El chat de Magisterio de La Rioja que la SER puso en portada
Un grupo de WhatsApp bautizado «Novatadas magis primaria». Dentro,
199 alumnos de primero y segundo del grado de
Educación Primaria de la Universidad de La Rioja. En ese espacio se comparten imágenes de compañeras obtenidas de sus redes sociales, se valora su físico y se cruzan comentarios denigrantes sobre las recién llegadas. Una alumna escribe que dan asco. La respuesta de uno de los autores no tarda: «ya estamos». Con ese material, la Cadena SER abrió su web como primera noticia del día.
Sobre esa conversación habló la vicerrectora de Estudiantes,
Mariam Martínez Calvo, en
Hoy por hoy, con Àngels Barceló al micrófono. Su preocupación: que se normalice un lenguaje denigrante entre quienes van a ejercer de maestros. La universidad, por su parte, recordó que no permite las novatadas. Los hechos caben en cuatro líneas. Todo lo demás es interpretación.
¿Es noticia lo que se escribe en un chat privado?
Ahí empieza el forcejeo. Hay quien no discute los mensajes, discute su publicación: un grupo cerrado es un ámbito privado, y elevar lo que allí se escribe a portada convierte una conversación entre jóvenes en un juicio público sin juez ni defensa. Se recuerda que la revelación de secretos está tipificada como delito. Y se añade un argumento incómodo: pocos historiales de móvil, leídos en frío y sin contexto, resistirían un escrutinio literal.
La conclusión de esa corriente es simple. El reproche moral puede ser legítimo; la sanción penal, no. Una conversación privada no equivale a una declaración pública, y lo que en un chat es una broma zafia, trasladado a un titular, se convierte en acusación.
Frente a eso, otra lectura sostiene justo lo contrario: si el contenido es discriminatorio, su carácter privado no lo blanquea. La intimidad protege, no ampara. Bajo ese prisma, la filtración es un atajo incómodo hacia un problema que existía igual.
La filtración: el delito del que nadie se acuerda
Las capturas no aparecen solas. Alguien las hizo, alguien las sacó del grupo y alguien las hizo llegar a un medio. Ese recorrido, que es el que convirtió una conversación en
noticia nacional, apenas recibe atención en el intercambio de reproches. Sin firma, sin expediente conocido, el foco señala a los integrantes y no a quien rompió el cerco.
Hay incluso quien da la vuelta al relato y coloca el delito en esa cadena de reenvíos. Si revelar conversaciones ajenas constituye una infracción, el asunto tendría dos caras: la de los mensajes y la de su difusión. Hasta la fecha, la única que ha llegado al público es la primera.
El doble rasero y la cortina de humo
Otra línea de respuesta compite en el terreno de la comparación. Se sostiene que comentarios del mismo tono se hacen a diario en bares, talleres, oficinas y almacenes, y que lo que ha cambiado no es el lenguaje, sino la existencia de un pantallazo. Desde ahí se reclama aplicar la misma vara a cualquier grupo cerrado ajeno, incluidos los de despedidas de soltera. La petición es un ejercicio retórico, no una denuncia concreta.
A eso se suma el argumento de la distracción. Para una parte del público, el revuelo por un chat de universitarios desplaza asuntos que sí tocan el bolsillo. El tema deja de ser de género y pasa a ser de agenda: qué ocupa la portada y qué no. Que un medio decida abrir con esto y no con otra cosa es, en sí mismo, una decisión editorial discutible.
La carrera que forma a los próximos maestros
El punto que la propia universidad pone encima de la mesa no es el contenido de los mensajes. Es quién los escribe. Son estudiantes de Magisterio: en unos años estarán al frente de un aula de Primaria, con niños de seis a doce años delante. La vicerrectora lo dijo sin rodeos: preocupa que estas expresiones se hayan normalizado en un entorno que se supone formativo.
Las novatadas, mientras tanto, siguen prohibidas sobre el papel. El grupo existía precisamente para organizarlas. Esa es, quizá, la única certeza institucional de todo el asunto: la norma escrita y la práctica real llevan tiempo separadas.
Dónde acaba la broma y empieza el problema
Casi nadie discute que eran comentarios soeces. El desacuerdo está en las consecuencias. Una parte pide reprobación y debate educativo; otra teme que el castigo llegue por vía mediática antes que por vía académica. Y una tercera, la más ruidosa, simplemente cambia de tema.
Lo llamativo es que todas las posturas parten del mismo sitio: lo escrito está mal. A partir de ahí, los caminos se bifurcan hasta la incompatibilidad más absoluta.
De los
199 integrantes del grupo, uno solo manifestó rechazo. Una alumna. Su mensaje recibió contestación en cuestión de segundos. Cuando hasta la única voz discordante tiene quien la corrija, la pregunta deja de ser qué se dijo y pasa a ser qué se toleró en silencio.