Listas de sospechosos de propaganda prorrusa en los foros
Una lista con más de cien nombres. Un forero la publica, otro pide entrar, un tercero presume de haber sido incluido en una lista opuesta de «otanistas». La guerra de Ucrania ha dejado de librarse solo en el frente: en los foros de debate económico y geopolítico se libra otra, más sucia, a base de etiquetas, listas negras y acusaciones cruzadas de ser un troll a sueldo del Kremlin o un siervo de la OTAN. La discusión, que se prolonga durante meses, no produce ni un solo dato verificable sobre pagos, contratos o redes organizadas. Produce, en cambio, un retrato involuntario de cómo se discute hoy de geopolítica en internet.
Qué es la lista de presuntos propagandistas prorrusos
El mensaje que abre la discusión es una lista de nombres precedida de una acusación gruesa: formar parte de una supuesta granja de propagandistas al servicio de Moscú. No hay pruebas, ni capturas, ni documentos, ni un solo indicio de coordinación. Solo nombres. La lista se amplía, se corrige y se vuelve a publicar con la misma ligereza con la que se elabora cualquier ranking de foro. El mecanismo es viejo: señalar al discrepante y convertirlo en sospechoso.
Lo llamativo no es la lista. Es que funciona. Varios participantes piden expresamente ser incluidos. Uno responde que si cagarse en el presidente estadounidense y en la presidenta de la Comisión Europea le convierte en «putincel», que le apunten. Otro exige entrar «ya». La inclusión en la lista deja de ser un estigma y se convierte en una medalla. La dinámica recuerda a esas listas de enemigos que se publicaban en los foros de fútbol y que acababan con más voluntarios que víctimas.
El cruce de acusaciones: de prorruso a otanista
La acusación rebota. Un participante aclara que no es de izquierdas, que es de derechas, liberal en lo económico, conservador y cristiano, y que ya le habían metido en otra lista, esta vez de «cerdos otanistas». El episodio resume el problema: las etiquetas se reparten sin criterio y acaban describiendo a cualquiera. Prorruso y otanista dejan de ser posiciones y se convierten en insultos intercambiables.
Hay quien intenta elevar el tono y sostiene que la guerra, a diferencia de las de Yugoslavia o Siria, está siendo «limpia» por ambas partes, y que los medios occidentales exageran. La respuesta es inmediata: un país ha invadido a otro y mata civiles. La discusión se cierra sin acuerdo, como todas.
Quién domina el relato en los foros de geopolítica
El análisis más repetido es que cuatro cuentas muy activas monopolizan el subforo con propaganda constante, sin apenas participar en debates reales. Se describe a una de ellas como el principal activo del Kremlin en el foro: publica enlaces a medios rusos, abre hilos sobre conflictos y recibe una puntuación de reacción altísima. No comenta, solo difunde.
Frente a esa tesis, otra corriente sostiene que el problema no son los propagandistas, sino quienes convierten cualquier discrepancia en una caza de brujas. La recomendación más repetida, paradójicamente, es la misma en ambos bandos: ignorar. «No les deis más juego que les animáis a seguir», resume un mensaje. La herramienta del ignore se convierte en el único consenso real de toda la discusión.
De la lista al Código Penal: el salto argumental
En la parte final, la discusión da un giro. Se recuerda que la apología del terrorismo es delito y se citan casos de condenas por injurias a víctimas. Se menciona una resolución del Parlamento Europeo de condena del comunismo y se insinúa que defender la invasión podría tener consecuencias penales. Es el momento más delicado del intercambio: se pasa de la etiqueta al aviso legal sin aportar ninguna base jurídica sólida. La amenaza queda flotando, sin concreción.
El contexto: una guerra que se libra también en los foros
Mientras esto ocurre, el subforo hierve con decenas de discusiones sobre el terreno, el gas, las armas nucleares y los planes de paz. La lista de presuntos propagandistas es solo la capa visible de un fenómeno más profundo: la dificultad de distinguir entre opinión legítima, propaganda organizada y simple ganas de provocar. Nadie aporta pruebas de pagos. Nadie las pide. La discusión se sostiene sobre la sospecha.
¿Cuántas de esas cuentas señaladas son realmente lo que se dice que son? La pregunta queda sin respuesta. Y sin respuesta se queda también la otra: si la propaganda funciona tan bien, ¿por qué nadie ha mostrado todavía una sola prueba?