Guardia real noruega: un detenido y dos guardias que no supieron qué hacer
Un vídeo grabado frente a un palacio real noruego muestra a un hombre enfrentándose a la guardia y acabando reducido en el suelo por un tercero. La escena, difundida y comentada con profusión, tiene tres protagonistas incómodos: el detenido, que primero chulea y luego se hace la víctima; los dos guardias uniformados, que no aciertan a intervenir; y una tercera guardia, mujer, que se aparta de la escena y desaparece. El resultado es un esperpento que ha servido para discutir, otra vez, para qué sirve un fusil que no se usa.
Qué se ve exactamente en el vídeo
El material arranca con un hombre encarándose con la guardia real noruega. Según los testimonios que acompañan a las imágenes, el individuo se chulea, después sale corriendo hacia la gente y, justo antes de ser detenido, adopta el papel de víctima.
Se oye a alguien reírse cuando lo detienen. El que finalmente lo reduce no viste el uniforme completo: lleva pantalón reglamentario, camiseta y pistola al cinto, lo que ha llevado a especular con que sea un guardia fuera de servicio o un civil con equipo militar.
La escena tiene un detalle que ha centrado buena parte de las burlas:
la tercera guardia, una mujer, se aparta sigilosamente al primer momento y desaparece del plano. No interviene, no cubre, no avisa. Simplemente se va. Hay quien lo lee como sentido común —medio metro y cincuenta kilos no dan para recibir hostias si hay compañeros delante— y hay quien lo lee como una muestra más de que la igualdad en los cuerpos armados se queda en la nómina.
El fusil que solo sirve para apuntar
El segundo frente de crítica apunta a los dos guardias uniformados. Tienen armas largas, automáticas, y no las usan. Uno de ellos acaba apuntando al detenido con un arma que, en la práctica, ha resultado ser un objeto inservible durante toda la refriega. La frase que resume el cabreo:
tener un arma de fuego y solo enseñarla para no usarla es de parguelas.
El contraste que se establece es generacional. Frente a la inoperancia del vídeo se evoca la foto clásica de la España retrógrada, la de los guardias de la guerra civil, gente que a esas alturas había perdido la cuenta de cuántos habrían matado. Los del vídeo, en cambio, serían incapaces de usar el fusil por miedo a ver sangre. La conclusión que se extrae no es amable con nadie:
la Guardia Real noruega no está preparada para un altercado callejero, y su función es más decorativa que disuasoria.
¿Por qué se apartó la guardia y no intervinieron sus compañeros?
Aquí el análisis se parte en dos. Una corriente sostiene que los dos guardias abandonaron su puesto, que su obligación era custodiar la entrada y que para eso existen protocolos: se da aviso, se mantiene la posición y se espera a quien corresponda. Si se alejaron para enzarzarse en una pelea portando armas largas, se les puede haber caído un buen paquete encima. Bajo esa lectura, la mujer que se aparta no deserta:
se queda custodiando la puerta, que era exactamente lo que debían haber hecho los otros dos.
La otra corriente lo ve al revés. Si el procedimiento manda no intervenir, entonces el problema no son los guardias, sino la propia naturaleza del cuerpo: una guardia ceremonial a la que se le exige presencia y se le prohíbe el uso de la fuerza. El detenido, mientras tanto, se ríe. Y esa risa, más que ninguna otra cosa, es lo que ha encendido el debate.
El trasfondo: turismo, impunidad y el cuento del racismo
Buena parte de los mensajes derivan hacia un asunto más amplio. Se argumenta que existe una sensación extendida de que ciertos visitantes se creen intocables y que, cuando se les detiene, invocan el racismo como escudo.
La gente, se dice, está cansada de la prepotencia de quienes hacen lo que les da la gana. Es una percepción, no un dato: el vídeo no acredita la nacionalidad del detenido ni sus motivos, y las hipótesis que circulan sobre su origen son especulación de quien comenta.
Lo que sí es un hecho es el efecto que la escena tiene sobre la percepción de la autoridad. Un guardia real reduciendo a un hombre en el suelo mientras otro apunta con un fusil que no dispara y una tercera se ha esfumado es una imagen que no proyecta firmeza. Proyecta improvisación.
La pregunta que queda flotando no es quién tenía razón en la pelea, sino para qué se paga una guardia real que no puede ni con un turista. ¿Es un problema de instrucción, de protocolo o de que hemos decidido que la fuerza sea solo un decorado?