Rhodesia, el debate que el colapso de Zimbabue nunca cerró
Cien billones de dólares. Ese es el valor facial de uno de los últimos billetes que Zimbabue puso en circulación antes de que su moneda dejara de valer prácticamente nada, y sigue siendo el mejor resumen del enigma que arrastra el país. Fue, según sus defensores, el país más rico de África. Hoy apenas se sostiene. La antigua Rhodesia proclamó su independencia de Londres en
1965 con un gobierno de minoría blanca, y su recuerdo, más de medio siglo después, sigue encendiendo una discusión que trasciende la Historia: por qué unas antiguas colonias prosperan al independizarse y otras se hunden sin remedio. La respuesta no es única. Las cifras tampoco ayudan a zanjarla.
Qué fue Rhodesia y qué queda hoy de su economía
Rhodesia se declaró independiente del Reino Unido en 1965, gobernada por una minoría blanca de unos
400.000 habitantes sobre una mayoría africana mucho mayor. En 1979, un acuerdo renombró el país como
Rhodesia-Zimbabwe y repartió el poder entre el sacerdote Muzorewa en la presidencia y Smith en la vicepresidencia. El apaño no cuajó y, poco después, Robert Mugabe llegó al poder. A partir de ahí, Zimbabue entró en una decadencia que desembocó en la
hiperinflación y en los billetes de cincuenta y cien billones de dólares, convertidos en el chiste recurrente de cualquier conversación sobre el país. Tras su muerte en 2019, los medios hablaban de «altibajos», un eufemismo que a muchos se les atragantó.
El argumento del colonialismo británico y sus contraejemplos
La primera línea de respuesta culpa al colonialismo: saqueo de recursos, instituciones diseñadas para exprimir el territorio y una clase dirigente formada para obedecer, no para gobernar. Bajo esa tesis, el hundimiento posterior venía de serie. La refutación aparece rápido. Se apunta a Liberia y Etiopía, donde no hubo administración colonial blanca, y a la comparación con Corea del Sur, Singapur o Taiwán, economías que salieron del subdesarrollo en el mismo periodo.
El desmentido más incómodo, sin embargo, es Botswana.
Ahí arranca la brecha: hay quien sostiene que era un desastre y que sus gobernantes encontraron una fórmula que funcionó —dejar hacer a las mineras y no estorbar—, con papeletas para salir del tercer mundo si el invento se mantiene. Quienes defienden esta comparación sostienen que la distancia entre un caso y otro no se explica con la bandera de un imperio que hace décadas que no gobierna nada.
Zimbabue: de la tierra fértil a la deforestación
Un participante apunta a un detalle que no aparece en los titulares: Zimbabue habría perdido cerca de un
30% de su masa forestal desde 1990 sin haber ganado un centímetro de tierra cultivable. Las minas de oro y platino siguen ahí, igual que las de diamantes descubiertas en
2006. La tierra sigue siendo fértil. Entonces, ¿de dónde sale el hambre?
La respuesta que se repite es la corrupción institucional y la ideología con la que Mugabe gobernó el país durante décadas. El argumento colonial se queda corto cuando han pasado más de cinco décadas desde la independencia y el responsable de la gestión no lleva ninguna bandera extranjera en la solapa.
La guerra que ganó todas las batallas y perdió la contienda
El relato militar tiene su propio hueco. La guerrilla que combatió a Rhodesia sobrevivió más de una década de derrotas sobre el terreno, pero la presión exterior fue creciendo: la falta de apoyo sudafricano y el respaldo soviético a unas fuerzas acantonadas en Mozambique, cada vez más parecidas a un ejército convencional que a un grupo insurgente. El resumen que se repite es que
Rhodesia ganó todas las batallas y perdió la guerra. Después llegó Mugabe, y con él el desmantelamiento de la economía y una minoría blanca convertida en chivo expiatorio.
El ajedrez, campo de batalla inesperado
La discusión también bajó al detalle. Para rebatir que el talento no entiende de fronteras, se sacó a colación a Phiona Mutesi, la ajedrecista ugandesa descubierta en un suburbio y llevada al cine por Disney. La respuesta fue un dato: su puesto en el ranking de la FIDE, el
199.280 del mundo y el 6.096 de África. La historia, que empezó como un ejemplo de superación, acabó convertida en un pulso estadístico. Poco edificante, pero revelador de cómo se discute el asunto: la anécdota a un lado y el ránking al otro.
La pregunta que nadie cierra
Al final, la conversación vuelve siempre al mismo sitio. Botswana y Zimbabue comparten vecindario, recursos y punto de partida, y acabaron en extremos opuestos. Nadie discute el punto de llegada. Lo que sigue abierto es por qué. Y ahí, de momento, cada cual se queda con su hipótesis y con su billete de cien billones.