Tres mujeres vestidas iguales y una subasta de comentarios
¿Qué tiene una imagen de tres mujeres vestidas iguales para que, en un puñado de líneas, alguien pregunte ya si son trillizas y otro las reparta como quien reparte cartas? La escena es mínima: tres mujeres con el mismo vestido. El resto lo pone el público. Y el público, en cuanto tiene un hueco, convierte cualquier imagen en un
baremo.
Lo primero que desaparece es la imagen. Lo segundo, ellas.
De la pregunta inocente al reparto de cromos
Una de las primeras intervenciones es casi doméstica: si van vestidas iguales, ¿son trillizas? Parece una broma sin consecuencias y, en realidad, ya ha hecho lo importante: ha convertido a tres personas en un conjunto homogéneo, intercambiable, apto para comparar. A partir de ahí, el
reparto es cuestión de segundos. Uno se queda con la de la izquierda. Otro elige a la rubia —
de bote— y descarta al resto con un término que no merece ser repetido y que, además, cede a un tercero. La cortesía del desprecio: aquí nadie se queda sin su parte.
Nótese el mecanismo. Nadie discute si la imagen es buena, ni de qué van, ni adónde. Se discute el orden. Y el orden exige una escala, que es exactamente lo que un baremo hace con cualquier cosa que se le ponga delante.
La retirada del que finge renunciar
Hay una figura que aparece siempre en estas conversaciones: el que se descarta a sí mismo con una fórmula de
falsa generosidad. Se anuncia como buen compañero de foro, deja a todas «
para vosotros» y pide que no se peleen. Es la jugada más limpia de todas, porque permite participar sin competir y, de paso, colocar el reparto en el centro de la escena. Renunciar al turno no cancela el inventario.
La escala sigue intacta. Solo cambia quién la maneja.
Las dos salidas: el chiste y la cita latina
Cuando el repertorio se agota, quedan dos puertas. La primera es el chiste que alarga la broma hasta la cocina, la resaca y el reproche doméstico: hay quien promete macarrones para recuperar fuerzas y avisa de que el asunto deja secuelas. No hace falta detallarlo; el género se reconoce solo. La segunda puerta es más elegante y más triste: el
«sic transit gloria mundi», la cita latina que cierra el asunto con aire de sentencia. Del mismo modo, otro mensaje resume el conjunto en una frase: esto quita las ganas de vivir.
Entre el chiste de sobremesa y el latinajo hay un mismo movimiento: no mirar la imagen, mirarse a sí mismos.
Qué revela el repertorio: el baremo como conversación
Puestos a buscar un patrón, el patrón es antiguo. Un grupo reduce a otras personas a
unidades de medida y, a partir de ahí, negocia su propia posición: quién elige primero, quién cede, quién se queda fuera, quién sentencia. La anécdota es trivial; la mecánica, no tanto. En menos de veinte líneas se ha construido una escala, se ha repartido el género, se ha hecho un chiste sobre el cuerpo y se ha cerrado con filosofía de sobremesa.
Y todo eso sin que nadie pregunte nada relevante: ni quiénes son, ni qué hacían, ni si les apetece aparecer en semejante subasta.
Al final, la imagen da igual. Tres mujeres vestidas iguales son, sobre todo, una
excusa para que un grupo de desconocidos ordene el mundo en voz alta. Ellas no aparecen. Ellos, tampoco, aunque se lean enteros.