NOTICIA: Gaza e Irán: ¿hay que elegir entre dos horrores?

¿Has de elegir entre apoyar a Israel o apoyar la inmi gración desaforada de musulmanes?

  • Prefiero que Israel extermine a los musulmanes de Gaza, Cisjordania o Siria

    Votos: 2 7,7%
  • Prefiero que los forasteros sean acogidos sin condiciones y nos impongan su visión del mundo.

    Votos: 0 0,0%
  • No quiero ni lo uno ni lo otro. Quiero mantener las tradiciones españolas. Sin maximalismos.

    Votos: 19 73,1%
  • Yo, lo que diga el PSOE. Que es ser tolerante.

    Votos: 0 0,0%
  • Yo, lo que diga VOX. Que es apoyar a Israel a saco.

    Votos: 0 0,0%
  • No tengo ni fruta idea, que sea lo que Dios quiera.

    Votos: 4 15,4%
  • No sabe, no contesta.

    Votos: 1 3,8%

  • Total de votantes
    26
Dos mordazas de metal cerradas sobre una papeleta electoral, ilustración editorial en azul marino y dorado
Publicidad

La tenaza de dos pavores que estrecha el voto europeo​

Elegir entre dos miedos no es elegir. Es una encerrona. Y esa es, resumida, la tesis que defiende uno de los participantes en el debate: al votante europeo se le presenta un menú cerrado —aceptar sin réplica una inmigración masiva o respaldar la ofensiva israelí sobre Gaza— y se le exige que señale su bando. El marco tiene nombre propio: la tenaza. Dos mordazas que aprietan a la vez y que, según esta lectura, no son rivales sino socias.

La tenaza: dos mordazas y una sola papeleta​

En una mordaza, el radicalismo islamista y los grupos violentos que aprovechan cualquier conflicto social para extender el miedo y enfrentar a comunidades. En la otra, quienes manejan el dinero, financian organizaciones e influyen en gobiernos que, se argumenta, se benefician de una Europa dividida y debilitada. La sospecha va más lejos: que ambas mordazas están conectadas y que determinadas redes alimentan conflictos que después rentabilizan en forma de nuevas políticas de control.

Como hipótesis resulta sugerente. Como prueba, no hay nada. El corolario, en cambio, es políticamente rentable: el ciudadano no asistiría a una lucha entre enemigos, sino a un simulacro en el que una de las mordazas se presenta como salvación de la otra. Poco consuelo para quien se siente dentro de la boca.
Publicidad

¿Por qué la diversidad se exige solo a Europa?​

La diversidad se plantea, según el hilo, como obligación moral de las sociedades europeas y no como una política que se aplique por igual en todas partes. El argumento compara: no se exige lo mismo a Israel, ni a los aproximadamente cincuenta países de mayoría musulmana, ni a sociedades africanas con fracturas étnicas propias. ¿Por qué, se pregunta, precisamente las sociedades de origen europeo deben demostrar que su identidad merece preservarse?

La objeción elemental es que la política de fronteras de un Estado no se calibra por simetría con la de sus vecinos, y que de esa asimetría no se deduce una intención oculta. Aun así, el doble rasero percibido es materia política de primera: no hace falta compartir la conclusión para reconocer que la pregunta incomoda.

Ucrania, el batallón Azov y la hipótesis de la «Nueva Reconquista»​

El segundo frente del diagnóstico es militar. La guerra en Ucrania habría servido de escuela para radicales europeos, con el batallón Azov y sus conocidos orígenes ultranacionalistas como referencia recurrente. Se subraya, eso sí, que no todo el ejército ucraniano responde a ese perfil. Lo que una guerra ofrece —hombres entrenados, habituados a las armas y capaces de organizarse— no lo consigue una organización clandestina en tiempos de paz.

De ahí salta la hipótesis: algunos de esos combatientes podrían emplear su experiencia en una confrontación violenta contra comunidades musulmanas en Europa, bajo un nombre recuperado del siglo VIII, la Nueva Reconquista. No hay evidencia de que ese plan exista. Lo que sí existe es la paradoja que el planteamiento lanza al aire: don Pelayo sería hoy etiquetado de extremista si formulara sus objetivos con el vocabulario de nuestra época.

Francia, Limoges y el punto donde el diagnóstico se rompe​

El relato se apoya en escenas como los disturbios franceses —con saqueos que el mensaje describe como rebautizados de «expropiación proletaria»— y en el incendio del ayuntamiento decimonónico de Limoges, que el hilo da por ocurrido sin aportar fuente, junto a la pregunta sobre quién aprovecha el fuego y quién echa gasolina.

Ahí empieza el terreno resbaladizo. Cuando la crítica al poder financiero deriva en una enumeración de apellidos y orígenes —un tropo clásico del discurso antisemita, sin respaldo probatorio alguno—, el análisis se cae solo y regala a sus adversarios el argumento más cómodo: la descalificación. La queja de fondo, que una sociedad tolera la pobreza o la incompetencia pero no la sensación de haber perdido el derecho a decidir su destino, no necesita ese lastre para ser escuchada.

Si la oferta sigue siendo binaria, es previsible que crezca el voto de castigo por los extremos y que la abstención se consolide como el partido más votado. Con todo, el pronóstico depende de algo que ninguna encuesta mide bien: cuánto tiempo aguanta el votante la sensación de que la papeleta le queda pequeña.
💬 LO QUE DICEN LOS FOREROS
«Mi sospecha es que ambas mordazas están conectadas. Que determinadas redes de poder alimentan conflictos que después utilizan para justificar nuevas políticas de control.»
— Fudivarri · Sospecha de coordinación entre élites
«El europeo no está contemplando una lucha entre dos fuerzas enemigas. Está siendo aplastado por una mordaza de la tenaza mientras le hacen creer que la otra mordaza viene a salvarlo.»
— Fudivarri · Metáfora de la tenaza
📊 OPINIONES
Peso aproximado de cada postura en el debate. No es una encuesta.
Hay que romper la elección binaria45%
El doble rasero de la diversidad es real35%
El marco conspirativo desacredita la crítica20%
📌 DATOS
Aproximadamente cincuenta países de mayoría musulmana citados en el hilo como término de comparación del doble rasero
El hilo sitúa el ayuntamiento de Limoges, un edificio del siglo XIX, entre los incendiados en los disturbios franceses, sin aportar fuente
Don Pelayo, situado como iniciador de la resistencia cristiana en el siglo VIII
❓ PREGUNTAS FRECUENTES
¿Se puede sostener la tesis del doble rasero sin caer en teorías conspirativas?
Sí, si se formula como comparación de políticas concretas: qué exigencias de integración o fronteras se aplican a Europa y cuáles a otros bloques. Lo que no se sostiene, en cambio, es dar el salto de la asimetría a la coordinación: atribuir a un grupo de personas una estrategia común por su origen no tiene respaldo probatorio.
¿En qué punto está la supuesta revuelta europea de la Nueva Reconquista?
En una hipótesis del hilo, planteada a partir del paso de radicales por unidades ucranianas, no en un plan documentado. El propio participante la presenta como una sospecha y el nombre como una provocación histórica.
Descargo de responsabilidad: Este artículo analiza tesis expuestas en el debate público; no acredita hechos no verificados.
Resumen elaborado con IA a partir del debate de la comunidad — 35 respuestas analizadas. Última actualización: .

Fudivarri

EL ESTADO ES TU PEOR ENEMIGO.
Desde
22 Ene 2009
Mensajes
16.513
Fruta
30.545
—El mundo funciona de una manera bastante más sencilla de lo que os han enseñado. Existen los amos del mundo. Y no me refiero a los presidentes, a los ministros ni a esos pobres diablos que comparecen ante las cámaras convencidos de que gobiernan algo. Ésos son los administradores. Los encargados de liquidar las decisiones.

Los verdaderos amos están en otra parte.

Buscad entre los grandes banqueros: Rothschild, Morgan, Warburg. Buscad entre quienes administran los gigantescos fondos de inversión, como Larry Fink. Buscad entre los propietarios de las redes que controlan la circulación de información, como Zuckerberg. Buscad entre los dirigentes políticos, como Netanyahu o Zelenski. Y examinad las relaciones que yo atribuyo a determinadas organizaciones de influencia.

Ahora fijaos en algo que, para mí, no es una casualidad. La presencia recurrente de figuras de origen judío en los círculos que considero decisivos para el poder internacional.

Ya sé lo que vais a decirme. Que confundo individuos con pueblos. Que una coincidencia de origen no demuestra una coordinación de intereses.

Conozco perfectamente vuestra respuesta. La he escuchado mil veces.

Pero yo no estoy hablando de lo que cree o deja de creer el ciudadano corriente. Estoy hablando de una élite que, según mi interpretación, ha construido relaciones financieras, familiares, institucionales y políticas capaces de sobrevivir a gobiernos, guerras y revoluciones.

¿Y qué hace esa élite con el resto de la humanidad?

La administra. La utiliza. La sacrifica cuando conviene. Como se administra una explotación ganadera: calculando costes, rendimientos y pérdidas aceptables.

Y ahora llegamos a una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo: la diversidad.

La diversidad es el nuevo dogma de Europa. La mezcla de pueblos, culturas, religiones y costumbres se presenta como una obligación sarracena de las sociedades europeas. Pero decidme: ¿por qué ese mismo proyecto no se exige a Israel? ¿Por qué no se exige a los aproximadamente cincuenta países de mayoría musulmana? ¿Por qué no se aplica con el mismo entusiasmo a las sociedades africanas, algunas de ellas desgarradas por enfrentamientos étnicos y tribales?

¿Por qué Europa?

¿Por qué precisamente las sociedades de origen europeo deben demostrar constantemente que su identidad no merece ser preservada?

Yo tengo una respuesta: creo que existe un proyecto político dirigido contra la continuidad histórica de los pueblos europeos.

Vosotros lo llamaréis una fantasía conspirativa. Yo lo considero la explicación de una serie de decisiones que, de otro modo, me parecen incomprensibles.

Mirad el Reino Unido. Mirad Francia. Dos antiguas potencias que, a mi juicio, atraviesan una profunda crisis civilizatoria. Y observad cómo sus dirigentes continúan proclamando el éxito de políticas cuyos resultados sus propios ciudadanos discuten cada vez con mayor acritud.

¿Y qué hace el pueblo?

Nada.

Protesta en su casa, murmura en el bar, se indigna delante del televisor y al día siguiente vuelve obedientemente a su trabajo.

Todos agachan la cabeza. Todos aceptan que otros decidan por ellos.

Y mientras tanto se está produciendo otro fenómeno que considero extraordinariamente peligroso.

Ucrania.

La extrema derecha nacionalista europea ha encontrado en aquella guerra una oportunidad para adquirir experiencia militar. Algunos radicales extranjeros han pasado por unidades ucranianas, y ahí está la trayectoria del batallón Azov, con sus conocidos orígenes ultranacionalistas.

No estoy diciendo que todo el ejército ucraniano sea de extrema derecha. Estoy diciendo que una guerra proporciona algo que ninguna organización política clandestina puede conseguir fácilmente en tiempos de paz: hombres entrenados, acostumbrados a cancelar, familiarizados con las armas y capaces de organizarse militarmente.

Y me pregunto para qué utilizarán algunos de ellos esa experiencia cuando regresen a sus países.

¿Creéis que todos volverán tranquilamente a sus oficinas?

Yo no.

Mi hipótesis es que determinados grupos podrían utilizar esa preparación para organizar una revuelta europea, cometer atentados y desencadenar una confrontación violenta contra las comunidades musulmanas.

Y ya tienen incluso un nombre histórico que podrían recuperar.

La Nueva Reconquista.

Porque fijaos en la paradoja: don Pelayo, presentado durante siglos como el iniciador de la resistencia cristiana frente a la conquista musulmana, sería probablemente acusado hoy de extremismo si formulara sus objetivos con el lenguaje de nuestra época.

Quería combatir al poder sarracin y recuperar el territorio para el mundo cristiano heredero del reino visigodo.

¿Y cómo lo llamarían ahora?

¿Nacionalista? ¿Intolerante? ¿Extremista? ¿Extremista?

No importa que el término resulte anacrónico aplicado al siglo VIII. Precisamente ésa es mi provocación: mostrar cómo una misma conducta puede ser glorificada como heroísmo histórico o condenada como extremismo político, dependiendo de quién la protagonice y de quién escriba el relato.

Y aquí tenéis la gran contradicción de Europa.

Sus gobernantes dicen combatir el extremismo, pero son incapaces de comprender las condiciones que pueden hacerlo crecer. Desprecian las inquietudes de una parte de sus ciudadanos, convierten determinadas cuestiones en tabúes y después se sorprenden cuando aparecen movimientos que rechazan el propio sistema político.

No estoy diciendo que esa violencia sea deseable. Estoy diciendo que temo que termine produciéndose.

Porque una sociedad puede soportar la pobreza, la corrupción y hasta la incompetencia de sus gobernantes durante mucho tiempo. Lo que difícilmente puede soportar indefinidamente es la convicción de que ha perdido el derecho a decidir su propio destino.

Y cuando esa convicción se combina con organizaciones radicales y hombres que han aprendido a hacer la guerra, el resultado puede ser devastador.

De manera que contemplad el panorama completo: una concentración extraordinaria de poder financiero, unas democracias cada vez más dependientes de ese poder, sociedades europeas profundamente divididas, identidades enfrentadas y una nueva generación de radicales con experiencia militar.

Éstos son los ingredientes.

Y vosotros todavía os preguntáis qué puede ocurrir.

Pues decidme...

Con estos mimbres, ¿qué cestos esperáis que nos salgan?
—Pero todavía no habéis comprendido lo fundamental. Porque lo que está ocurriendo en Europa no es, a mi juicio, una sucesión de crisis independientes. Es una operación de pinza.

Una pinza gigantesca cuyas dos mordazas están cerrándose sobre la civilización occidental.

Por un lado, la inmi gración masiva, la expansión del sarracin político y los conflictos de integración. Por el otro, el poder financiero internacional y los dirigentes que utilizan esos conflictos para justificar sus propias políticas.

Mirad Inglaterra.

Durante años se produjeron escándalos espantosos de explotación sensual de menores, protagonizados en algunos casos por redes de hombres de origen pakistaní. Niñas vulnerables sometidas a abusos, mientras instituciones que debían protegerlas fracasaban perversos.

Y lo verdaderamente terrible no es sólo el delito. Es la sospecha de que algunas autoridades prefirieron evitar determinados conflictos políticos antes que afrontar lo que estaba sucediendo.

Ahora mirad Francia.

Disturbios, saqueos, comercios destrozados, enfrentamientos en las calles. Y en medio de todo ello, rumores, acusaciones y relatos sobre la identidad de los participantes. Hasta he oído utilizar como supuesta prueba el hecho de que determinados saqueadores se llevaran alimentos, pero dejaran intactos los productos derivados del […].

¿Comprendéis hasta qué punto se ha envenenado la convivencia cuando un simple embutido termina convertido en una prueba de identidad religiosa?

Yo veo una sociedad que ha perdido la confianza en sí misma, en sus instituciones y en su capacidad para establecer unas reglas comunes.

Ésa es la primera mordaza.

Pero ahora mirad la segunda.

Netanyahu bombardea Gaza, extiende las operaciones militares al Líbano y presenta a Irán como una amenaza existencial. Y sus defensores invocan constantemente el peligro del extremismo sarracinista para justificar decisiones que pueden causar un sufrimiento humano inmenso.

¿Y qué pretenden que hagamos los europeos?

¿Que aceptemos cualquier intervención militar porque sus víctimas pertenecen al mundo sarracin? ¿Que renunciemos a denunciar la destrucción de Gaza porque también nos preocupa el sarracinismo radical dentro de Europa?

Yo no pienso elegir entre la violencia sarracinista y la devastación de poblaciones civiles. No pienso justificar a un fanático porque deteste a otro.

Y entonces aparece mi verdadera pregunta: ¿quién obtiene beneficios de que Europa quede atrapada entre esas dos alternativas?

Ahí vuelvo a los nombres que tanto os incomodan. Soros, Fink, los Rothschild, los Warburg, las grandes instituciones financieras, los grupos de presión y los dirigentes políticos que, según mi interpretación, forman parte de lo que denomino la sinarquía financiera internacional.

No sostengo que Netanyahu sea el dueño de ese sistema. Al contrario: en mi esquema, Netanyahu es una pieza política, un ejecutor con enorme poder militar, pero dependiente de estructuras económicas y estratégicas que lo sobrepasan.

Y mientras Europa contempla las guerras, el endeudamiento sigue creciendo. Los Estados refinancian sus obligaciones, los intereses absorben recursos públicos y los grandes acreedores conservan una influencia formidable sobre las decisiones económicas.

Ésa es la otra mordaza: la dependencia financiera.

Ahora juntad ambas.

Por un lado, sociedades divididas, ciudadanos enfrentados, tensiones religiosas y culturales. Por otro, Estados endeudados, élites económicas cada vez más poderosas y guerras que reclaman recursos extraordinarios.

Y observad el resultado: el europeo corriente queda atrapado entre problemas que no ha elegido y decisiones sobre las que apenas puede influir.

Le dicen que, si denuncia los abusos cometidos en nombre del sarracinismo, está justificando las guerras de Netanyahu.

Y que, si denuncia la destrucción de Gaza, está disculpando el fanatismo sarracinista.

Ésa es la trampa.

Dos fuerzas aparentemente antagónicas que, en mi interpretación, terminan produciendo el mismo resultado: una Europa debilitada, dividida y cada vez menos dueña de su destino.

Y yo voy más lejos. Sospecho que esa convergencia no es accidental. Creo que los intereses que se benefician de ambas crisis conocen perfectamente sus efectos y han aprendido a utilizarlos.

Ésa es mi tesis. Ésa es la pinza.

Y lo verdaderamente perverso de una pinza es que las dos mordazas parecen venir de direcciones contrarias, cuando en realidad forman parte de un mismo instrumento.

Mientras discutís cuál de las dos os está haciendo más daño, nadie mira la mano que aprieta.
 


Todo eso ya lo sé y me he hartado de avisarlo desde hace más de 15 años, cuando todo el mundo me decía de todo.

E incluso hoy día hay quienes siguen creyéndose Warren Buffet comprando casas viejas de familias españolas para meter a muchas personas en ellas.

La culpa es de quienes lo permiten. […]
 
Personalmente cada vez me interesan menos los usos y costumbres de la mayoría.
La justicia en el mundo ni existe ni va a existir jamás porque la naturaleza humana va en directa contradicción con este hecho.

Lo que ha cambiado es que la corrupción se ha globalizado gracias a las redes sociales y la tecnología, y eso solo hace acelerar y diversificar el poder total y absoluto de las mafias sobre la política a nivel global.

La sociedad del futuro es una sociedad esclava de las redes sociales -ya lo es ahora- y con el desarrollo de la inteligencia artificial ya no Es necesaria tanta gente en el planeta para avanzar en el conocimiento. Es cierto que la creatividad humana no la va a tener la IA a corto, medio e incluso largo plazo, pero llegará el momento -si no ha llegado- en que se planteará un tipo de filosofía existencial para dar sentido a la continuación de la expansión de la raza humana o su limitación a una cifra razonable según los criterios de algunas élites.

La robotización de los sistemas hará que la mano de obra y el consumo de recursos se reduzcan de manera global también.
El sistema educativo est’a diseñado para crear obreros mas o menos cualificados que se incorporen al mercado, y cuando no hagan falta veremos como se lidia con esta historia.
 
—El mundo funciona de una manera bastante más sencilla de lo que os han enseñado. Existen los amos del mundo. Y no me refiero a los presidentes, a los ministros ni a esos pobres diablos que comparecen ante las cámaras convencidos de que gobiernan algo. Ésos son los administradores. Los encargados de liquidar las decisiones.

Los verdaderos amos están en otra parte.

Buscad entre los grandes banqueros: Rothschild, Morgan, Warburg. Buscad entre quienes administran los gigantescos fondos de inversión, como Larry Fink. Buscad entre los propietarios de las redes que controlan la circulación de información, como Zuckerberg. Buscad entre los dirigentes políticos, como Netanyahu o Zelenski. Y examinad las relaciones que yo atribuyo a determinadas organizaciones de influencia.

Ahora fijaos en algo que, para mí, no es una casualidad. La presencia recurrente de figuras de origen judío en los círculos que considero decisivos para el poder internacional.

Ya sé lo que vais a decirme. Que confundo individuos con pueblos. Que una coincidencia de origen no demuestra una coordinación de intereses.

Conozco perfectamente vuestra respuesta. La he escuchado mil veces.

Pero yo no estoy hablando de lo que cree o deja de creer el ciudadano corriente. Estoy hablando de una élite que, según mi interpretación, ha construido relaciones financieras, familiares, institucionales y políticas capaces de sobrevivir a gobiernos, guerras y revoluciones.

¿Y qué hace esa élite con el resto de la humanidad?

La administra. La utiliza. La sacrifica cuando conviene. Como se administra una explotación ganadera: calculando costes, rendimientos y pérdidas aceptables.

Y ahora llegamos a una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo: la diversidad.

La diversidad es el nuevo dogma de Europa. La mezcla de pueblos, culturas, religiones y costumbres se presenta como una obligación sarracena de las sociedades europeas. Pero decidme: ¿por qué ese mismo proyecto no se exige a Israel? ¿Por qué no se exige a los aproximadamente cincuenta países de mayoría musulmana? ¿Por qué no se aplica con el mismo entusiasmo a las sociedades africanas, algunas de ellas desgarradas por enfrentamientos étnicos y tribales?

¿Por qué Europa?

¿Por qué precisamente las sociedades de origen europeo deben demostrar constantemente que su identidad no merece ser preservada?

Yo tengo una respuesta: creo que existe un proyecto político dirigido contra la continuidad histórica de los pueblos europeos.

Vosotros lo llamaréis una fantasía conspirativa. Yo lo considero la explicación de una serie de decisiones que, de otro modo, me parecen incomprensibles.

Mirad el Reino Unido. Mirad Francia. Dos antiguas potencias que, a mi juicio, atraviesan una profunda crisis civilizatoria. Y observad cómo sus dirigentes continúan proclamando el éxito de políticas cuyos resultados sus propios ciudadanos discuten cada vez con mayor acritud.

¿Y qué hace el pueblo?

Nada.

Protesta en su casa, murmura en el bar, se indigna delante del televisor y al día siguiente vuelve obedientemente a su trabajo.

Todos agachan la cabeza. Todos aceptan que otros decidan por ellos.

Y mientras tanto se está produciendo otro fenómeno que considero extraordinariamente peligroso.

Ucrania.

La extrema derecha nacionalista europea ha encontrado en aquella guerra una oportunidad para adquirir experiencia militar. Algunos radicales extranjeros han pasado por unidades ucranianas, y ahí está la trayectoria del batallón Azov, con sus conocidos orígenes ultranacionalistas.

No estoy diciendo que todo el ejército ucraniano sea de extrema derecha. Estoy diciendo que una guerra proporciona algo que ninguna organización política clandestina puede conseguir fácilmente en tiempos de paz: hombres entrenados, acostumbrados a cancelar, familiarizados con las armas y capaces de organizarse militarmente.

Y me pregunto para qué utilizarán algunos de ellos esa experiencia cuando regresen a sus países.

¿Creéis que todos volverán tranquilamente a sus oficinas?

Yo no.

Mi hipótesis es que determinados grupos podrían utilizar esa preparación para organizar una revuelta europea, cometer atentados y desencadenar una confrontación violenta contra las comunidades musulmanas.

Y ya tienen incluso un nombre histórico que podrían recuperar.

La Nueva Reconquista.

Porque fijaos en la paradoja: don Pelayo, presentado durante siglos como el iniciador de la resistencia cristiana frente a la conquista musulmana, sería probablemente acusado hoy de extremismo si formulara sus objetivos con el lenguaje de nuestra época.

Quería combatir al poder sarracin y recuperar el territorio para el mundo cristiano heredero del reino visigodo.

¿Y cómo lo llamarían ahora?

¿Nacionalista? ¿Intolerante? ¿Extremista? ¿Extremista?

No importa que el término resulte anacrónico aplicado al siglo VIII. Precisamente ésa es mi provocación: mostrar cómo una misma conducta puede ser glorificada como heroísmo histórico o condenada como extremismo político, dependiendo de quién la protagonice y de quién escriba el relato.

Y aquí tenéis la gran contradicción de Europa.

Sus gobernantes dicen combatir el extremismo, pero son incapaces de comprender las condiciones que pueden hacerlo crecer. Desprecian las inquietudes de una parte de sus ciudadanos, convierten determinadas cuestiones en tabúes y después se sorprenden cuando aparecen movimientos que rechazan el propio sistema político.

No estoy diciendo que esa violencia sea deseable. Estoy diciendo que temo que termine produciéndose.

Porque una sociedad puede soportar la pobreza, la corrupción y hasta la incompetencia de sus gobernantes durante mucho tiempo. Lo que difícilmente puede soportar indefinidamente es la convicción de que ha perdido el derecho a decidir su propio destino.

Y cuando esa convicción se combina con organizaciones radicales y hombres que han aprendido a hacer la guerra, el resultado puede ser devastador.

De manera que contemplad el panorama completo: una concentración extraordinaria de poder financiero, unas democracias cada vez más dependientes de ese poder, sociedades europeas profundamente divididas, identidades enfrentadas y una nueva generación de radicales con experiencia militar.

Éstos son los ingredientes.

Y vosotros todavía os preguntáis qué puede ocurrir.

Pues decidme...

Con estos mimbres, ¿qué cestos esperáis que nos salgan?
—Pero todavía no habéis comprendido lo fundamental. Porque lo que está ocurriendo en Europa no es, a mi juicio, una sucesión de crisis independientes. Es una operación de pinza.

Una pinza gigantesca cuyas dos mordazas están cerrándose sobre la civilización occidental.

Por un lado, la inmi gración masiva, la expansión del sarracin político y los conflictos de integración. Por el otro, el poder financiero internacional y los dirigentes que utilizan esos conflictos para justificar sus propias políticas.

Mirad Inglaterra.

Durante años se produjeron escándalos espantosos de explotación sensual de menores, protagonizados en algunos casos por redes de hombres de origen pakistaní. Niñas vulnerables sometidas a abusos, mientras instituciones que debían protegerlas fracasaban perversos.

Y lo verdaderamente terrible no es sólo el delito. Es la sospecha de que algunas autoridades prefirieron evitar determinados conflictos políticos antes que afrontar lo que estaba sucediendo.

Ahora mirad Francia.

Disturbios, saqueos, comercios destrozados, enfrentamientos en las calles. Y en medio de todo ello, rumores, acusaciones y relatos sobre la identidad de los participantes. Hasta he oído utilizar como supuesta prueba el hecho de que determinados saqueadores se llevaran alimentos, pero dejaran intactos los productos derivados del […].

¿Comprendéis hasta qué punto se ha envenenado la convivencia cuando un simple embutido termina convertido en una prueba de identidad religiosa?

Yo veo una sociedad que ha perdido la confianza en sí misma, en sus instituciones y en su capacidad para establecer unas reglas comunes.

Ésa es la primera mordaza.

Pero ahora mirad la segunda.

Netanyahu bombardea Gaza, extiende las operaciones militares al Líbano y presenta a Irán como una amenaza existencial. Y sus defensores invocan constantemente el peligro del extremismo sarracinista para justificar decisiones que pueden causar un sufrimiento humano inmenso.

¿Y qué pretenden que hagamos los europeos?

¿Que aceptemos cualquier intervención militar porque sus víctimas pertenecen al mundo sarracin? ¿Que renunciemos a denunciar la destrucción de Gaza porque también nos preocupa el sarracinismo radical dentro de Europa?

Yo no pienso elegir entre la violencia sarracinista y la devastación de poblaciones civiles. No pienso justificar a un fanático porque deteste a otro.

Y entonces aparece mi verdadera pregunta: ¿quién obtiene beneficios de que Europa quede atrapada entre esas dos alternativas?

Ahí vuelvo a los nombres que tanto os incomodan. Soros, Fink, los Rothschild, los Warburg, las grandes instituciones financieras, los grupos de presión y los dirigentes políticos que, según mi interpretación, forman parte de lo que denomino la sinarquía financiera internacional.

No sostengo que Netanyahu sea el dueño de ese sistema. Al contrario: en mi esquema, Netanyahu es una pieza política, un ejecutor con enorme poder militar, pero dependiente de estructuras económicas y estratégicas que lo sobrepasan.

Y mientras Europa contempla las guerras, el endeudamiento sigue creciendo. Los Estados refinancian sus obligaciones, los intereses absorben recursos públicos y los grandes acreedores conservan una influencia formidable sobre las decisiones económicas.

Ésa es la otra mordaza: la dependencia financiera.

Ahora juntad ambas.

Por un lado, sociedades divididas, ciudadanos enfrentados, tensiones religiosas y culturales. Por otro, Estados endeudados, élites económicas cada vez más poderosas y guerras que reclaman recursos extraordinarios.

Y observad el resultado: el europeo corriente queda atrapado entre problemas que no ha elegido y decisiones sobre las que apenas puede influir.

Le dicen que, si denuncia los abusos cometidos en nombre del sarracinismo, está justificando las guerras de Netanyahu.

Y que, si denuncia la destrucción de Gaza, está disculpando el fanatismo sarracinista.

Ésa es la trampa.

Dos fuerzas aparentemente antagónicas que, en mi interpretación, terminan produciendo el mismo resultado: una Europa debilitada, dividida y cada vez menos dueña de su destino.

Y yo voy más lejos. Sospecho que esa convergencia no es accidental. Creo que los intereses que se benefician de ambas crisis conocen perfectamente sus efectos y han aprendido a utilizarlos.

Ésa es mi tesis. Ésa es la pinza.

Y lo verdaderamente perverso de una pinza es que las dos mordazas parecen venir de direcciones contrarias, cuando en realidad forman parte de un mismo instrumento.

Mientras discutís cuál de las dos os está haciendo más daño, nadie mira la mano que aprieta.

Anda que no hay etnias en Israel, y gente que se quiere ir allí bastantes también, y muchos gazatíes o como se diga siguen viviendo en Israel, y otros muchos trabajaban en Israel.

Quien va a querer irse a un país africano o sarracin, alguna persona despistada por supuesto, si no es lógico que la gente se quiera venir a los países occidentales, cae de cajón.

Hay una demanda de flujo desde estos países, se crea un mecanismo donde circula mucho dinero y ya tienes la razón más allá de que quieran una oleada turística o similar. Por ejemplo.
 

Estadísticas del foro

Temas
2.059.883
Mensajes
58.457.932
Miembros
191.089
Último miembro
HotMarketGuy

El blog de burbuja.info

-
Volver