Por qué Europa aceptaba a un Habsburgo en Madrid y no a un Borbón
Cuando Carlos II murió sin descendencia en 1700, España se convirtió en el premio gordo de una partida continental. Pero la pregunta no era quién ocuparía el trono de los Austrias, sino qué potencia no podía permitirse que fuera Francia. Dos siglos después, la respuesta sigue siendo la misma: el equilibrio de poder. Un Habsburgo en Madrid era un rival conocido, arruinado y sin marina que echarse a la cara. Un Borbón con la herencia de Luis XIV era otra historia.
El miedo a Luis XIV
La clave no está en el odio a Francia, sino en el cálculo de Londres y La Haya. Luis XIV ya había dado muestras de sus ambiciones con la Guerra de Devolución y la invasión de Holanda. Si encima se quedaba con Madrid, las Indias, Milán y Flandes, los ingleses se encontraban con un monopolio imperial en el Atlántico. Frente a eso, un Habsburgo era un contrincante de pandereta. La cuestión no era si los Austrias eran mejores, sino que eran menos peligrosos.
La pesadilla de un nuevo Carlos V
La segunda pregunta tiene trampa. En 1700, Carlos de Austria era el hijo menor del emperador, y su hermano José I ocuparía el trono imperial. Pero José murió en 1711 sin heredero, y Carlos se convirtió en emperador. Si además ganaba la guerra, se montaba el Imperio de Carlos V con dos siglos de retraso. Las potencias marítimas habrían tardado cinco minutos en darse cuenta de que se estaban cavando su propia fosa. Para entonces, el cambio de escenario ya había hecho que los británicos se lo pensaran dos veces.
Hay quien sostiene que Francia, en realidad, perdió aquella guerra y se desangró defendiendo el imperio español. La prueba: la Guerra de la Cuádruple Alianza de 1717-1720, cuando el Borbón que habían puesto en Madrid les plantó cara. Otros ven en esa contienda el origen de todos los males modernos. El caso es que la historia no gusta de los condicionales. Pero si algo queda claro es que el equilibrio de poder no era una doctrina: era una necesidad.