Por qué la batalla filmada en Papúa en 1963 apenas deja cadáveres
En 1963, un equipo etnográfico rodó en Papúa Occidental un enfrentamiento entre dos grupos armados con lanzas, arcos y poco más. Sin pólvora, sin escudos y, a la vista de las imágenes, sin apenas bajas. El material acabó en
Dead Birds, el documental de Robert Gardner que sigue circulando como una de las escasísimas grabaciones de guerra premoderna que se conservan. La paradoja es inmediata: lo que se ve se parece menos a una batalla que a una coreografía con gritos.
El fragmento se comparte ahora con dos lecturas que no encajan. Una sostiene que es un documento excepcional y que quizá los choques de la Edad del Hierro tenían un aire parecido. Otra responde que no hay nada que aprender ahí, porque el nivel tecnológico es el del Paleolítico. Y entre medias aparece la sospecha clásica: que buena parte del documental etnográfico de aquellos años era un
teatrillo pagado a los protagonistas.
Una batalla sin escudos, sin filas y sin ganas de morir
Saltan a la vista tres ausencias. No hay
escudos, no hay armadura —ni de madera— y no hay orden cerrado: cada cual va por su lado, nadie cierra filas, nadie envuelve al contrario. Desde una mirada estrictamente militar, el resultado es una refriega que se rompe en cuanto alguien cae.
La explicación más repetida no es la cobardía, sino el cálculo. En un entorno sin cirujanos, sin antibióticos y sin bajas reemplazables, una herida pequeña puede matar en semanas. Un rasguño infectado pesa más que una victoria. De ahí que buena parte de la violencia se quede en amenaza, en griterío y en exhibición: el mismo patrón que se observa en la naturaleza, donde la mayoría de los conflictos entre animales se resuelve con postureo antes de llegar al contacto.
El corolario es incómodo. Con un sistema sanitario detrás, un combatiente herido se repara y vuelve al frente. Sin él, se convierte en una carga para los suyos. La guerra moderna no es solo más letal por la pólvora, sino porque permite arriesgar mucho más.
¿Fue la batalla un montaje pagado a los protagonistas?
Es la objeción que reaparece cada vez que se rescata una filmación etnográfica de los años sesenta. El patrón denunciado es conocido: se entrega algo de dinero o unos regalos y los protagonistas recrean delante de la cámara una versión estilizada de lo que harían en un enfrentamiento real. Con ese material se construyen después teorías sobre la condición humana.
La sospecha no invalida del todo la película, y aquí conviene precisar. Aunque la escena fuera recreada, se recrea con las armas y los procedimientos disponibles. Una representación de la guerra hecha con los medios propios sigue diciendo algo sobre cómo se hace esa guerra. Lo que no permite es contar cadáveres.
La foto se completa con un recordatorio incómodo: a mediados de los años ochenta aún quedaban zonas del Amazonas sin contacto documentado. La distancia tecnológica no es un asunto del pasado remoto.
Lanzas frente a falanges: 1963 contra la Edad del Hierro
La comparación tecnológica es la que más duele. En una
falange romana había más tecnología embarcada —metalurgia, logística, disciplina— que en toda la escena grabada, y no solo en lo bélico.
Y no es solo cuestión de armamento. La estela de los buitres, un relieve sumerio muy anterior a la Edad del Hierro, ya muestra formaciones en orden cerrado. La idea de la táctica colectiva es antiquísima y no asoma por ninguna parte del metraje. La pregunta, entonces, no es por qué no inventaron el escudo, sino por qué no lo necesitaron.
Ahí entra el argumento de escala. Unos pocos cientos de personas no generan la especialización que genera un imperio de millones. Roma era un imperio inmenso mientras en amplias regiones se vivía en asentamientos sin metalurgia. No es un problema de capacidad individual: es un problema de volumen, de transmisión de conocimiento y de tiempo acumulado.
La vara de medir: Mozart y el siglo XVIII
En el hilo, la distancia cultural se mide con Mozart. Dos siglos antes de la filmación, un solo compositor había firmado
68 sinfonías, 36 sonatas para violín, 27 conciertos para piano, 26 sonatas para piano, 23 cuartetos de cuerda y 6 quintetos. El listado, repetido como mazazo, ilustra la distancia entre dos mundos que eran contemporáneos en el tiempo.
También sirve para confundir. La producción de un genio excepcional no mide el desarrollo de una sociedad entera, igual que un récord deportivo no mide la sanidad de un país. El dato impresiona y no explica nada.
Roma, los aztecas y la trampa del juicio moral
El salto a la comparación histórica llega solo. Frente a quien lamenta la desaparición de civilizaciones precolombinas se alza el cómputo del sacrificio humano: la cifra que se maneja habla de entre
20.000 y 30.000 personas muertas al año en ceremonias dentro del Imperio azteca. No es un detalle menor a la hora de repartir lecciones.
El contrapunto es igual de válido. Roma, presentada como cúspide de la civilización, llenaba anfiteatros con ejecuciones y sostenía su economía sobre el trabajo esclavo. Aplicar la ética de hoy como jueza del pasado es un ejercicio que casi nunca deja bien a nadie. La diferencia entre unos y otros no es moral: es de escala organizativa y de archivo. Unos dejaron papeles; los otros, la cámara de un etnógrafo.
Hay un dato que se cuela en todas estas discusiones y que suele pasar desapercibido: se estima que el ser humano como tal existe desde hace unos 2,5 millones de años. La ventana en la que hemos desarrollado agricultura, metalurgia y escritura ocupa una porción ridícula de ese periodo. Cualquier comparación entre pueblos se hace, en realidad, entre vecinos de ayer mismo.
Con estos mimbres, la pregunta sigue sin respuesta. Si la guerra ritual de bajo coste fue la norma durante milenios, ¿en qué momento exacto dejó de compensar? El registro arqueológico no da la fecha. La cámara de 1963 solo da la imagen.