Dos encuentros por curiosidad y el miedo a ponerles nombre
¿Cuántas veces hay que repetir algo para que deje de llamarse curiosidad? La pregunta recorre un relato anónimo que ha levantado ampollas: un hombre cuenta que ha mantenido relaciones sexuales en dos ocasiones con mujeres transexuales, asegura que fue una
curiosidad sexual puntual, que el placer fue menor de lo esperado y que, pese a todo, no se considera gay. «Me gustan las chicas y las trans», resume.
La reacción mayoritaria no fue de extrañeza. Fue de burla. Buena parte de las respuestas se limitaron a descalificar al autor y a dudar de su versión, con un argumento que se repite: la curiosidad sirve para abrir una puerta, no para volver dos veces.
¿Qué diferencia hay entre curiosidad y orientación sexual?
Ahí está el eje del desacuerdo. Para unos, repetir una experiencia convierte la curiosidad en preferencia, porque nadie insiste en algo que no le gusta. El razonamiento se cae solo: mucha gente repite conductas por presión social, por costumbre o porque el deseo no funciona con etiquetas.
Para otros, la orientación describe un patrón de atracción —hacia hombres, hacia mujeres, hacia ambos o hacia personas fuera del binario— y no un recuento de episodios. Un encuentro no certifica nada; tampoco lo borra.
¿Por qué la bisexualidad masculina incomoda más que cualquier otra etiqueta?
Porque rompe la lógica del todo o nada. La identidad masculina tradicional admite dos casillas —heterosexual o gay— y cualquier punto intermedio se lee como confusión, como fase o como mentira piadosa. De ahí que el autor insista en su heterosexualidad con un «me gustan las mujeres» y añada a continuación el matiz de las mujeres trans sin que las dos frases le parezcan contradictorias.
Los comentarios más duros no atacaban la conducta. Atacaban la explicación. Se le exigía elegir casilla y él se negaba. El reproche, en el fondo, no era «lo hiciste», sino «lo cuentas».
Qué revela el tono de la conversación
Rigor aparte, el intercambio deja un retrato incómodo: el asunto se resuelve con mofa y con jerarquías inventadas sobre qué práctica resulta más o menos viril. Nadie aportó un dato, nadie habló de salud sexual, y la única pregunta útil —qué lleva a alguien a explorar y por qué le cuesta nombrarlo— se quedó sin respuesta.
La anécdota sirve, eso sí, para medir el termómetro social: contar dos experiencias sigue costando más que haberlas tenido. Y no, repetir no convierte a nadie en otra cosa. La curiosidad no pide permiso ni firma un contrato de identidad antes de aparecer.