Quién gana con Gaza: de la tesis rusa al petrodólar
Cuando estalla una guerra, la pregunta rentable no es quién disparó primero, sino quién cobra sin mancharse. El ataque lanzado sobre Israel ha producido al menos cuatro explicaciones de autoría intelectual —rusa, israelí, estadounidense y energética— y ninguna cuenta con pruebas que la cierren. Lo que sí admite seguimiento es el rastro del dinero y de la atención: quién la pierde, quién gana terreno y quién se queda sin paraguas. En el fondo de cada hipótesis hay un cálculo económico, no una cuestión moral.
¿Qué gana Rusia si el mundo mira a Gaza y no a Ucrania?
La primera lectura sostiene que Moscú habría financiado a la cúpula de Hamás para montar la operación, con Irán como intermediario, adiestrador y organizador. El objetivo sería simple y cruel: desplazar el foco de Ucrania a Gaza para que el dinero y las armas occidentales se desvíen y Kiev acabe negociando desde la debilidad. Es la tesis del desvío de atención, y arrastra un problema de prueba: se apoya en un mensaje que atribuye el entrenamiento de milicianos a los grupos Wagner y Redut con aprobación del Kremlin, sin verificación independiente que lo respalde.
En contra juega un argumento de caja. Quien sostiene lo contrario recuerda que Irán es proveedor de material para Rusia, de modo que una Irán amenazada tendría menos margen para seguir surtiendo a Moscú; y que el acercamiento entre Israel y Arabia Saudí, mediado desde China, quedaría dinamitado de todos modos. Según este cálculo, quien sale reforzado en la región no es Moscú. La ayuda a Ucrania, además, no se financia con el mismo dinero que iría a Israel.
La tesis de que Israel dejó hacer para arrasar Gaza
La segunda explicación apunta hacia dentro de casa. Se argumenta que el aparato de inteligencia israelí conocía un plan de ataque y que las altas esferas habrían decidido restarle importancia para pillar al ejército relajado y justificar después una respuesta total. La comparación que circula es la del
Pearl Harbor que sirve de excusa. Quien defiende esta línea se fija en la composición del gobierno —con socios ultraortodoxos y un pulso abierto por la reforma judicial— y en el interés de blindarse ante los tribunales con el país en tensión.
Es una imputación grave y no probada, y conviene tratarla como lo que es: una sospecha que se lee, no un hecho. Lo único verificable son los datos que la rodean, no las intenciones. La otra mitad del análisis atribuye el fallo a simple incompetencia: sobreestimar lo que la inteligencia puede hacer y dar por imposible lo que acabó ocurriendo. Esa versión es, curiosamente, la que más incomoda a los partidarios de la conspiración, porque no necesita villanos.
¿Y si el beneficiario es la industria militar estadounidense?
Hay una tercera vía que coloca el origen en Washington. Tras salir de Afganistán con el rabo entre las piernas, la maquinaria necesitaría un conflicto nuevo para seguir alimentando a los grandes contratistas de defensa, que son quienes de verdad pesan en la política exterior. Esta línea menciona a círculos neoconservadores y a nombres del Departamento de Estado como impulsores. Tampoco aporta pruebas: es una hipótesis sobre incentivos, no sobre órdenes, y así debe leerse.
El petróleo, el dólar y el riesgo de cierre de Ormuz
La cuarta mirada deja a un lado a los estados y mira al mercado. Aquí el diagnóstico es que todo esto es una pelea por la supremacía sobre los combustibles fósiles, con los BRICS acumulando cartas y una hegemonía del dólar que se intenta desmontar desde la moneda, no desde el campo de batalla. En ese marco, cualquier chispa en Oriente Próximo es una excusa para mover el precio del barril.
El riesgo físico tiene nombre: el estrecho de Ormuz, por donde sale buena parte del crudo del Golfo. Un cierre, aunque fuera temporal, dispararía la factura energética europea sin necesidad de una sola bala en territorio comunitario. A eso se suma el temor recurrente a que vuelvan a atascar el canal de Suez y compliquen el tránsito de petroleros. Son escenarios de libro, pero el libro se ha leído ya demasiadas veces.
Cuánto dinero recibe Ucrania frente a Israel
Para desactivar el relato del desvío de fondos, el dato que más se repite es la asimetría:
Estados Unidos acumula unos
71.000 millones de ayuda a Ucrania, y la Unión Europea supera los
30.000 millones, con más comprometido. La ayuda israelí, en esa escala, resultaría insignificante y saldría solo de Washington, no de Bruselas. Con esas cifras sobre la mesa, la tesis de que Gaza le roba el paraguas a Kiev se sostiene más en la percepción pública que en las cuentas.
El escenario que nadie firma
Lo que sí comparten casi todas las lecturas es el pronóstico incómodo: una Europa que se posiciona abiertamente junto a Israel se convierte en escaparate y en objetivo, con banderas colocadas en edificios oficiales como gesto de alineamiento. De ahí a la preocupación por un repunte de tensión en las calles hay un paso que nadie quiere dar en voz alta.
Nadie tiene la prueba que cierre el caso. Lo más probable, con lo que hay encima de la mesa, es que las cuatro teorías convivan durante meses y que cada una se refuerce según hacia dónde sople el precio del crudo. Si el barril se desboca, la versión energética ganará peso sin necesidad de demostrar nada.