El Reino Unido pierde años de vida y el diagnóstico no cuadra
La esperanza de vida en el Reino Unido ha dejado de crecer y en varios tramos retrocede, y lo hace con más fuerza que en otros países con coberturas de vacunación similares. Es el dato que ha roto una inercia de décadas: cada generación vivía más que la anterior y todo apuntaba a que seguiría siendo así. Ya no. El retroceso no admite un titular único, y precisamente por eso hay una pelea abierta de diagnósticos: el desguace de la sanidad pública, la comida ultraprocesada, el alcohol, la pobreza y el coste de vida compiten por el papel de causa principal. Ninguno cierra el expediente.
¿Está el NHS detrás de la caída de la esperanza de vida?
Es una de las hipótesis más repetidas. El sistema sanitario público británico lleva años adelgazando en favor del privado, y ese camino se recorrió en el Reino Unido bastante antes que en España. Se señala que la atención primaria es un desastre y que faltan profesionales, y que el envejecimiento sin red familiar multiplica la desatención de quien ya no puede valerse solo. Hay quien sostiene, mirando de reojo al caso español, que la conversión de fondos covid en gasto estructural y los despidos de personal sanitario están cerrando plantas enteras por falta de plantilla. Todo eso muerde. Pero no explica por qué el desplome se concentra en los últimos años y no en las dos décadas anteriores, cuando el deterioro ya estaba en marcha y la esperanza de vida seguía subiendo.
Comer mal y beber peor: el factor que nadie discute
Aquí la unanimidad es incómoda. Dieta de ultraprocesados, chocolate y tarta, fruta que no aparece ni cuando toca cumpleaños, y una relación con el alcohol que se describe como atracones: llegar el viernes por la noche, apretar el botón y apurar pintas en tres minutos. Hay quien lo compara con el tapeo y el carajillo de ritmo largo: misma cantidad repartida en más horas y con menos estridencia. Hay quien pone el alcoholismo como el gran matarife silencioso, incluso entre menores de edad, y quien describe ciudades del norte —todo lo que queda más allá de Oxford y Cambridge— con escenas de borrachera callejera al caer la tarde. El testimonio de alguien que pasó allí varios años lo resume con una frase: tres años de vida británica, diez años menos de vida propia. Y un enlace a prensa local británica se cuela en la conversación con una palabra de otra época: el escorbuto.
La cesta de la compra: 60 euros contra 200
El otro gran sospechoso es el bolsillo. El cálculo que circula es simple y brutal: una cesta de productos de baja calidad se queda en unos 60 euros; la misma compra con productos sanos se dispara a 200. Con ese diferencial, hay quien concluye que comer bien deja de ser una elección y pasa a ser un lujo de clase. Sobre esa base se difunde un aumento del 57% en tres meses del número de familias que reducen alimentos o se saltan comidas, se habla de
bancos de alimentos con colas y de un gobierno conservador que no dio respuesta suficiente a la crisis energética. El empobrecimiento, resumen algunos, se lleva por delante la salud antes que cualquier otra cosa.
¿Por qué no cuadra la tesis de las vacunas?
La hipótesis que más ruido hace en internet es la de las vacunas. El argumento señala el experimento de las terapias de ARNm, la administración de la vacuna de AstraZeneca cuando otros países ya la habían retirado, los millones de pruebas diagnósticas que se dejaron de hacer durante la pandemia y unos confinamientos que destrozaron la economía, el ánimo y los hábitos de millones de personas. Conviene separar el grano de la paja. No hay evidencia que respalde una relación causal entre las vacunas y la caída de la esperanza de vida, y el propio patrón del dato la desmiente: si el problema fueran las vacunas, la caída sería homogénea en todos los países que las administraron. Los confinamientos como acelerador del sedentarismo, el alcohol y el deterioro emocional son otra discusión, y esa sí tiene materia.
Si los factores son viejos, ¿por qué el desplome es nuevo?
El atasco es exactamente ese. Comen basura, beben como si no hubiera mañana y su sanidad pública lleva décadas perdiendo grasa: de acuerdo. Todo eso ya era cierto hace cincuenta o cien años y no impedía que la esperanza de vida subiera año tras año. El envejecimiento de la población y el estrechamiento de las familias —más mayores, menos hijos, menos apoyo— añaden presión, pero tampoco fijan la fecha del giro. La explicación buena debería estar ya escrita. No lo está.