¿Habríais sido más felices en el paleolítico?
La pregunta que abre este análisis no es retórica: en un contexto de creciente malestar social y económico, cada vez más personas se plantean si el progreso material ha traído consigo una pérdida de bienestar emocional y de sentido vital. El planteamiento inicial sostiene que en el paleolítico las relaciones eran «mucho más auténticas» y los problemas de salud mental «mínimos», aunque se admite que la mortalidad infantil era altísima y la esperanza de vida adulta rondaba los 50 largos. Frente a esta visión, otros argumentan que la vida moderna, con sus avances médicos y tecnológicos, ofrece un nivel de confort y seguridad que ninguna época anterior pudo igualar.
El mito de la vida corta y sana
Un argumento recurrente es que quienes llegaban a la edad adulta en el paleolítico debían tener una salud de hierro para sobrevivir a las enfermedades infecciosas. Se sostiene que, aunque la vida fuera más corta, era «más saludable y plena», con menos problemas de espalda o alergias que en la actualidad. Sin embargo, esta visión choca con la realidad de infecciones dentales, parásitos y dolencias sin tratamiento. Como señala un participante, «el día que tuvierais una infección en una muela picada ibais a suplicar por un Ibuprofeno». La esperanza de vida de 30 años no significa que la gente muriera a esa edad, sino que la media se desplomaba por la altísima mortalidad infantil.
La utilidad como moneda de cambio emocional
Uno de los argumentos más sólidos a favor del paleolítico es la sensación de ser útil e irremplazable. En una tribu, cada individuo tenía un rol esencial: el cazador, el médico, el recolector. «Si te especializabas en cazar, eras el cazador de la tribu. Si te pasaba algo, la tribu no sabía cazar y pasaba hambre», resume un mensaje. Esa sensación de ser querido y admirado por el grupo no la compensa ninguna tecnología moderna. Frente a esto, se argumenta que la envidia y el «quítate tú pa ponerme yo» siempre existieron, y que la vida en comunidad también generaba conflictos y tensiones.
El espejismo de las sociedades comunales
La discusión deriva hacia la organización social. Se critica la idealización de un pasado comunal: «me sorprende la facilidad con la que tu cabeza ya se ha recreado en un imaginario idílico con un almacén comunal». Se recuerda que la humanidad siempre se ha movido por almacenamiento doméstico, y que compartir recursos es un coñazo. La visión del paleolítico como paraíso comunista es una proyección ideológica moderna, no una realidad histórica. Las tribus actuales, como los yanomami o los bosquimanos, muestran una diversidad genética mayor que toda la población mundial junta, pero también conflictos y violencia.
Salud mental y violencia en las tribus
Se menciona el fenómeno del «amok», frecuente en tribus primitivas: cuando alguien no soporta más la existencia y se lanza a matar. «El ambiente en una tribu paleolítica probablemente era algo muy parecido al de una reunión de comunidad de vecinos pero con garrotes», ironiza un mensaje. La violencia interfamiliar y los conflictos por recursos eran constantes. La idea de que los problemas de salud mental eran mínimos no se sostiene: simplemente no había diagnóstico ni tratamiento.
La comida real y la ansiedad moderna
Otro punto de debate es la alimentación. Se defiende que la comida paleolítica era «comida de verdad», sin procesados que generan ansiedad y resfriados permanentes. Se argumenta que en una dieta casi carnívora no había caries, y que los primeros registros fósiles de harina tienen 30.000 años. La agricultura trajo cereales, pero también enfermedades dentales y metabólicas. La comparación con la comida ultraprocesada actual es inevitable, aunque el acceso a alimentos variados y seguros es hoy infinitamente mayor.
El progreso tecnológico y la felicidad
La irrupción de la tecnología en las últimas décadas es otro eje. Se afirma que el cambio entre 1995 y 2008 fue «inconcebiblemente bestial»: móviles, internet, aire acondicionado, vuelos baratos. En 30 años la sociedad ha avanzado más que en 5.000. Pero ese progreso no ha eliminado la sensación de esclavitud moderna: «el ser humano ya no tiene nada, es esclavo en una mente podrida y un cuerpo envenenado». La paradoja es que cuanto más tenemos, más añoramos una supuesta autenticidad perdida.
La pregunta sigue sin respuesta. Unos ven en el paleolítico una vida de sufrimiento y muerte temprana; otros, un paraíso de propósito y comunidad. Lo cierto es que nadie ha experimentado ambas realidades para comparar. Y mientras tanto, la esperanza de vida sigue subiendo, pero la sensación de utilidad y pertenencia, esa que se atribuye a las tribus, sigue siendo el bien más escaso.