Empleados sin tareas: el 20% sostiene al 80%
Hay un patrón que se repite en oficinas grandes, tanto privadas como públicas: una minoría carga con el trabajo real mientras una mayoría asiste a reuniones, reenvía correos y lame botas. La discusión arranca de un reportaje sobre los «asalariados sin trabajo», perfiles que acuden a su puesto durante años sin ejecutar ninguna tarea concreta, y de un caso extremo: un informático que lleva más de cuatro años sin nada que hacer, cobrando, en un despacho subterráneo al que llama «Villa Soledad».
La conversación no tarda en derivar hacia una pregunta incómoda: ¿es esto un problema de vagos o de empresas que no saben organizarse?
El caso del informático que cobra por no hacer nada
Un informático barcelonés de 43 años, que pide anonimato, admite que lleva más de cuatro años sin contribuir a su empresa. Completó el rediseño de unos servidores antes de la pandemia y, desde entonces, su compañía fue absorbida y externalizó la asistencia técnica. A él lo retuvieron para «coordinar» ese servicio externo, pero no hay nada que coordinar: sus interlocutores no le escriben y sus jefes parecen no saber que existe.
Cuando le ordenaron volver a la oficina, pensó que lo despedirían. No ocurrió. Le dieron un despacho en una planta subterránea, rodeado de despachos vacíos, con el compañero más cercano a unos 20 metros. Allí pasa las horas fumando, paseando, viendo series y durmiendo en el cuarto de baño. No se hace ilusiones: cree que lo encontrarán tarde o temprano y solo espera un despido «digno».
La regla del 20% que sostiene al 80%
El patrón que más se repite en los testimonios es una proporción brutal: un 20% de la plantilla saca el trabajo adelante y un 80% vive de ese esfuerzo. El trabajo de ese 80% consiste en «coordinar», «liderar», reenviar correos ajenos, apropiarse de ideas en reuniones y hacer ruido. Cuando uno de ellos se va o coge la baja, no se nota; cuando falta alguien del 20%, a los tres días ya lo están llamando.
La carga se reparte de forma poco eficiente y menos equitativa: los más comprometidos asumen el grueso de las tareas importantes, una mayoría silenciosa capea el temporal haciendo lo mínimo y un último grupo se las arregla para no hacer absolutamente nada. Y el premio a cavar más es, como resume un participante, «una pala más grande».
Parientes del dueño, enchufados y vacas sagradas
No todos los que no trabajan son vagos por vocación. Varios relatos apuntan a un origen distinto: el parentesco. Un caso citado es el de un empleado mantenido de por vida con buen sueldo porque su padre era accionista y vendió la empresa con esa condición en el contrato. Otros hablan de compromisos ineludibles adquiridos por la propiedad. En empresas grandes, dicen, el panorama se parece cada vez más al de un ministerio: gente que no hace nada porque no quiere, gente que quiere hacer y no le dan tareas, gente de la que nadie sabe qué hace y gente que lleva años haciéndolo mal sin consecuencias.
La pública no cierra, la privada sí
El eje del choque es el clásico: si en la empresa privada no se trabaja, se cierra; en la pública, el déficit se cubre con impuestos y no cierra. La respuesta desde el otro lado es que las privadas muy grandes acaban copiando los vicios de los ministerios en sus oficinas, y que el problema real lo sufre el autónomo y la pequeña empresa, donde no hay colchón para mantener a nadie mirando el techo. En la privada pequeña, el que no trabaja se va rápido porque la indemnización por poco tiempo es ridícula.
El jefe que protege al que no hace nada
Aparece un factor que descoloca más que la vagancia ajena: la complicidad de arriba. Hay quien cuenta que informó al encargado de que varios compañeros no hacían nada y el encargado los protegía porque salían de fiesta juntos. Y hay un caso aún más descarnado: el dueño de la empresa al que le daba igual, porque cobraba del cliente una cantidad fija mensual por cada trabajador asignado al proyecto. Si el cliente paga por cabeza, al jefe le interesa tener cabezas, trabajen o no.
Reuniones para parecer ocupado y el miedo a que te pillen
Una táctica recurrente es llenar la agenda de reuniones para simular actividad. Hay quien programa videollamadas todos los días y a todas horas y admite después que no existían, que era puro teatro. Otra corriente advierte de que no hacer nada también enferma: genera sensación de inutilidad y miedo constante a ser descubierto. Lo saludable, sostienen, es una carga asumible que permita sentirse realizado sin quemarse.
¿Cuántos de los que leen esto están ahora mismo en un despacho vacío, con la mochila preparada por si suena el teléfono?