¿Cuánto vale una gaviota en Gijón? Lo suficiente para que un ciudadano acabe en el calabozo
La pregunta que muchos se hacen tras lo ocurrido el miércoles en la calle Corrida de Gijón: ¿por qué la Policía Nacional detiene al instante a un hombre que retuerce el cuello a una gaviota, pero tarda horas –o nunca– en acudir ante robos o agresiones? Un varón, sentado en la terraza de un conocido bar, vio cómo el ave se lanzaba sobre su pincho. Reaccionó con una violencia que algunos califican de desproporcionada: la golpeó y la dejó agonizando. Una mujer llamó a la policía, que lo arrestó por maltrato animal. Pasó varias horas en los calabozos.
El contraste entre penas y prioridades policiales
El incidente ha destapado una incongruencia que muchos ciudadanos señalan: mientras la Policía Local y la Nacional tienen recursos para detener a un agresor de aves, no los tienen –o no los emplean– para perseguir delitos contra las personas. En el mismo hilo se menciona a un individuo que, en días previos, amenazó y agredió a camareras en Gijón, con más de quince detenciones a sus espaldas, y sigue en la calle. «Al de la terraza, seguramente español y con nómina, al verle se frotaron las manos», ironiza un análisis. La vara de medir no parece la misma.
Gaviota, ¿plaga o especie protegida?
El debate tiene su miga: las gaviotas no son una especie amenazada, sino una plaga urbana. De hecho, el Ayuntamiento y el Seprona se niegan a recoger palomas o gaviotas por considerarlas dañinas. «¿Y si fuese una rata?», pregunta otro análisis. La respuesta es que nadie detendría a un ciudadano por aplastarla. Pero la gaviota tiene «factor carisma» y goza de cierta protección mediática. Mientras tanto, testigos relatan que varias personas acariciaban al ave moribunda en el suelo, en un gesto que muchos tildan de postureo buenista. «Luego se fueron a casa a comerse una chuleta de vaca», resume una de las vocecitas más ácidas.
Crueldad o defensa propia: los límites de la reacción
Hay quien justifica la reacción: la gaviota es un animal agresivo, capaz de lesionar a un niño o arrebatar la comida. Pero también hay quien recuerda que retorcer el cuello a un animal por un pincho denota una crueldad que va más allá de la defensa. «En una sociedad sana nadie mataría a la gaviota por robarle un pincho», sostiene una corriente; la contraria replica que la deshumanización es del que mata, no del animal. La ley es clara: el maltrato animal está tipificado y castiga incluso a las aves comunes. El detenido fue puesto en libertad tras declarar, pero su gesto le costó un buen rato en el calabozo y un titular en la prensa local.
Lo curioso del caso es que, mientras unos debaten si el hombre es un psicópata o un ciudadano harto de las gaviotas, el sistema policial demuestra una eficiencia que muchos quisieran para otros menesteres. Quizá lo que necesitamos no es que la policía deje de detener a maltratadores de gaviotas, sino que tenga la misma diligencia cuando se trata de personas. Pero mientras tanto, al menos las gaviotas de Gijón tienen quien las vengue.
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