas le recibe con gritos de «Fuera fascistas de nuestra ciudad», según un vídeo difundido en redes sociales. El episodio reabre una pregunta incómoda: quién tiene derecho a llamar fascista a quién en la España de hoy, y qué queda del viejo reparto de etiquetas entre izquierda y derecha.
Qué pasó en Segovia y por qué el vídeo se comparte
La escena es breve y tiene todos los ingredientes de un clip viral: un expresidente socialista, un grupo que le increpa con la acusación más grave del manual político español —fascista— y una respuesta que no busca rebajar la tensión, sino devolverla.
«Fuera fascistas de nuestra ciudad» es la consigna; quienes participan en la conversación atribuyen a González la réplica «eso sois vosotros», sin que el material aporte una confirmación independiente.
El contexto importa. González gobernó entre 1982 y 1996 y su figura sigue siendo el principal activo simbólico del PSOE histórico. Que el abucheo llegue desde sectores que se reclaman de izquierdas, y no desde la derecha, es lo que convierte el vídeo en material inflamable. La acusación de fascismo, que durante décadas sirvió para señalar a la extrema derecha, se ha convertido en un proyectil de uso libre dentro del propio campo progresista.
«Ese no es fascista, ese es un traidor»: el matiz que lo cambia todo
La conversación no tarda en afinar el insulto. Hay quien sostiene que el calificativo está mal puesto:
«Ese no es fascista, ese es un traidor. Son cosas distintas». La distinción no es baladí. Fascista, en el vocabulario político español, implica una adscripción ideológica concreta; traidor implica una acusación de deslealtad a los propios, y esa es la que domina el reproche. González habría traicionado a la clase obrera que decía representar.
El argumento se apoya en una lectura económica de su legado: la reconversión industrial, la entrada en la lógica de la contratación temporal y la expansión de las empresas de trabajo temporal. Una parte del análisis sostiene que el expresidente abrazó el giro liberal de los años ochenta y que aquello marcó el mercado laboral español durante las décadas siguientes. La acusación, formulada así, es política y económica, no penal.
El doberman, la CIA y los fantasmas de los ochenta
En el repertorio de agravios reaparecen episodios antiguos. Se recuerda la campaña de 1996, cuando el PSOE utilizó la imagen de un
doberman como metáfora de la derecha que venía si no se les votaba. También circulan versiones que vinculan a González con la
CIA y con el contexto internacional de los años setenta, incluida la visita de Kissinger y la muerte de Carrero Blanco. Son hipótesis que se repiten sin prueba documental y que conviene tratar como lo que son: relato de trinchera, no historia judicial.
Lo llamativo es el tono. No hay defensa del expresidente en el grueso de la conversación. Incluso quienes le reconocen oficio político lo hacen a regañadientes, comparándolo con el nivel actual:
«casi un gran estadista», se llega a escribir, con el añadido de que el listón contemporáneo es tan bajo que cualquier figura del pasado parece gigante. La nostalgia funciona en las dos direcciones: unos añoran su chaqueta de pana y otros le siguen pasando la factura.
La clase obrera que ya no cotiza
El reproche más repetido no va contra González, sino contra quienes le increpan. La acusación es de impostura:
«El que habla de la clase obrera tiene una pinta de no haber cotizado ni un día». La etiqueta de clase obrera, sostiene esta línea, se ha vaciado de contenido material y se usa como coartada identitaria por gente que no ha pisado una fábrica ni una obra.
Es el eje económico del asunto. La discusión sobre quién representa hoy a los trabajadores —si los sindicatos, si la izquierda institucional, si nadie— lleva años sin resolverse, y el episodio de Segovia la vuelve a poner sobre la mesa. El derecho a definir quién es fascista ya no lo tiene nadie en exclusiva.
Un país donde todos son fascistas menos uno
La conclusión que se impone en buena parte de los comentarios es cínica:
«Todo el mundo es fascista en este país». La etiqueta, usada hasta la extenuación, ha perdido filo. Cuando sirve para señalar a un expresidente socialista y también a sus críticos, deja de describir una ideología y pasa a ser un simple gesto de desprecio.
Queda la escena. Un hombre mayor, increpado en la calle, que en lugar de ignorar el grito lo devuelve, según el relato que circula. Y una ciudad, Segovia, convertida por unas horas en escenario de una pelea que no es sobre ella. El vídeo seguirá circulando. Lo que no termina de aclararse es qué queda del viejo mapa político cuando las etiquetas viajan tan rápido de un bando a otro.