Un informe francés propone devaluar el euro un 30% frente al yuan
Un informe estratégico francés ha puesto sobre la mesa una cifra que hasta hace poco era tabú:
devaluar el euro un 30% frente al renminbi como alternativa a imponer aranceles del mismo calibre. La combinación de la caída del dólar —en torno al 10% en el último año— y los aranceles estadounidenses de entre el 10% y el 30% según el sector deja a cualquier producto europeo con un sobrecoste que puede superar el
20-35% frente a su equivalente estadounidense. Con ese punto de partida, algunos participantes del debate plantean que la pregunta ya no es si Europa puede permitirse devaluar, sino cuánto tarda en hacerlo.
Qué propone exactamente el informe francés
El planteamiento es simple de enunciar y complicado de ejecutar: en lugar de responder a los aranceles con más aranceles, se depreciaría la moneda un 30% frente al yuan. Otros análisis manejan ajustes más moderados, en torno al
9%. La lógica es que una devaluación mejora de golpe la competitividad exterior, encarece las importaciones, presiona al alza los precios y reajusta los flujos de inversión internacional. En bienes de consumo el efecto sería inflacionario por el encarecimiento de lo importado; en materias primas como petróleo y energía, el coste subiría automáticamente al pagarse en divisas fuertes; en bienes de inversión —acciones, inmuebles, activos reales— el valor económico se preservaría mejor que el efectivo, porque sus precios en
euros se ajustarían al nuevo tipo de cambio.
La conclusión que se extrae de ese esquema es incómoda: quien tenga cash vería recortada su capacidad adquisitiva de golpe, mientras quien tenga activos reales o divisas mantendría su valor. Aunque, como se ha apuntado con retintín, eso dura hasta que se devalúen también esas otras divisas.
Por qué una devaluación no arregla la competitividad
La objeción más repetida es que la devaluación no toca ninguno de los problemas que han llevado hasta aquí. Abaratar la moneda no corrige un modelo productivo que no produce, y el encarecimiento de la energía importada se traslada a toda la cadena productiva. Hay quien recuerda que el euro ya se ha depreciado en varias tandas —un 15% entre 2010 y 2012, otro 15% en 2014-2015, otro 15% en 2022— y que ninguna de esas recetas ha mejorado la situación. Al contrario, según ese mismo participante, cada vez estamos peor.
El argumento de fondo es que la devaluación es una forma disimulada de contener salarios. Mantienes los sueldos nominalmente, pero de facto abaratas el coste laboral y de producción interna. La alternativa, con un euro caro, es seguir consumiendo lo de fuera, aumentar el paro y acelerar la deslocalización de empresas. El desplome de Mercedes se cita como señal de lo que ya está pasando.
El euro a dos velocidades y la tentación de las monedas nacionales
Una de las propuestas alternativas es un euro a dos velocidades, con un euro fuerte para los socios más sólidos y otro más débil para el resto. El problema es que el mismo argumento que justifica dos euros —la diferencia de capacidades productivas entre zonas de Europa— sirve para justificar veintisiete. Si Portugal, España, Italia y Grecia tienen realidades distintas, ¿qué impide que cada uno recupere su moneda? La tentación de no hacer devaluación interna vía contención salarial y aplicar en su lugar una devaluación monetaria estaría sobre la mesa en cualquier país. Y los socios del euro fuerte verían encarecerse sus exportaciones.
Hay quien añade que un sistema así acabaría derivando en una Europa rica y una suerte de protectorado periférico, con Bruselas fijando el cambio entre ambas velocidades a su antojo. La ley de Gresham —la moneda mala desplaza a la buena— se aplicaría con toda su crudeza: se ahorraría en euro fuerte y se pagaría con la moneda débil.
Los obstáculos técnicos: nadie devalúa por decreto
El mecanismo no es tan sencillo como anunciarlo. Con tipos de cambio flotantes, para depreciar el euro un 15-20% habría que bajar los tipos a cero y lanzar un quantitative easing masivo, con compras de dólares y yuanes de cientos de miles de millones. Además, no se puede depreciar el euro solo frente al yuan: esa política monetaria lo depreciaría contra todas las divisas. Y todo ello con problemas legales y políticos añadidos, en un contexto de gobiernos francés y alemán precarios.
La comparación con la peseta de los noventa es recurrente. España devaluó un 5% en septiembre de 1992, otro 6% en noviembre de ese año y una tercera vez en mayo de 1993, dentro del Sistema Monetario Europeo, que era un régimen de tipos fijos pero ajustables. La diferencia es que entonces existía un mecanismo institucional para hacerlo. Ahora no.
Inflación y devaluación no son lo mismo
Uno de los matices que más se repite es que la inflación y la devaluación son fenómenos monetarios distintos, aunque sus efectos posteriores puedan converger. La inflación deprime el poder adquisitivo de forma lenta y generalizada; la devaluación lo hace de golpe. Si devalúas, sabes que subirán los precios de todo lo importado; en la medida en que luego subas los salarios para compensar, ya has entrado en el terreno de la inflación. El remedio sano, se argumenta, es el ajuste: bajar costes y ganar competitividad sin tocar el tipo de cambio.
El problema es que el consumo interno ya se está resintiendo, y la última razón que queda para defender el europeísmo es la tranquilidad de tener los ahorros en una moneda fuerte y estable, con capacidad de financiarse a tipos bajos. Si eso se rompe, se rompe el último argumento para la Unión.
¿Y si el problema no fuera el euro, sino que llevamos años pidiendo a la moneda que haga el trabajo que no hacen las reformas?