El caso Epstein ya no escandaliza: el silencio también es ruido
Pasó el beso de Rubiales, pasó la muerte de George Floyd, pasó hasta el episodio de Julio Iglesias. El caso Epstein, la presunta red de tráfico de menores que salpicó a las élites de medio planeta, se consumó en memes y en una indiferencia general que ya no sorprende ni a los más escépticos. A los seis meses de la última reaparición pública, la sensación es que el escándalo se ha agotado sin llegar a ninguna parte.
La política también se aburre de Epstein
Una de las explicaciones que más circulan es la ausencia de rédito partidista. Si el caso tuviera un solo color político, la maquinaria de la indignación estaría en marcha. Pero la lista de implicados cruza todos los espectros, y eso paraliza a los aparatos. No hay incentivo para que un bloque balance el escándalo si el otro puede devolverle el golpe. El resultado es que el mayor caso de abuso de poder conocido se queda sin tractorada en la calle.
Demasiada mención, demasiada poca información
Hay quien lo formula al revés: no es que la gente esté insensibilizada, es que está saturada de un nombre vaciado de contenido. Se oye «Epstein» junto a medio famoso, pero nunca se sabe qué ocurrió exactamente. Y cuando alguien intenta rascar, se topa con el ruido conspirativo, con acusaciones disparatadas que desacreditan el conjunto. La sobreabundancia de menciones con déficit de datos produce el efecto contrario al deseado: desconexión. Algunos analistas citan aquí la teoría del «limited hangout» o divulgación controlada: airear el caso en dosis justas para que la ciudadanía se habitúe y lo archive.
La respuesta oficial: no miren eso, miren la bolsa
El punto de fuga llega con la reacción institucional. Preguntada por qué no hay acusaciones contra los clientes de Epstein, la fiscal general de Estados Unidos, Pam Bondi, respondió con un discurso sobre el mercado de valores y urgió a centrarse en la economía. La red de tráfico de menores quedó formalmente aparcada en favor de Wall Street. No hay mejor resumen del orden de prioridades: el escándalo se ha convertido en un problema de relaciones públicas, no de justicia.
El dato que descoloca: ninguna gran movilización social ha acompañado al caso. Ni siquiera las víctimas han conseguido reactivar la agenda. Y mientras tanto, Epstein transita de villano a icono pop, con memes que dulcifican lo que debería ser un aldabonazo colectivo. Si el horror cotidiano no produce reacción, el siguiente paso no es la justicia: es el espectáculo.