Crónica del pánico en el Ibex 35: de 16.000 a 6.700
El Ibex 35 pasó de los
16.000 puntos a los 6.700, y hubo quien fue narrando cada punto de esa caída en directo, operación a operación, madrugada a madrugada. La frase suena tajante y el propio relato la matiza: hubo rebotes de mil puntos, días verdes que parecían el arranque de la recuperación y sesiones enteras esperando el dato de paro de Estados Unidos. Pero la dirección de fondo, durante los años que cubre esta crónica, fue una sola. Arrancó con una caída del
1,21% y un acumulado anual del
-6,09%, y acabó convertida en una montaña rusa de la que nadie salía ileso. «
La bolsa es complicada, tan complicada como los miles de seres humanos que a la vez deciden los designios de la misma», resumía un operador. El resto del material le da la razón.
El desplome que nadie quiso ver
A finales del año que entonces parecía bueno, el índice apuntaba a los 16.000. Poco después había perdido el soporte de los 14.500 y nadie sabía dónde estaba el suelo. En apenas tres meses, los valores no inmobiliarios del mercado continuo se hundieron. La lista que circulaba era demoledora:
Vueling -48%, Ercros y Avanzit -46%, Europac y Faes -43%, Adolfo Domínguez y Sol Meliá -38%, Unipapel y NH Hoteles -36%, Inditex -32%, Campofrío -31%, Abengoa -30%, Banco Guipuzcoano -28%, Vocento -28%. De todo el continuo, apenas diez empresas superaban el TAE de un depósito al 5%.
«
Se dice pronto, un 40%, casi la mitad de lo invertido», calculaba un inversor. La media rondaba el 20%. El póker de ases de la caída lo formaban las constructoras —
Ferrovial, ACS, FCC y Sacyr—, mientras los capitales extranjeros parecían irse del mercado español más rápido que del resto de Europa. La queja era general: el Ibex caía bastante más que sus vecinos europeos desde principios de año, y nadie sabía si era una huida del dinero foráneo o simple contagio.
El crack se midió por sectores. La crisis crediticia, el petróleo en máximos y los países empezando a nacionalizar reservas completaban un panorama que, sobre el papel, convertía cada rebote en una trampa. Hubo incluso quien pidió, con ironía, ver a Zapatero en televisión jurando que «España va bien».
Del rescate de Detroit al plan de 880.000 millones
Pronto el relato dejó de ser español. El 1 de diciembre de 2008, la jornada que muchos guardaron como certificado, dejó cifras para enmarcar:
Morgan Stanley -23,05%, Citi -22,2%, Bank of America -20,92%, JPMorgan -17,5%, Goldman Sachs -16,75%, American Express -15,74%, Alcoa -13,48%, General Motors -12,4%, General Electric -9,73%. El Dow se dejó un
7,7%, el S&P un 8,9%, el Nasdaq un 9% y el Nikkei un 6,35%.
Las comparecencias en el Capitolio para rescatar a la industria del automóvil se siguieron casi en directo. Los senadores preguntaron a los consejeros delegados cómo habían viajado a Washington —el asunto de los jets privados seguía escociendo— y cuánto dinero pedían. La respuesta de General Motors fue nítida:
4.000 millones de dólares ya y otros 4.000 en enero. El BCE rebajó los tipos 50 puntos básicos, hasta el
3,25%, y Alemania publicó una producción industrial del
-4,6%, muy por debajo del -2,5% que se esperaba.
Los datos del motor no ayudaban:
Ford cayó un 32% en diciembre y un 20,2% en el conjunto del año, Toyota un 37%, Honda un 34,7%, GM un 31,4% y Chrysler un 30%. Con ese cuadro, el plan de estímulo estadounidense de
880.000 millones de dólares se votaba con la sensación de que llegaba tarde. El BCE, mientras tanto, inyectaba hasta 40.000 millones de dólares con vencimiento a un día en el interbancario, sumados a los mismos 40.000 del día anterior.
Gacelas, leoncios y guano: el idioma de una comunidad que operaba en vivo
Entre tanta cifra, aquel grupo fue construyendo un idioma propio que resultaba imposible seguir desde fuera. Las
gacelas eran los pequeños inversores, los que operaban sin la información de los grandes. Los
leoncios o
leones eran los grandes fondos, los dueños de la información, los que colocaban papel caro antes de hundir el precio. Y el
guano era el destino final de todo: el agujero, el suelo, el sitio al que indefectiblemente se dirigía el índice cuando menos lo esperabas. La bolsa pasó a llamarse
tortuguIbex o
chulibex, según el humor del día.
La explicación que dio uno de los veteranos sigue siendo la mejor clase de economía elemental: la bolsa es oferta y demanda, lo que se intercambia es dinero y papel, y el dinero empuja la gráfica hacia arriba mientras el papel la empuja hacia abajo. Cuando nadie quiere comprar, el precio se desploma sin que se cruce apenas una acción; cuando nadie quiere vender, sube sin intercambios. Con esa base, los bandazos dejaban de ser magia y se convertían en matemática humana.
Cuatro valores que movían medio índice
Había un detalle estructural que se repetía cada vez que el índice daba un vuelco:
el 43% del Ibex lo conformaban dos valores, Santander y Telefónica, cada uno con aproximadamente la mitad de ese porcentaje. Con BBVA, Iberdrola y Repsol, entre siete u ocho valores se alcanzaba el
75% del precio del índice. De ahí la sospecha permanente de un forero: «
La bolsa se mantendrá en tanto en cuanto la crisis no afecte a los grandes bancos, pero como les dé por constiparse, lo del Nikkei va a ser un juego de niños».
El análisis de flujos reforzaba esa idea. Cuando más del 80% de los valores del Ibex presentaban ventas dominantes de manos fuertes durante más de cinco días seguidos, los índices solían desplomarse a las pocas jornadas, aunque antes se vieran movimientos laterales o subidas engañosas. La conclusión que se repetía era incómoda: el precio de muchos valores se sostenía con entradas de dinero débil, poco volumen y ausencia de tiburones dentro. La trampa perfecta.
Fibos, ondas y líneas de no retorno
El análisis técnico campaba a sus anchas. Un retroceso de Fibonacci desde los máximos del 31 de diciembre hasta los mínimos del día dejaba ventas justo en el
38,2%. Ese mismo nivel, aplicado a la corrección, situaba referencias en
962 puntos del S&P, 2.554 del Stoxx y 10.420 del Ibex. Había quien hablaba de una temible Onda C que podría llevar al selectivo hasta los 3.000 pelados, y quien replicaba con un simple «
paciencia la que les va a faltar a algunos cuando se publiquen las peticiones de desempleo en Estados Unidos».
La discusión de fondo era casi filosófica. «
El mercado actual está totalmente manipulado. Ningún sistema es capaz de predecir nada con tamaña manipulación», sentenciaba un veterano. Otro lo llevaba al extremo: la única entrada fiable era la que llegaba cuando obtenías información privilegiada del mismísimo manipulador. Y en medio, un tercero defendía que el movimiento bursátil anticipa la economía real, porque quien mueve cantidades altas tiene influencia directa sobre ella: si los grandes empresarios empiezan a despedir y a frenar inversiones, la crisis se retroalimenta sola.
Dos años después, la herida seguía abierta
El material avanza hasta 2009 y 2010. Tras el desplome inicial, llegó el rebote que muchos juraron definitivo, con el Ibex recuperando desde mínimos de 6.700 y un recorrido que devolvió la esperanza a las carteras. Pero el retorno de los rescates —primero Grecia, luego el resto— volvió a poner el mercado patas arriba. El
4 de febrero de 2010 el Ibex se dejó un 5,94% en una sola sesión, y los rumores de un rescate griego de fin de semana se convirtieron en el nuevo fantasma.
En paralelo, el dinero empezó a moverse hacia el oro y los metales preciosos, y la idea de que el sistema financiero se había vuelto una gigantesca economía virtual se instaló con fuerza. Un operador resumía su asombro ante cómo un dato macro movía el tipo de cambio del dólar en segundos. Nadie sabía del todo a dónde iba la pasta, y esa incertidumbre se convirtió en el gran tema de fondo.
Si algo dejó claro aquel grupo, es que las predicciones se cumplen a veces, los sistemas aciertan a medias, y quien sostiene haber encontrado el método definitivo suele equivocarse al día siguiente. Con el Ibex mirando a la línea de no retorno, unos esperaban los 12.400 y otros los 9.500. Los datos siguen sin decidirse, y los que llevan dos años dentro tampoco.