Gloria Álvarez llama cristalino al Ganges y enciende el escrutinio
El río Ganges es, para buena parte de los occidentales que lo han visto en fotos, un curso de agua con cadáveres incinerados a la deriva y niveles de contaminación que ningún organismo sanitario firmaría. Para la politóloga y divulgadora liberal
Gloria Álvarez, en cambio, es agua
cristalina. Lo dijo tras meterse en él, según los comentarios del hilo, y la afirmación ha funcionado como una prueba de esfuerzo para su propia audiencia: la misma que la aplaudía cuando desmontaba el socialismo latinoamericano ahora se pregunta en qué punto se ha descolgado del carril.
La escena no es un caso aislado. Es la enésima vez que una figura del ecosistema liberal-libertario cruza la frontera entre el argumento económico y el
retiro espiritual de manual. Y cada vez que eso pasa, la conversación deja de ser sobre el Ganges y pasa a ser sobre quién tiene autoridad moral para decir cómo debemos vivir.
Qué es el Ganges y por qué la frase chirría
El Ganges es un río de más de 2.500 kilómetros que atraviesa el norte de India y Bangladesh. En su tramo medio y bajo recibe aguas residuales sin tratar de ciudades densísimas, residuos industriales y restos de cremaciones rituales. En su cabecera, en cambio, el agua baja fría y relativamente limpia desde el Himalaya. Quien se baña en Rishikesh o en Haridwar no ve lo que ve quien se baña en Varanasi.
Esa distinción es la que sostiene la defensa más técnica que ha circulado en el hilo:
Álvarez se habría bañado en el tramo alto, donde el río todavía no arrastra la carga de las llanuras. La escena, en esa lectura, sería la típica estampa para occidentales que buscan una postal de pureza y no un análisis hidrológico. El problema es que la postal, una vez publicada, ya no admite matices: el titular es el titular.
El argumento que ha acabado dominando: la familia como vara de medir
Lo más llamativo del asunto no es el río. Es que la conversación ha derivado, en cuestión de horas, hacia un terreno mucho más incómodo: la vida privada de los propios divulgadores liberales. Hay quien sostiene que una parte relevante de esta generación de comentaristas —
Fernando Díaz Villanueva,
Juan Ramón Rallo,
Carlos Cuesta— no ha formado familia ni ha tenido hijos, y que eso los descalifica para dar lecciones de organización social. Otros participantes rebaten esa afirmación y sostienen que algunos de ellos sí tienen hijos.
El razonamiento tiene una simetría tramposa: si el socialismo se despacha a menudo como enfermedad mental, el liberalismo de tertulia no sale mucho mejor parado cuando se le aplica el mismo rasero biográfico. La objeción más sólida que ha aparecido en contra es que la vida privada no es un argumento: se puede tener razón en un modelo fiscal y no haber tenido hijos. Pero el desgaste ya está hecho.
El giro espiritual y el negocio de la new age
Hay una lectura menos moral y más materialista. La new age, el yoga de retiro, el turismo espiritual en India y el merchandising asociado mueven un volumen de dinero considerable, y una figura con altavoz puede monetizarlo mejor que un ensayo sobre la Escuela Austriaca.
Más pasta dentro y más divertido, resume una de las tesis que circulan: el bandazo no sería una crisis personal, sino un cambio de nicho.
En esa hipótesis encaja el detalle de que el discurso espiritual y el discurso liberal comparten una misma estructura: el individuo que se libera de las ataduras colectivas. Cambia el enemigo —el Estado o el ego— pero el producto es el mismo. Y el producto vende.
El patrón que se repite: del liberalismo al misticismo
No es la primera vez que un perfil de este ecosistema se descuelga hacia lo espiritual. La trayectoria que se cita como precedente es la de quien pasó de la trinchera ideológica a la búsqueda interior, con la consiguiente sensación de que el personaje se ha desdibujado. La pregunta que sobrevuela es si esto es una deriva individual o un síntoma generacional: una hornada de divulgadores que construyeron su marca sobre la certeza y ahora la reconstruyen sobre la experiencia personal.
El detalle que descoloca es que la crítica no viene de sus adversarios ideológicos, sino de su propio público. Cuando la audiencia que te encumbró empieza a preguntarse si te has vuelto
zumbada, el problema ya no es la imagen: es el producto.
Qué se está discutiendo de verdad
Por debajo del chiste fácil hay tres discusiones reales. La primera, sobre la autoridad moral: ¿puede alguien sin familia dar lecciones sobre cómo organizar una sociedad? La segunda, sobre la coherencia del relato liberal cuando abraza prácticas que el propio liberalismo despacharía como superstición. La tercera, sobre el negocio: cuánto de esto es convicción y cuánto es reposicionamiento de marca personal.
Ninguna de las tres se resuelve con una foto en un río. Pero las tres explican por qué una escena aparentemente anecdótica ha generado un volumen de reacción desproporcionado. Cuando un divulgador cambia de altar, su público se siente estafado antes que decepcionado.
¿Y si el problema no fuera el Ganges, sino que ya nadie se cree del todo a ninguno de los que venden certezas?