Un 15% de votos en provincias pequeñas puede valer cero escaños
¿Cuánto vale un voto según dónde se deposite? En una provincia de cuatro escaños, un partido puede firmar el
15% de los sufragios y quedarse con cero representantes. Ese es el punto de partida del análisis que se ha reavivado tras el acuerdo de investidura y la
amnistía: según esa lectura, la derecha no perdió por falta de papeletas, sino por cómo se cuentan. La conclusión incomoda al PP y a VOX a partes iguales, y ninguna de las versiones que circulan cierra el asunto.
¿Por qué votar a VOX en Lugo o Teruel puede no dar escaño?
Porque la circunscripción provincial eleva el umbral efectivo allí donde se reparten pocos escaños. El ejemplo que se maneja es contundente: quien saca ese 15% en una provincia de cuatro escaños se queda a cero, y si esos sufragios hubieran ido a otro partido el reparto pasaría de empate a
dos escaños de diferencia. Las provincias señaladas como terreno perdido son León, Lugo, Teruel, Zamora, Huesca, Cáceres y Tarragona; en Madrid o Sevilla, en cambio, el voto se considera aprovechable.
El desglose completo, provincia a provincia y escaño a escaño, es el material más fino de todo este asunto: explica cómo el reparto pasa de un empate a dos escaños de diferencia. La objeción es la contraria. Si el sistema de reparto es el problema, culpar al elector de colocar mal la papeleta es una manera elegante de pedir el
voto útil sin decirlo.
La tesis más repetida: la campaña contra VOX le costó el Gobierno al PP
Aquí el reproche apunta directamente a Feijóo. Se sostiene que el PP dedicó meses de recursos mediáticos a
torpedear a VOX, a repetir y legitimar el
espantajo de «la ultraderecha», y que después el candidato se creyó los sondeos, no acudió a los debates y dio por hecho el resultado. Hay quien cifra en
500.000 votos los que habrían pasado de VOX al PSOE por esa estrategia, mientras el presidente en funciones cortejaba a Yolanda Díaz para sumar lo que a él no le llegaba.
En ese mismo análisis aparece otra cifra incómoda: la de los
50 diputados de regalo con los que, según ese cálculo, parte el PSOE antes de contar un solo voto. Y el corolario: con el reparto penalizando la fragmentación, una derecha dividida en dos o tres siglas se condena sola, vote lo que vote.
«El PP y el PSOE son el mismo partido»
Es la frase más repetida para justificar el desapego. La equivalencia se apoya en los argumentos que se repiten: gobiernos del PP con mayorías absolutas que no revirtieron nada sustancial, pactos que se rompen cuando estorban y un partido que, se dice, se pasa la campaña atacando a su propio flanco. El precedente histórico que se cita es revelador: antes de que existiera VOX, ya se usaba al PP como
asustaviejas, y antes a Ciudadanos, cuyos dirigentes eran objeto de apodos despectivos por parte de sus rivales.
La respuesta contraria también tiene recorrido. Sánchez llegó al Gobierno cuando VOX no tenía representación parlamentaria, de modo que la causa y el efecto no encajan tan fácil. Y hay quien añade que buena parte de quienes hoy pontifican sobre la unidad de la derecha militaban en otro sitio hace una década. Ninguna de las dos lecturas se anula: conviven, y de ahí la sensación de bucle.
¿Qué pasaría si VOX desapareciera?
Dos escenarios incompatibles, ninguno demostrado. El primero: sus votantes pasarían a la abstención, no al PP, porque consideran que no hay diferencia práctica entre lo que ofrecen uno y otro. El segundo niega la mayor y aporta su propio recuento: gracias al apoyo de VOX, el PP gobierna comunidades que antes no gobernaba, y tras la amnistía habría perdido para siempre plazas como Madrid o la Comunidad Valenciana. Es una predicción, no un resultado, y así conviene leerla.
Lo que se repite es la aritmética: sin trasvase de votos en las provincias pequeñas, la suma no sale. Con trasvase, el partido que cede desaparece como actor y su electorado se queda sin representación. Ahí está el nudo.
Medios, relato y la profecía que se cumple sola
El factor que ambos bandos admiten como decisivo no es el programa, sino el altavoz: quien controla televisiones, periódicos y redes fija qué es normal y qué es una locura. De ahí saltan a una idea más incómoda: al que hoy se trata de conspiranoico le basta tener paciencia, porque en diez, veinte o treinta años su tesis puede convertirse en opinión dominante. El argumento sirve para reivindicar la sospecha permanente.
Con semejante combinación, el pronóstico es sencillo de formular: la culpa es de VOX, del PP, de los medios, del sistema electoral y de quien votó mal. Nunca de nadie que no haya puesto una papeleta. Un alivio, oiga: siempre queda un culpable a mano que no somos nosotros.