El guardián entre el centeno: ¿clásico incuestionable o truño sobrevalorado?
Decir que El guardián entre el centeno es el libro más sobrevalorado del siglo XX ya no es provocación, es casi un lugar común. Pero esa afirmación esconde una historia más interesante: la de una novela que, sin argumento, sin acción y con un protagonista que no hace nada, se convirtió en mito por razones ajenas a la literatura.
Los lectores que se acercan hoy al libro, especialmente adultos, coinciden en un diagnóstico: aburre. El capítulo 4 es la tumba de la paciencia. ¿Dónde está la chispa? No hay ninguna. Como obra literaria, un soberano truño sin matices, resume una de las voces más duras. Otros lo justifican: solo tiene sentido si lo lees en plena adolescencia, idealmente en los años 60 o 70, cuando decir malas palabras parecía transgresor. Para el adolescente de 2026, tampoco.
Pero el libro tiene una capa más turbia, una teoría conspirativa que lo convierte en un activador de MKUltra, el programa de control mental de la CIA. Esa lectura, descabellada o no, alimenta su leyenda. Y luego está la fama, que por desgracia se la dio el asesino de John Lennon. Ese vínculo oscuro, más que la calidad literaria, explica por qué sigue en los estantes.
A este ritmo, el libro se seguirá leyendo, pero cada vez más como obligación que como placer. Quizá sobreviva como artefacto cultural, no como novela. Aunque quién sabe, quizá todavía exista un adolescente que encuentre en sus divagaciones un espejo que no necesita explicaciones.