El CNI y la disidencia pandémica: cuando nadie se fía de nadie
En plena era del pasaporte covid, una quedada convocada en un parque de las afueras de Madrid se suspendió cuando empezaba a coger forma. Motivo oficial: una remota posibilidad de lluvia. Para los convocados, la explicación nunca cuadró; la sospecha de que alguien pinchaba el movimiento disidente ya había hecho su trabajo. No hay pruebas públicas de que el CNI tuviera agentes allí, pero la desconfianza se ha convertido en moneda corriente.
Un organizador que preguntaba demasiado
En la España central, unos encuentros de disidentes quedaron marcados por la actitud de su convocante. Según un asistente, aquel hombre no buscaba amigos, buscaba información: preguntas constantes sobre contactos y planes, sin aportar nada propio. Quien lo relata salió escaldado y no fue el único. En 2022, el señalado desapareció de la escena. Para unos, era la prueba; para otros, que nunca llegó a encajar.
La excepción vasca
En Bilbao, las marchas de Bizitza vivieron otra realidad: miles de personas sin mascarilla, de toda clase social, frente a los juzgados. Allí la sospecha se centra en los nombres que lideraron el movimiento, entre ellos Alfonso Longo, divulgador que desapareció de internet tras la pandemia. La teoría de una “disidencia controlada” lo relaciona con Adrián Zelaia, y hasta se esgrime su origen gallego para excluirlo del “pueblo vasco” según los postulados de Sabino Arana que el PNV conserva matizados. Sin datos que confirmen nada, claro. El contraste es elocuente: miles en Bilbao, una quedada cancelada en Madrid por si llovía. La paranoia había hecho su trabajo antes que cualquier agente.