Alonso y Pedrerol en el Jarama: 280 km/h en una recta de 879 metros
La recta del Jarama mide, según los mensajes que circulan en el hilo,
879 metros, y varios de ellos sitúan a Fernando Alonso a
280 km/h con Josep Pedrerol sentado en el asiento del copiloto. El vídeo difundido por Fórmula Directa muestra al copiloto subiendo el tono hasta el grito mientras el piloto, imperturbable, encadena dos contravolantazos justo después de anunciarle que «ahora tranquilitos». La escena ha dividido a quien la ha visto: para unos es la constatación de que la distancia entre un aficionado normal y alguien de esa élite es sideral; para otros, el retrato de un
papelón innecesario delante de las cámaras. Como recuerda un participante, años atrás se viralizó un vídeo parecido en el mismo circuito, y eso forma parte del asunto.
Lo llamativo es que la velocidad punta, por sí sola, no explica nada. Muchos de los que participan en el hilo admiten haber circulado a
220 km/h en autovía y saben que en línea recta, con buen firme y sin tráfico, la sensación de peligro tiende a cero. Lo que descompone a un copiloto no es la recta: son los metros finales de la recta y el paso por curva.
¿Qué se ve en la vuelta de Alonso con Pedrerol por el Jarama?
Se ve a un profesional conduciendo un vehículo de competición en un circuito corto y comprometido, y a un copiloto que pasa por todas las fases del susto en pocos segundos. Según varios foreros, aprovecha el tramo recto para sacarle el nervio al coche. Pedrerol grita, señala con la mano y repite la orden de frenar.
La escena tiene tres capas. La primera es deportiva: un coche muy preparado, una recta que parece larga y no lo es tanto, una frenada que hay que empezar mucho antes de lo que el ojo del profano calcula. La segunda es televisiva: un rostro conocido perdiendo la compostura en primer plano. Y la tercera, la más discutida, es qué dice ese grito sobre quien lo suelta.
¿Por qué no impresiona ir a 280 km/h en línea recta?
Porque la recta es el sitio donde menos pasa nada. En autovía, con rectas de varios kilómetros y sin tráfico, circular por encima de 200 km/h se convierte, según relata un participante, en un acto casi administrativo: el coche va recto, el paisaje pasa rápido y el cuerpo se acostumbra. En un circuito es distinto por dos razones que no se ven en el vídeo: la longitud real del tramo y la frenada posterior.
Ahí está el matiz que más se repite: con un deportivo de calle —un 911, un M2— en esa misma recta se alcanzan del orden de
230 km/h, como señala un forero que dice haber rodado allí, y hay que clavar los frenos muchísimo antes de la curva, a la altura de una referencia visual concreta, porque un coche de serie no frena como una máquina de competición. El pasmo del copiloto no viene del acelerador, viene de lo que se avecina al final de la recta.
El indio pesa más que el arco: qué cambia dentro de un circuito
Un superdeportivo es más fácil de llevar de lo que aparenta, y por eso el debate se desplaza al factor humano. Hay quien recuerda una tanda con un piloto profesional en una exhibición: donde un conductor corriente pasaba a 70 km/h con el estómago encogido, el profesional pasaba a
180 km/h por el mismo sitio. La diferencia no era el coche, era quién iba al volante.
En el lado opuesto, el testimonio de quien participó en una tanda de conducción en ese circuito con coches muy potentes, curso previo incluido: de seis participantes, solo uno se atrevió a dar vueltas de verdad. La conclusión que se repite es incómoda: la potencia impone, pero la frenada y la trazada deciden. Y eso no se improvisa en dos vueltas.
Lo que separa a un campeón no es una vuelta rápida
El consenso más sólido de todo el asunto es que la velocidad a una sola vuelta no es la frontera. Los cálculos que circulan hablan de diferencias de
10 a 12 segundos por vuelta frente a un buen piloto de turismos, y de
8 segundos en un trazado tipo Jerez o
7 en otro tipo Monza. Cifras grandes, sí, pero no infinitas para alguien con entrenamiento.
La frontera real está en repetir. Encadenar vueltas idénticas sin un solo error, con tráfico, con rivales pegados y con la carrera en juego, es lo que separa a un profesional competente de una élite muy reducida. La comparación que se usa es la del cocinero que corta a toda velocidad en televisión: el mérito no está en la habilidad, está en mantenerla cuando el entorno deja de ser controlado.
¿Es ridículo entrar en pánico de copiloto?
Aquí no hay unanimidad y el desacuerdo es razonable. Una corriente sostiene que el susto es la reacción humana esperable, que casi cualquiera gritaría en esa situación y que juzgar a alguien por tener miedo es injusto. Otra sostiene justo lo contrario: que asustarse es legítimo, pero que el aspaviento continuado y la pérdida total de compostura no son la única forma de gestionarlo.
El matiz que separa ambas posturas no es la sensación, es la reacción. Y ese matiz, aplicado a una cara conocida con micrófonos delante, es lo que ha convertido una vuelta de exhibición en una discusión sobre dignidad, nervios y papelón televisado.
Al final queda la duda de siempre: ¿cuánto hay de mérito del coche, cuánto de manos del piloto y cuánto de circo?