Groenlandia se abre a hablar con Trump: independencia y dinero
Según el New York Post, el primer ministro de Groenlandia ha declarado estar dispuesto a hablar con Donald Trump después de que el presidente electo estadounidense expresara su interés en que la isla forme parte de Estados Unidos. La noticia ha desatado un torrente de reacciones que mezclan el cinismo, el cálculo económico y la geopolítica. Groenlandia, con apenas 60.000 habitantes, es un territorio estratégico por sus recursos naturales y su posición en el Ártico, pero su economía depende de las subvenciones danesas. La posibilidad de un cambio de soberanía pone sobre la mesa el precio de la independencia y el papel de la Unión Europea.
El precio de la independencia: subvenciones danesas frente a dólares americanos
Groenlandia no es un territorio cualquiera. Con 60.000 habitantes, en su mayoría inuit, la isla vive de las transferencias que Dinamarca envía cada año. Esa dependencia económica explica por qué, aunque su constitución reconoce el derecho a independizarse, nunca lo han ejercido. La razón es simple: sin las subvenciones danesas, el nivel de vida se desplomaría. La oferta americana, en cambio, promete convertir la isla en un paraíso fiscal y de recursos. «Viene el Tío Sam y les dice: declaraos independientes y nosotros os compramos, haciendo que nadéis en dinero a cambio de todos vuestros recursos naturales y la ventaja geoestratégica», resume un análisis que circula en el debate.
El cálculo no es trivial. Groenlandia posee reservas de minerales, petróleo y gas, pero su explotación está limitada por restricciones ambientales y por la falta de infraestructura. Estados Unidos, en cambio, tiene los medios para desarrollar esa industria. La pregunta es si los groenlandeses están dispuestos a cambiar la soberanía danesa por la americana. Algunos sostienen que la independencia formal sería el paso previo a una anexión de facto. Otros creen que es una jugada para obtener más dinero de Dinamarca. En cualquier caso, el primer ministro ha abierto la puerta a negociar, y eso ya es un cambio de guion.
El interés de Trump: la ruta del Ártico y la guerra comercial con China
El interés de Trump por Groenlandia no es nuevo. Ya en su primer mandato intentó comprarla, y Dinamarca se negó en redondo. Ahora, el contexto es diferente. El deshielo del Ártico está abriendo nuevas rutas marítimas que reducirían drásticamente los costes de transporte entre Asia y Europa. Quien controle Groenlandia controla el acceso a esas rutas. «No es tanto que Groenlandia esté lleno de recursos naturales, sino que se abrirá la ruta del ártico con su correspondiente abaratamiento de los costes del transporte marítimo y USA no quiere dejar esa ruta en manos de China», señala un análisis. A eso se suma el control del canal de Panamá, también en el punto de mira de Trump.
La jugada encaja en la estrategia de guerra comercial total con China. Estados Unidos quiere asegurarse el dominio de las rutas comerciales y de los recursos energéticos. Groenlandia es una pieza clave en ese tablero. Y Trump, fiel a su estilo, no ha dudado en plantearlo como una oportunidad de negocio. La reacción en Europa ha sido tibia. La Unión Europea no ha salido a defender la integridad territorial de Dinamarca con la misma vehemencia con la que exige a otros. «La UE ni está, ni se le espera, para defender un territorio tan importante como ése», critica una opinión recurrente.
El precedente de Puerto Rico y el espejismo de la integración
Hay un precedente que muchos citan: Puerto Rico. Estados Unidos menosprecia a Puerto Rico con argumentos como que les sale muy caro, es una carga o un saco de mierda flotante. Si Groenlandia se convirtiera en territorio americano, ¿no acabaría siendo tratada igual? «Pues mira, que devuelvan Puerto Rico... pero va a ser que no», ironiza un comentario. La integración en Estados Unidos no garantiza prosperidad automática. Puerto Rico lleva más de un siglo como territorio no incorporado y su economía es un desastre. Groenlandia, con una población aún menor y una cultura propia, podría correr la misma suerte.
Además, está el factor demográfico. Groenlandia tiene 60.000 habitantes, de los cuales solo unos pocos miles tienen poder de decisión. Cualquier potencia puede comprar a la élite local con relativa facilidad. «Es un caramelo para cualquier potencia», advierte un análisis. China, por ejemplo, podría enviar 30.000 funcionarios en misión comercial a cambio de acceso a recursos. Estados Unidos no quiere quedarse atrás. La pregunta es si los groenlandeses quieren ser un peón en ese juego o si prefieren seguir siendo un territorio autónomo con subvenciones danesas.
El papel de la Unión Europea y el nacionalismo de la rendición
La Unión Europea ha brillado por su ausencia en este asunto. Groenlandia no es oficialmente parte integrante de la UE, aunque tiene un estatus especial. Eso limita la capacidad de Bruselas para intervenir. Pero algunos ven en esta crisis una muestra de la debilidad europea. «La UE es una basura tal que Groenlandia ni siquiera es oficialmente parte integrante. Sería un crimen no robar todo lo posible a locazas tan atolondradas como las europeas», se lee en el debate. La crítica no es solo a la UE, sino a la clase política europea que ha permitido que territorios estratégicos queden a merced de potencias extranjeras.
El nacionalismo de la rendición es otro tema recurrente. Se acusa a los gobiernos europeos de ceder soberanía sin resistencia. «La doctrina nacionalista de la rendición es lamentable. Y sí, digo nacionalista porque el nacionalismo, menos en las dos reunificaciones archiconocidas, lo único que ha hecho es fragmentar estados, descomponer imperios y blanquear la cesión de territorios», argumenta una voz. Groenlandia sería un ejemplo más de esa tendencia. La independencia de facto bajo tutela americana sería una forma de cesión encubierta.
El futuro: ¿Canadá como Estado 51?
La ambición de Trump no se detiene en Groenlandia. Algunos ya especulan con que Canadá podría ser el siguiente. «Después Canadá. Antes de que acabe este siglo, Canadá formará parte de USA, por las buenas o por las malas», predice un comentario. Canadá es el segundo país más grande del mundo, lleno de recursos naturales y con solo 40 millones de habitantes. Es un objetivo tentador para una potencia en busca de recursos y rutas comerciales. La diferencia es que Canadá es un país soberano y desarrollado, no un territorio autónomo con dependencia económica.
La integración de Canadá en Estados Unidos es una hipótesis remota, pero no imposible. La proximidad cultural y económica es alta. Excepto Quebec, que por idioma no encaja, el resto de Canadá es prácticamente Estados Unidos en todo. Si Trump lograra anexionarse Groenlandia, sentaría un precedente para otras ambiciones. El siglo XXI podría ser testigo de una reconfiguración del mapa político de América del Norte. Por ahora, todo son especulaciones. Pero la sola idea de que Groenlandia negocie con Trump ya es un síntoma de que algo está cambiando en el orden internacional.
La negociación entre Groenlandia y Estados Unidos está en una fase incipiente. El primer ministro ha dicho que está dispuesto a hablar, pero no ha comprometido nada. Dinamarca, por su parte, no ha reaccionado con firmeza. La UE, tampoco. Si la operación sale adelante, sería un golpe al equilibrio de poder en el Ártico y un precedente para otros territorios. Si no, habrá servido para que Groenlandia obtenga más dinero de Dinamarca. En cualquier caso, el precio de la soberanía está sobre la mesa. Y no es barato.